Los Herederos de Son Carvall (La saga de los Anglada 2) Capítulo 123. Recuerdos que creía enterrados
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Capítulo 123. Recuerdos que creía enterrados

Don Jaume encontró en el buzón de Can Anglada, en Palma, un sobre dirigido a su esposa. En cuanto llegó a Son Carvall, se lo entregó. Era la carta que Paula había confiado al notario don Javier Merino, el año anterior, con la indicación de enviarla en estas fechas.

Aunque el sobre no tenía remitente, doña Assumpta reconoció al instante la letra inconfundible de su tía Paula.

Aún sin desear conocer su contenido, sintió curiosidad al notar que dentro había algo más grueso que el papel.

Esperó a quedarse sola para abrirlo. Había una breve carta y una fotografía en la que aparecía su abuela Lola de joven, junto a don Antoni Anglada y su primera esposa, doña Carmen De la Fuente.

La imagen, aunque era antigua, permitía distinguir con claridad el aljibe de Son Carvall.

En la carta, Paula le comunicaba su marcha al extranjero para vivir con Mateo, dejando atrás a su familia y La Quintana.

No mencionaba que Mateo fuera su amante, pero doña Assumpta lo dio por hecho.

Pensó que la carta llegaba con retraso, casi como un reproche, pues ella también le había enviado un telegrama anunciando la muerte de sus padres con considerable demora.

Lo que no acertaba a comprender era por qué su tía le enviaba aquella fotografía ni qué significado tenía.

Comprendió la intención al darle la vuelta y leer en el dorso la nota que tanto dolor le causó.

“Querida Assumpta,

Aquí puedes ver a tu abuela Lola cuando era sirvienta en la casa de los señores de Son Carvall. No olvides nunca tus orígenes humildes aunque ahora seas la señora.”

Desde la muerte de su abuela Lola, en octubre de 1939, doña Assumpta había roto de forma tácita los vínculos con su familia de Córdoba. No sabía por qué, dos años antes, le había ocultado a Jaume aquel suceso trágico.

Quizás se había aferrado al apellido Villalonga, ligado a la nobleza mallorquina, y había ocultado los orígenes humildes de su familia materna, pese a que su abuelo Pascual le había aconsejado lo contrario.

Al saber que su abuela había trabajado como sirvienta en la posesión Son Carvall le resultó humillante. Le dolía imaginarla sirviendo en la casa de don Antoni Anglada, su suegro, quien ni siquiera mostró interés en conocerla.

Sus padres habían acudido a Son Carvall, en plena guerra, para anunciarle su compromiso con Jaume.

La carta de su tía Paula le reabrió recuerdos que creía enterrados. La fotografía la devolvía a un pasado que había intentado ocultar.

Por un instante, pensó en arrojar el sobre con todo su contenido al fuego de la chimenea.

Y, sin embargo, sólo la carta, donde su tía explicaba que partía al extranjero, ardió en las llamas.

La fotografía, en cambio, no pudo soltarla.

Con manos temblorosas, la escondió entre las páginas de un libro y lo devolvió al estante.

El gesto no alivió la inquietud que aquellas palabras le habían dejado. Al contrario, se sumó al dolor silencioso de no poder concebir el hijo que deseaba.

Por fortuna, Jaume no le preguntó por la carta, y así evitó tener que darle explicaciones ni recurrir a excusas.

A la mañana siguiente, doña Assumpta permaneció en la cama hasta tarde, aturdida por la pastilla que tomó la noche anterior para calmarse.

Irene se levantó temprano y preparó el desayuno para los señores. Aquella mañana sirvió únicamente a don Jaume, quien le habló en voz baja mientras volvía a crecer en su interior una intensa pasión.

—Irene, ¿cuántos años tienes? ¿Dieciocho?

—Diecinueve. Cumpliré veinte en abril.

Don Jaume se levantó y se colocó frente a ella. Con suavidad, deslizó las manos por su cintura a través del vestido.

Ella vaciló, pero no se apartó. Apoyó la mejilla en su pecho y permaneció quieta, como si el tiempo se hubiera detenido.

Él la atrajo hacia sí y la abrazó. Después acercó sus labios a los de ella.

El señor de Son Carvall se detuvo; la conciencia del riesgo bastó para que retrocediera, aunque no sin esfuerzo.

—Es imposible. Si seguimos, no podré mirarte a la cara, Irene. ¿Lo entiendes? —susurró, con una decepción que dejaba entrever su conflicto interior.

En ese momento, oyeron la voz de Assumpta desde el piso superior:

—¡Jaume! ¡Jaume!

Irene lo vio subir presuroso las escaleras. Después, se sentó en una silla en la cocina, consciente de su desventaja en aquella situación. Sabía que su vida en Son Carvall sería difícil, pues doña Assumpta siempre tendría la posición dominante.

El matrimonio Anglada conservaba un equilibrio aparente, pero las tensiones emocionales de Assumpta, marcadas por su imposibilidad de ser madre, comenzaban a volverse contra ella misma.

—¿Qué te ocurre? —preguntó don Jaume al rodearla con ternura y besarla en la frente.

—He tenido una pesadilla. Ha sido terrible —respondió ella, con las palabras de la carta de su tía Paula aún en la memoria.

Él, como siempre, la reconfortó:

—No te preocupes. Me quedaré contigo el tiempo que haga falta, hasta que te sientas mejor.

El señor de Son Carvall sabía cómo tratar a su esposa y hacerle sentir que era lo más importante de su vida.