Los Herederos de Son Carvall (La saga de los Anglada 2) Capítulo 122. Un gesto triunfal
92%

Capítulo 122. Un gesto triunfal

Tomeu Mayans, el amo de Son Carvall, celebró con gran alegría su paternidad. Tan contento estaba que salió al umbral de su casa, adosada a la casa principal de la posesión, para agitar un pañuelo blanco al aire mientras gritaba: «¡Soy padre! ¡Soy padre! ¡Es un niño! ¡Un varón!».

—¡Felicidades! Pero no grites tanto —le dijo Irene, que acababa de atender a Aina durante el parto y se lavaba las manos en un barreño al aire libre.

Por la fuerte emoción, Tomeu sangró por la nariz.

Se limpió con el pañuelo que, manchado de sangre, siguió ondeando como un estandarte mientras iba a las demás casas de los jornaleros para compartir la noticia, que se extendió con rapidez y llegó a oídos de don Jaume.

Éste acudió enseguida a la casa donde vivían el amo y la madona para felicitarlos.

Sin embargo, de manera excepcional, al llegar a la entrada se detuvo y esperó a que Tomeu lo invitara a pasar antes de entrar en el dormitorio donde estaba el recién nacido.

El recién nacido dormía en un cesto de mimbre. Irene lo había bañado poco antes con agua caliente y jabón, lo había vestido con una camisola hecha por ella y lo había cubierto con una manta de lana.

Aina seguía en la cama, cansada y dolorida. Recibía las visitas con una leve sonrisa mientras observaba de vez en cuando al niño.

Cuando don Jaume llegó, la mayoría de jornaleros ya se encontraban en casa de Tomeu. Al ver al patrón, las bromas cesaron y todos aguardaron en silencio a que hablara primero.

Don Jaume se dirigió a todos los presentes y auguró que, según la tradición, el niño seguiría el oficio de su padre, acabaría trabajando la tierra y quizás algún día se convertiría en el nuevo amo. Luego se volvió hacia Tomeu y le preguntó:

—¿Cómo debemos llamar a tu hijo? No somos adivinos.

Don Jaume sabía encontrar siempre las palabras oportunas para romper el silencio y hacer que los demás se sintieran cómodos en su presencia. Los jornaleros empezaron a comentar entre ellos hasta que uno lo secundó en voz alta:

—Eso es, Tomeu. No somos adivinos. ¿El niño lleva tu nombre?

—Tiene usted razón, don Jaume. Disculpe mi torpeza. Se llama Jordi Mayans Costa —respondió Tomeu, nervioso.

—En fin… Los críos crecen más rápido de lo que uno cree. No tardarás en tener que darle tabaco y vino —dijo don Jaume y soltó una carcajada.

—Así será, si Dios quiere —repitió Tomeu, asintiendo.

Don Jaume se dirigió a uno de los jornaleros y, con dos palmadas al aire, le ordenó ir a la cocina de la casa principal a por unas botellas de vino para celebrar el acontecimiento.

Mientras los hombres charlaban y bromeaban, Irene y Aina permanecían en el dormitorio.

Desde la puerta entreabierta, don Jaume observaba a Irene. Al verla con el niño en brazos, advirtió en ella una ternura nueva que hasta entonces le había pasado inadvertida.

El jornalero no tardó en regresar con el vino y don Jaume, con calma bien medida, sirvió dos vasos, uno para Tomeu y otro para él, e hizo un brindis con el brazo en alto:

—¡Salud! ¡Que el niño crezca sano y fuerte!

Bebió un trago, dejó el vaso sobre la mesa y, ante la admiración y el respeto de sus jornaleros, el señor de Son Carvall empezó a servir vino y a repartirlo entre los presentes.

Tras varios brindis y algunas bromas ingeniosas, se alzaron voces que lo secundaban: «Eso es, que crezca sano y fuerte».

Sin olvidar la dignidad que correspondía a su condición de señor de Son Carvall, decidió retirarse de la fiesta. Recordó a los jornaleros que al día siguiente debían madrugar para continuar con el trabajo y fijó la medianoche como hora de fin de la celebración.

Después, entró en el dormitorio para despedirse de la joven madre. En cuanto salió, Aina se volvió hacia Irene y le preguntó en un susurro:

—¿Estás segura de lo que haces?

—¿A qué te refieres?

—¿Crees que no me doy cuenta de cómo te mira? Sus ojos lo dicen todo.

—Sé bien lo que siente por mí —respondió Irene, también en voz baja.

—Creía que eras más lista y que sabías distinguir el deseo del amor. Ten en cuenta que los señores nunca se enamoran de las sirvientas; sólo buscan en ellas un entretenimiento pasajero.

—No es mi caso. Él me quiere —insistió Irene.

—¿Por qué no le prestas atención a Marcel Munar? Es un buen chico, maestro, y te aprecia. Con él tendrías una vida mejor.

—No me interesa Marcel —dijo Irene.

—Don Jaume te hará daño. Tu porvenir vale más que una ilusión como ésta. Si no te interesa Marcel, con la facilidad que tienes para aprender idiomas puedes ganarte la vida fuera de Son Carvall.

Irene la interrumpió con firmeza:

—Quiero quedarme. Poco puedo hacer contra lo que siento: estoy enamorada.

—Sólo te pido que tengas cuidado y que me pidas ayuda si la necesitas. Acércame al niño, por favor. Voy a darle de mamar.

—Te prometo que, si don Jaume deja de quererme, buscaré a Marcel Munar y, si todavía le intereso, le daré una oportunidad.

Con esa promesa, Aina dejó de insistir en el tema.

Mientras don Jaume regresaba a su casa, buscaba las palabras adecuadas para contarle a Assumpta la alegría vivida por el nacimiento del hijo del amo y la madona, pero al mismo tiempo intentaba evitar que aquel acontecimiento le provocara más desasosiego.