Los Herederos de Son Carvall (La saga de los Anglada 2) Capítulo 117. Cierta injusticia
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Capítulo 117. Cierta injusticia

La ruptura en la relación entre don Antoni Anglada y sus hijos durante la última década dejaba abierta la posibilidad de que, al fallecer, no les hubiera legado todo su patrimonio. A pesar de ello, Magdalena mantenía la esperanza de recibir la casa señorial de Palma, Can Anglada.

Jaume, por su parte, no se sentía especialmente vinculado a las propiedades familiares.

Su plan era vender su parte y depositar el dinero en su cuenta bancaria.

Esta idea chocaba con la de don Antoni, quien desconfiaba de los depósitos bancarios por considerarlos inseguros.

Prefería invertir en maquinaria para la posesión Son Carvall, en automóviles, muebles de calidad, joyas u obras de arte.

Cuando el notario le informó a Jaume que ya tenía la documentación preparada conforme al testamento de don Antoni y le citó en su notaría, él decidió acudir directamente a casa de su hermana para darle la noticia.

Subió las escaleras hasta la primera planta del edificio, con la sensación de que el tiempo no había transcurrido.

Aquella casa, que en su día compartió con Magdalena y su cuñado Alfonso, le traía recuerdos de los años previos a su matrimonio con Assumpta.

Aunque todos la consideraban la casa de Magdalena, pertenecía en realidad a Assumpta, quien la había heredado de su madre, doña Martina.

La familiaridad del lugar lo envolvía, pero también le recordaba lo lejos que quedaban aquellos años de su adolescencia y otros más recientes de la dura etapa de la Guerra Civil.

Llamó al timbre y Magdalena le abrió la puerta. Tras el saludo, ambos pasaron al salón y se sentaron en el sofá. Sin más rodeos, Jaume le dijo:

—Magdalena, he venido a decirte que don Rafel Moncadas ya ha preparado los documentos para la aceptación de la herencia.

—Ah, estupendo. Así saldremos de dudas de una vez. ¿Cuándo hay que ir a la notaría? —respondió ella.

—Mañana, a las once.

Un silencio reflexivo se instaló entre ellos hasta que Magdalena lo rompió con una pregunta directa:

—¿Qué harías si nuestro padre te hubiera dejado la posesión Son Carvall?

—La vendería. Siempre he pensado que haría eso.

—¿Renunciarías a ser el señor de Son Carvall? ¿Por qué?

—Nunca me lo había planteado.

—Pues deberías planteártelo. Creo que, si tienes la oportunidad, debes asumirla. Me dolería que el legado familiar acabara en manos ajenas —dijo Magdalena con firmeza.

Las palabras de su hermana siguieron resonando en su ánimo. Empezó a ver aquel patrimonio como algo que le pertenecía por derecho y que tenía el deber de conservar. Por primera vez contempló la posibilidad de mantener el legado familiar en lugar de desprenderse de él.

El notario, don Rafel Moncadas, recibió a los hermanos en su despacho.

Les leyó el testamento y les explicó que ambos eran los únicos herederos de don Antoni.

Sin embargo, señaló una condición previa que afectaba sólo a Jaume: para heredar Son Carvall, debía hacerse cargo de su gestión y trasladarse allí con su familia.

Ante lo que consideró un gesto generoso de su padre, Jaume imaginó un porvenir prometedor y aceptó las condiciones sin vacilar.

No formuló preguntas. La conversación con Magdalena el día anterior había cambiado su forma de pensar.

Decidió que la posesión sería suya y, aunque carecía de experiencia para dirigir un patrimonio de tal magnitud, confió en aprender y salir adelante con éxito.

Sin embargo, mientras se disponía a firmar la aceptación de la herencia, percibió cierta injusticia frente a Magdalena. Su padre le había impuesto condiciones sólo a él, mientras que a su hermana le había concedido la casa de Can Anglada sin exigencias. Le molestó aquel gesto de autoridad.

Cuando el documento estuvo firmado, al devolver la pluma al notario, dirigió una mirada a Magdalena. Ella heredaba una casa; él asumía un destino. Entonces se preguntó si no se habría apresurado al firmar.

Una vez concluido el trámite, los hermanos Anglada se despidieron del notario con breves palabras de cortesía.

Cuando iban hacia el automóvil, estacionado a pocas calles, Jaume observó de reojo a su hermana y advirtió la felicidad que iluminaba su rostro. Hacía años que no la veía tan satisfecha.

Él, en cambio, nunca había ambicionado convertirse en el señor de Son Carvall ni asumir sus responsabilidades.

Tendría que dejar su trabajo y, además, dudaba de que Assumpta aceptara vivir en un entorno rural, lejos de su vida social en Palma.

En ese momento, la herencia dejó de parecerle tan ventajosa.

Durante unos instantes pensó en regresar a la notaría y renunciar. Pero creyó oír en su mente la voz firme de Assumpta: «No renuncies. Algún día tendremos hijos y este patrimonio será para ellos». Tratando de mostrarse sereno, le comentó a su hermana:

—Al aceptar la herencia, he asumido una gran responsabilidad. No sé si estaré a la altura.

—Lo estarás. No te preocupes —respondió ella.

—Nuestro padre era estricto, autoritario y difícil de tratar, pero también fue un brillante empresario y un gran visionario —añadió él.

—Aprenderás. Sabrás hacerlo mejor que él. No lo dudes —lo animó Magdalena.

Jaume aceptó las palabras de elogio, abrió la puerta del automóvil a su hermana y esperó a que se acomodara antes de sentarse al volante. Durante el trayecto por las calles de Palma apenas hablaron.

Se detuvo frente a la casa de Magdalena.

Se despidieron y, como de costumbre, aguardó hasta que ella cruzó el zaguán y cerró la puerta.

Después, camino de su hogar en la plaza de San Francisco, bajó la ventanilla y dejó que la brisa fresca lo envolviera.

Conducía casi de forma automática, sin prestar atención a las calles que dejaba atrás, reflexionando sobre cómo explicarle a Assumpta que había decidido asumir el legado familiar y suceder a su padre como señor de Son Carvall.

Aquella decisión traía consigo prestigio, pero también responsabilidades y grandes sacrificios.

Tendría que aprender el manejo de la posesión, conocer las cosechas, tratar con el amo, ganarse el respeto de quienes trabajaban aquellas tierras.

Era una carga enorme. Apretó el volante con más fuerza de la habitual.

Sólo deseaba llegar a casa y contar con el apoyo de Assumpta.

Esa misma tarde, doña Magdalena se dirigió a la casa familiar, Can Anglada, acompañada por su esposo y su hijo Pelayo.

—¿Prefieres que abra yo? —preguntó don Alfonso, algo impaciente al verla detenerse ante la puerta con la llave en la mano, como si dudara.

—Estoy muy emocionada. Hace mucho tiempo que no venía a esta casa —respondió ella.

Los tres entraron en la vivienda y recorrieron con curiosidad los salones, los dormitorios, los baños y la cocina. Magdalena comprobó el teléfono y exclamó:

—¡Qué extraño! ¡Funciona!

—No tiene nada de extraño si se ha pagado el servicio. Es evidente —contestó don Alfonso con tono animado.

—También hay electricidad y todo está limpio —añadió ella al encender una lámpara, con una sensación difícil de explicar al sentirse dueña de cuanto la rodeaba.

Era como si hubiera recuperado su lugar dentro de la familia y, desde ese momento, pudiera disfrutar de Can Anglada como lo hicieron su abuela, doña Isabel María Gibert, sus padres, y todos sus antepasados.

En su memoria surgieron los rostros de antiguos familiares, presentes en retratos y fotografías, algunos de los cuales había conocido personalmente.

A esas imágenes del pasado se sumaron las de su esposo y su hijo, quienes representaban su futuro.

Oyó entonces a Alfonso decir:

—No parece que la casa haya estado vacía tanto tiempo; tu padre debió venir de vez en cuando. Las señales son claras: agua, luz, teléfono…

Magdalena respiró hondo y asintió, mientras recordaba que trece años antes, ella y su hermano abandonaron esta misma casa tras una discusión con sus padres.

Nunca regresaron. Ahora todo le parecía distinto, casi renovado, aunque en esencia nada había cambiado.

Era ella quien no era la misma: tenía un hijo pequeño y compartía su vida con el hombre que amaba.

El niño, incapaz de estarse quieto, corría y jugaba con hojas secas que lanzaba al aire para verlas caer. Magdalena lo observaba mientras recordaba que, durante su infancia, había perdido un botón del vestido de su muñeca preferida. Lo buscó durante años entre piedras y hojas, sin encontrarlo.

Se acercó a su hijo, lo tomó en brazos y le dio un sonoro beso en la mejilla mientras miraba a su esposo. Entonces comprendió que Can Anglada volvía a estar habitada por su familia, y que el legado de sus antepasados tendría continuidad.