Los Herederos de Son Carvall (La saga de los Anglada 2) Capítulo 119. La grandeza del legado familiar
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Capítulo 119. La grandeza del legado familiar

A primera hora de la mañana, frente a una de las viviendas de los trabajadores, el jornalero Tomeu Mayans liaba tabaco con papel de fumar.

Desde allí vio, a lo lejos, la figura de un hombre a caballo.

Recordó la leyenda del jinete del aire, tan conocida entre los trabajadores de Son Carvall, y permaneció rígido, en tensión.

Sin embargo, se tranquilizó al reconocer que el jinete montaba el magnífico caballo de don Antoni.

Esperó su llegada y, cuando se detuvo a pocos metros, identificó al heredero de la posesión, don Jaume Anglada, a quien había visto en el funeral de su padre, el anterior señor de Son Carvall.

El nuevo señor detuvo el caballo frente a él y le habló sin apearse:

—Soy Jaume Anglada. Como sabes, mi padre ha muerto. Ahora soy el señor de Son Carvall. ¿Cómo te llamas?

—Tomeu Mayans, señor.

—Precisamente quería hablar contigo. Preséntate mañana temprano en la explanada, frente a las caballerizas. Necesito un nuevo amo. Empezaré entrevistándome contigo.

—Sí, señor —respondió Tomeu.

Lo observó con respeto, sin atreverse a añadir nada más.

Había oído que don Jaume era un joven abogado que pretendía introducir cambios en la posesión y nombrar a un nuevo amo, ya que Gabriel Costa deseaba retirarse.

Se sintió orgulloso y sorprendido de que lo hubiera tenido en cuenta para el puesto.

Observó al joven señor mientras se alejaba: su figura estilizada y elegante, los hombros firmes y las botas relucientes, recorriendo el mismo sendero por el que había llegado.

Cuando desapareció en la distancia, terminó de liar el cigarrillo, lo encendió con calma y dio una larga calada.

El humo cubrió su rostro, pero en su mente persistía la imagen de aquel hombre de mirada aguda, porte aristocrático y autoritario.

Pensó que le agradaría ocupar el puesto de amo de Son Carvall y servir a un señor que parecía dispuesto a gobernar la posesión con justicia.

Don Jaume sintió por primera vez que Son Carvall le pertenecía de verdad. Contemplaba la línea que separaba los campos verdes del azul del mar en el horizonte, aunque todos aquellos límites parecían confluir en un mismo punto: la pequeña loma donde se alzaba la casa de los señores.

Recorrió los últimos metros por un camino amplio, flanqueado de cipreses. Rodeó la parte trasera, dejó atrás la zona donde guardaban los carruajes señoriales, conocida como «el puente de las calesas». Y se dirigió a los establos para dejar el caballo.

Al cruzar el umbral de la casa que esperaba legar algún día a sus hijos, sintió el peso y el orgullo de la herencia recibida de su padre.

Al día siguiente, en la explanada de la posesión, Tomeu Mayans aguardaba su entrevista con don Jaume con la intención de optar al puesto de amo . Era consciente de que había aspirantes con más experiencia que él, pero mantenía la esperanza.

Vio a don Jaume acercarse por la amplia explanada, con el rostro iluminado por el sol y un mechón de cabello oscuro cayéndole sobre la frente.

Unos pasos detrás caminaba Aina Costa, que le dirigió una sonrisa discreta.

En aquella sonrisa y en su mirada, Tomeu reconoció un afecto especial que ya había advertido otras veces.

Cuando ambos hombres quedaron frente a frente, don Jaume, con un simple gesto autoritario, ordenó a Aina que se acercara a ellos y, de inmediato, percibió la atracción que existía entre ambos, por lo que decidió cambiar de táctica y dijo:

—Os dejo solos para que os entendáis. Aina, explícale a Tomeu lo que hemos comentado. Necesito una decisión cuanto antes. Daré un paseo mientras tanto.

Don Jaume, tras un instante de silencio en el que observó a ambos con aire distraído, dio media vuelta y se alejó por la explanada. El sol comenzaba a descender sobre los campos, tiñendo de un tenue dorado los muros de la casa; la posesión empezaba a despertar, dejando atrás la quietud nocturna.

Durante unos segundos, Tomeu contempló a don Jaume alejarse. Permanecía en silencio, sorprendido por la situación provocada por el señor. Al no obtener respuesta, Aina tomó la palabra con mayor decisión:

—Don Jaume me ha propuesto ser la madona de la posesión, pero ya sabes que la madona tiene que estar casada con el amo. También le he dicho que tú serías un buen amo. .. y he pensado que lo mejor sería que nos casáramos. ¿Qué te parece?

—¿Qué dices? Me pillas desprevenido —respondió.

—¿Cómo que te pillo desprevenido? Llevas más de seis meses cortejándome. ¿Acaso no te gusto? ¿No quieres casarte conmigo? —insistió ella.

—Claro que me gustas —dijo él con cierta ingenuidad.

—Entonces, cásate conmigo —replicó.

Él guardó silencio y desvió la mirada, mientras la duda fue cediendo poco a poco hasta que comprendió que aquella propuesta podía ser su oportunidad. Le permitiría dejar de ser un simple jornalero y aseguraría su futuro en la posesión.

Aina hizo un leve gesto con las manos, apremiándolo a responder.

Durante unos instantes, la explanada quedó en un silencio denso, como si aguardara también la decisión de Tomeu. Ella no apartó la mirada de él, firme, expectante.

Finalmente, Tomeu habló:

—Me parece bien. Creo que haremos una buena pareja —contestó, antes de darle un leve beso en la mejilla.

Aina sonrió satisfecha y le devolvió un abrazo breve y cariñoso.

Enseguida regresó don Jaume y, con tono socarrón, preguntó:

—¿Qué? ¿Habéis llegado a un acuerdo?

—Creo que sí, don Jaume —respondió Aina.

—¡Muy bien, pues! Ya tenemos amo y madona. Ha sido fácil de resolver —añadió don Jaume con una sonrisa.

Tomeu los miró a ambos con gratitud, como si la fortuna le hubiera sonreído y el nuevo señor de Son Carvall hubiera llegado en el momento preciso.

Desde entonces cambió su opinión sobre don Jaume.

Dejó de verlo como un señor inexperto y empezó a reconocer en él una autoridad más firme.

Incluso, con el tiempo, llegaría a considerarlo más resolutivo y generoso que el propio don Antoni.