Capítulo 125. Frases sutiles
El ginecólogo don Alfredo Miralles, amigo muy estimado de la familia Anglada, recibió a doña Assumpta y a doña Magdalena en su consulta privada de Palma.
El día anterior, doña Assumpta había comentado a su esposo que debía acudir al doctor Miralles para una simple revisión, aunque en realidad lo hacía por la sospecha de un posible embarazo, tras haber sufrido un retraso, molestias y vómitos en las últimas semanas.
Don Jaume se disculpó por no poder acompañarla, alegando asuntos inaplazables; por ello, doña Assumpta le pidió a su cuñada Magdalena que la acompañara.
Sentado frente a ambas mujeres, al otro lado del escritorio, el médico les habló con voz serena, transmitiendo experiencia y seguridad.
Recordó su larga amistad con Alfonso García, esposo de doña Magdalena, evocando cómo se conocieron, así como las aficiones y amistades compartidas.
Sin embargo, no mencionó su diagnóstico ni mostró preocupación alguna por la salud de doña Assumpta, a quien acababa de examinar.
Era evidente que el doctor parecía recrearse en las conversaciones triviales y se extendía en anécdotas amenas, pero en medio del diálogo, doña Assumpta fue la primera en percibir frases sutiles que le hicieron sospechar su estado de gestación.
—¡A veces la vida nos sorprende! —exclamó el doctor tras un suspiro.
Tras aquellas palabras, doña Assumpta juntó las manos y alzó la mirada al techo, como si agradeciera a Dios la noticia tan emotiva.
—Alfredo, ¿quieres decir que estoy encinta? ¿Podría el embarazo ser la causa de mis molestias y vómitos de las últimas semanas? —preguntó Assumpta.
—Por supuesto. Enhorabuena —respondió el doctor con una sonrisa.
Poco después, ambas mujeres se despidieron del doctor y salieron a la calle sin poder ocultar la alegría que las embargaba.
Al recibir la grata noticia, doña Assumpta tuvo algunas inquietudes y dudas sobre el embarazo, que doña Magdalena no tardó en aclarar.
A ella le encantaba hablar de esos asuntos como si tuviera experiencia como matrona.
Se consideraba una madre ejemplar, entregada por completo a su familia.
Pero, sobre todo, insistió en la importancia de que su hermano, el señor de Son Carvall, tuviera por fin descendencia.
Mientras paseaban por el centro de Palma, conversaron sobre diversos asuntos.
Al llegar a La Rambla, se sentaron en un banco de piedra, bajo el suave susurro de las hojas de los árboles, cuyo murmullo parecía prometerles meses de felicidad.
El paseo les resultó breve; el tiempo transcurría con rapidez.
En aquel momento, doña Assumpta sintió con mayor fuerza la ausencia de su difunta madre, doña Martina.
No tenía familia cercana; su abuela Lola y su abuelo Pascual también habían fallecido.
No mantenía relación con su familia de Córdoba, ni con su tío político, don Fernando Alhama, ni con sus primos, Fernando y Adela.
Tampoco sabía nada de su tía Paula, salvo que había huido con su amante.
Desde su matrimonio y, sobre todo, desde que se convirtió en la señora de Son Carvall, se había considerado parte exclusiva de la familia Anglada, pero hasta ahora no había comprendido la magnitud que tendría para ella el nacimiento de su primer hijo.
Después de almorzar con su cuñada, doña Assumpta regresó a Son Carvall en un automóvil conducido por el chófer de la familia.
Llegó por la tarde. Su esposo estaba esperándola en la entrada principal, con impaciencia y una sonrisa franca, pues ya conocía la buena nueva; su hermana se la había comunicado por teléfono.
—Mi querida Assumpta, te lo dije: todo llega a su debido tiempo —exclamó él, rebosante de alegría.
—Así es —respondió ella con una sonrisa.
Desde que, meses atrás, don Jaume había oído a su hermana afirmar que una familia sin hijos no era una verdadera familia, había deseado cumplir ese anhelo de tener su propia familia.
Ahora, al ver que Assumpta y él estaban cerca de lograrlo, se prometió dedicar más tiempo a su esposa y acompañarla en sus paseos matutinos.
Quería que ella sintiera su apoyo incondicional.
Pretendía actuar de manera opuesta a como había hecho su padre en la familia Anglada.
Las sombras de su carácter irascible, autoritario y prepotente aún pesaban en sus recuerdos de adolescencia.
No repetiría aquellos errores paternos; procuraría ser más comprensivo, más amable, más bondadoso...
—Jaume, busquemos un lugar donde sentarnos. Estoy fatigada —dijo doña Assumpta, con una mezcla de cansancio y felicidad.
—Vamos a la terraza —respondió él con entusiasmo, tomándola de la mano.
Nada había que hiciera más feliz a doña Assumpta que sentarse junto a su esposo y apoyar la cabeza en su hombro. Se acomodó a su lado y sintió su brazo protector rodeándola, seguido de un suave beso en la sien. Volvió a experimentar la seguridad que sólo él le sabía ofrecerle.
Pasaron un buen rato inmersos en una conversación larga y amena. Ella le relató la visita al médico y la charla posterior con Magdalena; él, por su parte, le habló del futuro. Entre ambos reinaba una felicidad serena.
En los días siguientes al anuncio del embarazo de la señora de Son Carvall, la relación entre don Jaume e Irene se volvió más distante.
Él trató de convencerla de que su falta de atención era temporal; sin embargo, Irene se repetía que no debía dejarse engañar, pues la llegada de un hijo no era algo pasajero.
Su sentido común le recordaba que no era más que una sirvienta que había escapado de niña de un orfanato.