Los Herederos de Son Carvall (La saga de los Anglada 2) Capítulo 124. En el desván
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Capítulo 124. En el desván

Seis días después del nacimiento de Jordi, doña Assumpta no conseguía desprenderse de la tristeza que le provocaba no haber sido ella quien diera a luz a su primer hijo, en lugar de Aina.

Don Jaume advirtió el abatimiento de su esposa y, durante el desayuno, trató de levantarle el ánimo:

—Assumpta, ¿qué te impide ir a ver a Aina y conocer a su hijo?

—Nada me lo impide —contestó ella, quedándose en silencio, absorta en sus pensamientos.

Don Jaume percibió la dureza y la amargura en el rostro de su esposa. Su rechazo hacia todo lo relacionado con embarazos y bebés ajenos resultaba evidente, y el nacimiento del hijo de Tomeu y Aina no era una excepción.

—Algún día nosotros también seremos padres. Estoy seguro —dijo don Jaume.

Se lo había repetido muchas veces, pero aquello no aliviaba la obsesión de su esposa; al contrario, aumentaba su infelicidad.

Doña Assumpta intentó disimular con una pregunta de fingido interés:

—Dime, Jaume. Tú que lo has visto, ¿cómo es ese niño?

—Se llama Jordi, y no sabría describirlo. Para mí, todos los recién nacidos son iguales. Deberías ir a verlo tú misma. Tomeu y Aina se alegrarían de ese gesto.

—Iré. Por supuesto que algún día iré.

—¿Cuándo? —insistió él.

—No me presiones, Jaume. Si he dicho que iré, lo haré —respondió con calma, aunque el enfado crecía en su interior.

No volvieron a hablar del tema.

Esa misma tarde, doña Assumpta hizo su visita de cortesía a Aina. Al entrar en la casa, se extrañó al oír la voz de Irene en el dormitorio, leyendo en francés casi en un susurro, con un acento impecable, mientras Aina y el niño dormían plácidamente.

Cuando Irene advirtió la presencia de la señora, cerró el libro, tocó con suavidad el hombro de Aina para avisarla de la visita y salió al exterior.

En la breve conversación con Aina, doña Assumpta la felicitó, aunque se mostró fría y distante. Apenas miró al recién nacido unos segundos y, al despedirse, indicó a Irene que quería hablar con ella. Ambas se alejaron unos metros de la casa.

Doña Assumpta fue directa:

—Te he oído leer en francés. ¿Lo entiendes o sólo lo lees?

—Sé hablar y escribir en francés, señora. Lo comprendo todo.

Doña Assumpta asimiló aquella respuesta poco habitual y preguntó:

—¿Quién te enseñó?

—¿A leer y escribir? El amo Gabriel Costa, cuando era pequeña.

—Me refiero al francés —precisó doña Assumpta.

—Lo aprendí sola. Don Antoni me prestaba libros de la biblioteca para estudiar el vocabulario —respondió Irene con humildad.

—Bien. Te creo. Puedes marcharte.

Poco después, doña Assumpta comentó a su esposo las habilidades lingüísticas de Irene. Desde la cocina, la joven alcanzaba a oír parte de la conversación entre ambos:

—¿Qué opinas, Jaume? —preguntó doña Assumpta.

—Que es una joven inteligente.

—¿Sólo eso? Tiene un talento excepcional. Podría sernos útil en las comidas con invitados extranjeros; a veces no seguimos bien las conversaciones.

—¿Pretendes que se siente a nuestra mesa? —preguntó él.

—No, querido. En absoluto. No deja de ser una criada. Permanecerá de pie a nuestro lado. Y debemos exigirle discreción absoluta sobre todo lo que escuche.

Irene seguía en la cocina, secando con cuidado la vajilla recién lavada.

Cuando el matrimonio terminó la conversación, doña Assumpta subió a la planta superior, mientras don Jaume se dirigía a la cocina. Antes de que pudiera entrar, Irene cerró la puerta de golpe.

Él no dio importancia al gesto e intentó restarle tensión:

—¿Es cierto que hablas francés?

—No sé nada. Sólo soy una criada. Lo he escuchado todo: discreción absoluta… Permanecerá de pie… —remedó con enojo antes de añadir—: Puedo irme cuando quiera, y lo haré.

—No puedes irte, Irene. Te necesitamos. Yo te necesito. Y te prometo que no permitiré que Assumpta te falte al respeto ni te humille. Estás bajo mi protección.

—¿Qué significa eso exactamente? —preguntó ella.

—Que nunca te obligaré a hacer nada que no quieras. Tienes mi palabra. Te necesito —repitió en voz baja, acercándose hasta sentir su aliento.

—¿Cómo puedes decir que me necesitas, si no soy nada? —dijo ella, frustrada.

—Irene, eres una mujer especial para mí. Quiero que estés conmigo, pase lo que pase —dijo el señor de Son Carvall, y ambos comprendieron lo que aquellas palabras implicaban.

—¿Quieres que subamos al desván? —preguntó él.

Ella asintió y subieron juntos las escaleras, como si caminaran hacia algo inevitable, en silencio.

En el desván, en un viejo catre, hicieron el amor por primera vez.

Aquello era lo que Irene había deseado durante meses, desde el instante en que lo vio en la capilla y se enamoró de él.

Le habría gustado mostrarse más madura y segura de sí misma ante un hombre experimentado; sin embargo, sentía que vivía un momento único: la cercanía del señor de Son Carvall a su lado, el calor de su cuerpo rozando el suyo, sus besos…

Después se apartó de don Jaume, se sentó en el borde del colchón y rompió a llorar, temblando de frío. Su llanto era tenue, casi contenido.

Don Jaume la envolvió en una vieja manta para darle abrigo y la abrazó con ternura, mientras le decía que podía confiar en él, que era un hombre de palabra y que la quería.

Luego se arrodilló ante ella, le besó suavemente los muslos y la miró a los ojos, antes de pedirle que se acostara de nuevo en el catre y descansara.

Fue entonces cuando Irene dudó de si realmente don Jaume la quería o si sólo sentía por ella el ardor de la pasión. A pesar de esas dudas, sintió una gran satisfacción al haber perdido su virginidad con el hombre al que creía amar.

Poco después, él se despidió de ella con un beso en la frente.

De ese mismo modo, el amo Gabriel Costa le daba las buenas noches cuando era niña y le hacía sentir que, pese a ser huérfana, la quería como a una nieta.

Se preguntaba si don Jaume llegaría a quererla con la misma sinceridad y altruismo que el amo Gabriel.

Creyó que sí. Aquella sensación maravillosa la envolvió durante largos minutos hasta que finalmente se quedó dormida.

Durante todo el tiempo que Irene estuvo con don Jaume, no pensó en doña Assumpta ni en el poder que, como señora de Son Carvall, podía ejercer contra ella.

Confiaba en su amante y se sentía segura bajo su protección, del mismo modo que se aferraba a su promesa de no obligarla nunca a hacer nada que no quisiera.