Los Herederos de Son Carvall (La saga de los Anglada 2) Capítulo 120. El amo y la madona
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Capítulo 120. El amo y la madona

—Pensé que me considerabas una hermana y que tendría un papel más importante en tu boda que hacer un ramo. Es muy poca cosa.

—Lo siento, Irene. Tomeu se ha encargado de casi todo.

—¿La ceremonia será aquí, en la capilla? ¿Irá don Jaume con doña Assumpta? —preguntó Irene, interesada.

—Tomeu quiere casarse en la iglesia de su barrio, en Palma. Después iremos de luna de miel a un hostal en el puerto de Andratx.

—¡Qué suerte! Yo también quiero casarme.

—Aún eres joven.

—No te llevo tantos años: sólo cuatro —replicó Irene, a la defensiva.

—Entonces tendrás que esperar cuatro años —dijo Aina con condescendencia, como si hablara con una hermana menor.

En cuanto pudo, Irene se refugió en el jardín trasero, junto al aljibe, para que nadie la viera llorar. Las ramas casi desnudas de los plataneros de sombra se movían y las hojas susurraban al viento mientras caían al agua, donde giraban impulsadas por la brisa caprichosa de la primavera.

Pensó que quizás Aina tenía razón y debía esperar aquellos cuatro años para casarse, pero en ese momento se sentía como una de esas hojas: frágil y sin rumbo, a merced del destino.

Por unos instantes tuvo la premonición de que nunca llegaría a verse ante el altar vestida de novia; no estaba destinada a ser la esposa de nadie.

La boda de Aina y Tomeu fue una celebración sencilla y alegre. Aina estaba radiante con el vestido de novia prestado. Llevaba una alianza que había pertenecido a su abuela.

Al salir de la iglesia, un aire frío y húmedo envolvía suavemente Palma mientras se dirigían al salón de un hostal cercano. Allí celebrarían la boda con un reducido grupo de familiares y amigos. A los invitados les sirvieron una merienda a base de chocolate caliente y ensaimadas.

Después de la merienda, varios músicos aficionados, amigos de Tomeu, llenaron el ambiente con melodías de canciones conocidas, que los asistentes tararearon y bailaron con entusiasmo.

Incluso los novios se animaron a improvisar algunos pasos de baile, rodeados de risas y gestos de alegría compartida.

Entre los presentes estaba Marcel Munar, un joven maestro de escuela y amigo de la infancia de Tomeu. Al ver a Irene, se quedó observándola con interés.

Aina advirtió aquella atención. Se acercó a Tomeu y le sugirió que los presentara, convencida de que Marcel podría congeniar con Irene.

—Irene, ven —dijo Tomeu, haciéndole un gesto con la mano—. Quiero presentarte a un amigo mío de toda la vida.

Irene se acercó con una leve sonrisa.

—¿Sí?

—Este es Marcel —explicó Tomeu, dándole una palmada amistosa en el hombro—. Ahora trabaja como maestro en un colegio de Palma.

Marcel sonrió con cierta timidez y saludó:

—Me alegro de conocerte.

Ella respondió a la presentación con naturalidad, pero Tomeu intervino con tono distendido, tratando de dar ligereza al encuentro.

—Bueno, ya os conocéis. Ahora sólo queda que disfrutéis de la fiesta.

Irene asintió con educación, sin que su mirada llegase a posarse en él; y, mientras la música y las voces continuaban a su alrededor, no podía dejar de pensar en don Jaume Anglada, en aquella primera mirada en la capilla que aún seguía ardiendo en su interior.

Aunque pasó casi toda la fiesta con Marcel, apenas surgieron algunos diálogos insustanciales.

Tras la celebración, los recién casados se despidieron de los invitados. En una sala trasera del local, se cambiaron la ropa nupcial por prendas más cómodas para viajar en autocar hacia Andratx, donde pasarían su luna de miel.

Tomeu llevaba un paraguas negro y una maleta con la ropa de viaje, mientras Aina sostenía una pequeña caja de pasteles atada con un cordel, regalo de Irene. Al despedirse, ambas contuvieron las lágrimas, intentando ocultar la tristeza, ya que nunca se habían separado desde la infancia.

—Por cierto, he hablado con don Jaume para que te traslade a la cocina; así estaremos más cerca. Creo que aceptará. No se lo he contado a nadie. A Tomeu se lo diré después. Por favor, guarda discreción y espera a que don Jaume te lo confirme —dijo Aina en voz baja.

Irene no respondió con palabras, pero en su abrazo más largo de lo habitual expresó a Aina la gratitud que sentía en aquel momento.

Cuando los recién casados llegaron al Puerto de Andratx y bajaron del autocar, percibieron, en la humedad del ambiente y en los charcos de la calle, que había llovido hacía poco. Mientras caminaban hacia el hostal, Aina dijo:

—Le he pedido a don Jaume que traslade a Irene a la cocina. Quiero tenerla cerca, no sólo porque es mi amiga, sino también porque en mi nuevo puesto como madona, me conviene rodearme de personas de confianza.

—No quiero hablar de asuntos de trabajo. Estamos en nuestra luna de miel —respondió Tomeu.

—Tienes razón. Fíjate en el mar. Podríamos acercarnos a ver la puesta de sol —propuso Aina.

Avanzaron unos cien metros y contemplaron cómo los últimos rayos de luz se desvanecían en el horizonte, bajo un cielo de tonos que oscilaban entre el gris y el naranja.

Un barco navegaba con las velas blancas al viento en una escena especialmente cautivadora para ellos, acostumbrados al mundo rural.

Al llegar al hostal ya había anochecido.

Les entregaron las llaves de una habitación tranquila y ventilada.

Se recostaron en la cama para probar el colchón, riendo como dos jóvenes llenos de ilusión.

Después colgaron la ropa en el armario mientras, poco a poco, la conversación adquiría un tono más íntimo.

Al desvestirse, Tomeu comentó:

—En Son Carvall…

Aina lo interrumpió:

—¡Para! ¿No dijiste que no hablaríamos de trabajo?

—Es cierto, pero con el ajetreo de la boda se me olvidó decirte que tu abuelo, cuando vino a felicitarme por la boda y por mi nuevo cargo, primero me abrazó contento, pero luego suspiró y me dijo: «Con los cambios que impondrá don Jaume, la vida os dará un giro importante».

—Lo fundamental es que afrontemos esos cambios juntos —respondió ella.

—Por supuesto. Pero me preocupó lo que dijo tu abuelo sobre el futuro de los trabajadores y también algunas miradas de desprecio de jornaleros que decían ser mis amigos y ahora dudan de mi capacidad para ser el amo de la posesión.

—Que digan lo que quieran. Ahora te corresponde a ti el mando —dijo Aina, sentándose en el borde de la cama mientras se soltaba la trenza recogida en un moño juvenil.

—Tú también vas a mandar ahora, pero ten cuidado con Irene. No te fíes demasiado —respondió él.

—Confío en Irene más que en mí misma. Quizás esté algo celosa por la boda, pero sé que me quiere como a una hermana —afirmó Aina, de espaldas a su marido, con una sonrisa satisfecha.

Tomeu evitó discutir y asintió en silencio.

Después de la luna de miel, Aina regresó a Son Carvall para asumir sus responsabilidades como madona. Aunque casi nunca enfermaba, al volver del viaje se sintió más cansada y somnolienta de lo habitual. Mientras estaba en la cocina, Irene entró y, al oírla toser, se inquietó:

—¿Qué te ocurre? ¿Te cuesta respirar?

—Es sólo un resfriado. No te preocupes. Por cierto, ¿te han dicho algo de tu traslado? —preguntó Aina, con la voz ronca.

—Doña Assumpta me lo confirmó ayer, pero no hablemos de mí. Dime, ¿qué te pasa? —preguntó Irene.

—No es nada serio. No quiero que doña Assumpta se entere de que estoy enferma.

En ese momento, se oyeron unos pasos en la planta superior y el silencio se adueñó de la cocina. La complicidad entre ambas se hizo evidente cuando Irene le dio un beso suave en la frente y la tranquilizó:

—La señora no tiene por qué saberlo si tú no lo dices. Creo que ya se ha levantado. Voy a ver si necesita algo.

Desde que Irene empezó a trabajar en la casa principal, no sólo se sintió satisfecha por la mayor comodidad del trabajo, sino también por poder estar más cerca de don Jaume.

A veces se turbaba al servir la mesa y notar su mirada discreta sobre ella.

Cuando coincidían a solas, la cercanía con la que él la trataba le resultaba extraña y envolvente.

Entre ambos parecía formarse un vínculo silencioso, una atracción que, sin que ella supiera cómo, iba creciendo día a día.

En ese momento no podía imaginar qué futuro le esperaba en la posesión, ni qué huellas dejaría en su vida el señor de Son Carvall.