Capítulo 121. Esa es la verdad
Don Jaume y doña Assumpta acudieron a Can Anglada para celebrar el cuarto cumpleaños de su sobrino Pelayo. Mientras cruzaban el patio señorial, adornado con macetas de aspidistras, el niño y sus padres bajaban por la amplia escalera desde el primer piso para recibirlos.
Pelayo los saludó con entusiasmo. Doña Assumpta respondió con una sonrisa tensa mientras pensaba: «Magdalena lo tiene todo.
A mí me falta un hijo». Por un extraño juego de la memoria, evocó una estancia en casa de unos amigos en el puerto de Pollensa, donde contempló a solas un atardecer mágico y sintió, en aquellos instantes, que nadie podía ser más feliz que ella.
Ahora, con la misma certeza, se sentía vacía y desdichada.
Habría dado cualquier cosa por ofrecerle a su esposo un heredero, un Anglada al que poder abrazar como hacía en ese momento con Pelayo.
Entre tío y sobrino había una complicidad evidente. Cuando Jaume le entregó su regalo, el niño lo miró con admiración. Al abrir la caja, descubrió un coche de metal, una réplica del Chevrolet de su tío, aunque de color azul. Agradecido, exclamó con alegría: «Padrino, gracias. Muchas gracias».
Doña Assumpta apenas habló durante la visita, mientras un malestar íntimo le iba nublando el ánimo.
Nadie tenía culpa de su desasosiego; al contrario, sus cuñados se mostraron muy atentos con ella.
El niño se comportó con cariño: la tomó de la mano, la llevó a su habitación para enseñarle sus juguetes, la llamó cariñosamente “tieta” y le dio un beso en la mejilla.
Incluso a la hora de comer, quiso sentarse a su lado.
A pesar de todas esas atenciones, no logró disfrutar del encuentro familiar como en otras ocasiones.
Se sintió incapaz de saborear la comida que le sirvieron.
Con un talante reservado, disimuló la melancolía que la acompañó durante todo el almuerzo y hasta que se despidieron de los anfitriones.
Durante el camino de vuelta a Son Carvall, don Jaume preguntó sin rodeos:
—¿Qué te ha pasado en casa de mi hermana? ¿Dónde estaba la mujer alegre que conozco?
—¿Por qué me preguntas eso? —replicó ella.
—Lo sabes bien, querida. ¿Sientes celos de Magdalena?
—No envidio a tu hermana, pero daría lo que fuera por tener un hijo como ella. Esa es la verdad. Incluso mis criadas se quedan embarazadas antes que yo —comentó Assumpta con honda tristeza.
—¿Te refieres a Aina? —preguntó don Jaume.
—Sí. Me dijo que su hijo nacerá a comienzos de año. Si hago cuentas, debió concebirlo en su viaje de bodas. Algunas tienen tanta suerte… —añadió con un matiz de resquemor.
En algún momento del encuentro familiar, don Jaume había sentido algo parecido, aunque lo guardó para sí. Respondió con afecto, pero con firmeza:
—Querida, nuestros hijos llegarán a su debido tiempo. No lo dudes.
Doña Assumpta asintió. Después, ambos fijaron la vista en la carretera, absortos en un silencio cargado de incertidumbre, como si aguardaran del destino una señal de esperanza que calmara su inquietud y les permitiera sostener la ilusión de un porvenir más luminoso.
Ese mismo día de primavera, el sol entibió el agua del aljibe hasta dejarla templada para el baño. Irene supuso que en la casa principal todos dormían y decidió sumergirse en el agua bajo la luz de la luna.
Don Jaume no conseguía dormir. Las dos tazas de café que había tomado durante la sobremesa en casa de su hermana le habían alterado el descanso, así que decidió salir al jardín a fumar.
Al escuchar el chapoteo en el aljibe detrás de la casa, y al pensar que alguno de los jornaleros había desobedecido sus órdenes, se acercó con la intención de dejar claro que aquel lugar era exclusivo para la familia Anglada.
Reconoció a Irene cuando estuvo a unos metros del aljibe.
La danza del agua alrededor de su cuerpo semidesnudo avivó en él una pasión que creía dormida.
Con voz suave, casi en un susurro, le pidió que saliera del agua, justificando su petición en que doña Assumpta podría despertarse en cualquier momento.
Irene accedió. Salió del agua bajo la luz de la luna, con el cabello mojado y una sonrisa luminosa, en la que parecía insinuarse una promesa de deseo.
Don Jaume se acercó sin vacilar, la rodeó con los brazos y la besó en los labios. Ella, incapaz de rechazarlo, respondió a sus caricias. Sin embargo, enseguida el señor de Son Carvall se sintió avergonzado y se apartó de ella.
—Por favor, vístete y vete a dormir, Irene. Es muy tarde —dijo en voz baja, incómodo con su propio comportamiento.
Ella se puso el vestido y comenzó a abrochárselo mientras se alejaba de él, sin protestar.
Cuando se quedó solo, se sentó en la escalinata de piedra del aljibe.
Tenía la camisa empapada y aún percibía el aroma de Irene y el dulzor de sus labios.
Sacudió la cabeza, como queriendo apartar de sí lo ocurrido con una de sus sirvientas.
Lo invadían la vergüenza y el peso de la infidelidad hacia su esposa; aun así, intentó justificarse con dos frases sencillas: «No puedo resistirlo… es más fuerte que yo».