Capítulo 118. El nuevo señor de Son Carvall
Don Jaume Anglada recorría las carreteras de Mallorca junto a su esposa en su nuevo Chevrolet negro, adquirido recientemente en Francia. Se dirigían hacia Son Carvall.
Al llegar, con la intención de adaptarse al entorno y conocer a sus trabajadores, don Jaume le anunció a su esposa que saldría a montar a caballo y que volvería antes de la cena.
Vestía con comodidad, ni siquiera pasó por la casa; fue directo a las caballerizas y pidió a un mozo que le ensillara el mejor caballo de su padre.
Montó y salió de las cuadras. Sabía cabalgar; lo había aprendido de niño en aquellas mismas tierras. Avanzaba a un trote suave, mientras sentía la brisa de la tarde y contemplaba la extensión de los campos, que se desplegaban ante él como un manto de tonalidades diversas.
Observó las espigas de trigo, aún verdes, y las imaginó maduras, dentro de unos meses, convertidas en la harina con la que los trabajadores alimentarían a sus familias. Comprendió que la prosperidad de la posesión debía extenderse también a quienes trabajaban aquellas tierras.
Al pasar frente a las casas donde vivían los jornaleros de la posesión, advirtió su mal estado. Decidió ordenar su reparación para que pudieran ser habitadas en condiciones más dignas.
Al pensar en los trabajadores, acudieron a su memoria algunos de los rostros de la posesión.
Entre ellos apareció el de Irene Planas, la joven empleada doméstica.
Recordó sus ojos claros y la silueta de la joven bajo la blusa, que le resultó inesperadamente atractiva.
Sintió una breve incomodidad por aquel pensamiento, pues no deseaba traicionar a su esposa, ni siquiera con la imaginación.
Al llegar al gran aljibe, cuyas aguas reflejaban los últimos destellos dorados del sol, evocó su infancia.
En otro tiempo, tres pequeñas barcas flotaban allí.
Solía llevar a Magdalena a bordo. Le habían dicho que su padre las había destruido, y se propuso encargar otras iguales, incluso con los mismos colores: azul, amarillo y rojo, para que las disfrutaran los hijos que algún día tendría.
Prosiguió hacia el sur hasta alcanzar el muro de piedra que marcaba los límites de Son Carvall. Desde ese punto se divisaba el mar a lo lejos. Después, emprendió el camino de regreso hacia la casa principal.
Los rayos del sol del atardecer se extendían sobre los campos y envolvían el paisaje en una luminosidad casi irreal.
Ante aquella visión del mundo rural, tan distinta de la ciudad en la que había vivido durante años, don Jaume sintió por primera vez que Son Carvall le pertenecía de verdad.
Permaneció en silencio, contemplando el entorno y dejándose llevar por los proyectos y ambiciones que empezaban a tomar forma en su interior.
Al acercarse a la casa principal, se detuvo para contemplar la fachada de su nuevo hogar: un edificio sobrio, presidido por la puerta principal con el escudo familiar.
Todo le parecía imponente y hermoso. Las galerías porticadas, los balcones austeros, las amplias ventanas, las chimeneas y los tejados de teja mallorquina formaban un conjunto equilibrado, como si cada elemento perteneciera únicamente a aquel lugar.
El entorno lo atrapaba. Ya no lo miraba como el niño que había pasado allí las vacaciones, sino con la ambición del señor de Son Carvall y la mirada de quien debía administrar y engrandecer aquel patrimonio.
Se dirigió a las caballerizas para dejar el caballo y, al salir, se encontró con Aina Costa. Aprovechó la ocasión para tratar un asunto pendiente, relacionado con un deseo que su padre había comunicado al notario, don Rafel Moncadas:
—Aina, espera un momento —dijo don Jaume.
Ella se acercó y respondió:
—Usted dirá, don Jaume.
—Mi padre quería que fueras la madona de la posesión, pero ya sabes que ese papel exige estar casada con el amo. ¿Crees que puedes arreglarlo? —dijo don Jaume en tono jocoso.
—A mi abuelo le gustaría retirarse y… —empezó ella, pero él la interrumpió:
—Eso ya lo sé. Contéstame con claridad.
—Tomeu Mayans lleva meses cortejándome. Es un jornalero serio y trabajador. Sería un buen marido y podría asumir el puesto de mi abuelo. Si a usted le parece bien, quizás podría casarme con él.
—Es una posibilidad. Lo hablaremos más adelante. Puedes irte —concluyó el nuevo señor de Son Carvall, mientras se dirigía hacia la casa para reunirse con su esposa.
Era la hora de la cena. Cruzó el patio empedrado y pasó bajo las tres palmeras, pensando que al día siguiente revisaría con detalle el celler y el molino de harina. Quería conocer a fondo cada rincón de la posesión.
Durante la cena, don Jaume le agradeció a su esposa haber aceptado trasladarse a Son Carvall y empezar una nueva vida en el campo. Sabía que para ella no había sido una decisión sencilla, del mismo modo que para él tampoco lo había sido aceptar las condiciones de su padre al firmar la herencia.
Habló con entusiasmo de sus planes para la posesión. Aunque intuía que los trabajadores lo observarían con desconfianza al principio, estaba decidido a tratar con ellos de forma justa y cercana.
Doña Assumpta lo escuchó en silencio y asintió con una sonrisa contenida.
No opinó sobre los proyectos de su esposo.
También ella se esforzaba por adaptarse a la nueva vida que les aguardaba en la posesión.
Asumía su papel de esposa con naturalidad.
Sabía que, tarde o temprano, aquella casa vería nacer a los herederos de Son Carvall.