Capítulo 116. Encrucijada
Varios días después de recibir la propuesta de compra de La Quintana, el doctor Alhama decidió comunicar el asunto a su familia.
Sabía que Manuela la aceptaría sin vacilar y suponía que su hijo, Fernando, se opondría.
Si ambas posturas se confirmaban, tendría que afrontar una situación difícil y resolverla por sí mismo con una decisión firme.
Encontró a Manuela en el dormitorio de Adela, abrigando a la niña con un chaquetón de lana para salir a pasear por los alrededores de la laguna.
—Casi estamos listas —dijo Manuela.
El doctor las contempló desde la puerta. Su hija no tenía los rasgos de los Alhama: era rubia y de ojos azules. Paula solía decir que su aspecto reflejaba la herencia mallorquina de su abuelo Pascual Sureda.
—Tómate tu tiempo —respondió él.
—Ya estás bien abrigada, cariño —dijo Manuela, dándole a la niña un beso en la mejilla—. Id bajando. Voy a ponerme el abrigo y enseguida os alcanzo —añadió, dirigiéndose a su hermano.
Mientras bajaba las escaleras con su hija de la mano, el doctor comprendió que debía empezar a despedirse de su entorno.
Manuela los siguió enseguida, ajustándose los guantes y preguntó:
—¿Dónde está Fernandito? ¿Viene con nosotros?
—Está en las cuadras. Le preguntaremos si quiere venir —respondió el doctor, pues tenía interés en reunir a toda la familia y buscó un motivo para convencer a su hijo y apartarlo de los establos.
Al entrar en las cuadras, lo encontró dando de comer al caballo favorito de su madre.
—Fernando, ¿te apetece acompañarnos a dar un paseo en barca por la laguna?
Manuela miró a su hermano con sorpresa, pero no dijo nada.
La familia acostumbraba a pasear en barca por la laguna cuando el tiempo lo permitía y el agua estaba templada; sin embargo, aquella mañana el aire era tan gélido que parecía cubrirlo todo como un manto helado.
Manuela creyó que la propuesta de su hermano, del paseo en barca, era un pretexto para convencer a su sobrino de unirse a ellos; pero al llegar a la laguna y ver que ambos se disponían a empujar la embarcación hacia la orilla, sugirió:
—Adela y yo podemos quedarnos en tierra y pasear por los alrededores. Hace demasiado frío para navegar.
El doctor le respondió en voz baja, inclinándose hacia ella:
—Por favor, Manuela, sube a la barca. Necesito explicaros algo importante.
—De acuerdo, pero bordearemos la laguna, ya sabes por qué —dijo ella, aludiendo a Armando.
El doctor asintió. Sabía el lugar aproximado donde Manuela, junto con Paula y Lola, habían arrojado el cuerpo sin vida de Armando, en la zona más profunda del centro de la laguna.
Desde entonces evitaban ese punto al navegar.
Aun así, no habían dejado de salir en barca ni de recorrer el lugar.
Preferían ser ellos quienes lo encontraran si algún día llegaba a emerger.
Cuando se alejaron unos metros de la orilla, don Fernando dejó de remar. La barca siguió deslizándose por la inercia. Entonces comunicó la noticia sin rodeos:
—Los propietarios del cortijo El Zamacal quieren comprar La Quintana. He estado pensando en ello estos días y me inclino a aceptar la oferta, pero antes quiero conocer vuestra opinión.
Se hizo un silencio profundo, como si las palabras del doctor quedaran suspendidas en el aire. Durante unos instantes sólo se escuchó el leve roce del agua contra la madera de la barca.
Manuela imaginó por un momento la vida de la familia en la ciudad, en la elegante casa de los Alhama.
Fue entonces cuando Fernandito intervino y se opuso a la venta:
—No puedes vender La Quintana, papá. Era la casa de la abuela Lola. Además, debemos cuidar de los caballos pura sangre. Yo debo encargarme de mi potro y del caballo de mamá. Se lo prometí.
El doctor comprendió que, aunque había valorado los pros y los contras de vender La Quintana, no había tenido en cuenta el peso de una promesa que desconocía.
No podía darle a su hijo el mal ejemplo de incumplirla, sobre todo si implicaba a Paula.
Guardó silencio unos instantes. No había previsto esa objeción.
Para su hijo, aquella promesa tenía más peso que cualquier argumento económico.
—Está bien. No permitiré que rompas la promesa que le hiciste a tu madre.
—Fernando, debe haber alguna solución —dijo Manuela a su hermano, pero no obtuvo respuesta.
Fue entonces cuando ella comprendió el poder de atracción que La Quintana ejercía sobre su hermano y su sobrino; aunque llegaran a vender el cortijo, los recuerdos de Paula siempre los devolverían a aquel lugar.
—Tengo frío, mamá —dijo Adela.
—Lo sé, cariño. Hace mucho frío. Volvamos ya a la orilla —respondió Manuela.
Nadie corrigió a la pequeña, de dos años, recordándole que Manuela era su tía y no su madre. De algún modo, todos habían aceptado el papel que ella había asumido desde la partida de Paula.
Antes de alcanzar la orilla, don Fernando añadió:
—Quizás exista una solución, hijo. Hablaré con los compradores para que nos permitan conservar los dos caballos, el tuyo y el de tu madre. En cuanto tenga respuesta, os lo comunicaré.
Dos días antes de la venta de La Quintana, cuando los muebles y enseres más valiosos ya habían sido cargados en el camión de mudanzas y la casa había quedado en silencio, don Fernando regresó una vez más a la puerta principal.
Permaneció inmóvil unos instantes bajo el viejo arco de piedra.
Recordó a Paula y a Lola. Pudo imaginarlas tres décadas antes, cuando llegaron desde Mallorca llenas de ilusiones a aquel lugar.
Allí mismo había despedido a Paula en su marcha con Mateo, y a su suegra Lola en su último viaje.
Toda una vida parecía concentrarse en aquellas paredes, pero ya no sería la suya; pronto La Quintana dejaría de pertenecerle.
Introdujo la llave en la cerradura y giró lentamente. El sonido metálico resonó con una solemnidad inesperada. Después apoyó una mano sobre la madera oscura de la puerta, como si quisiera grabar en la memoria la textura áspera que había conocido durante tantos años.
Cuando terminó de cerrar, sostuvo la llave en la palma de la mano unos segundos y luego la guardó en el bolsillo, con la intención de entregársela a los futuros propietarios.
Sabía que aquello era el final de una etapa en su vida, pero algo en su interior se resistía a irse.
De pronto oyó el relincho del caballo de su hijo y comprendió por qué.
Antes de formalizarse la venta, con los propietarios del vecino cortijo El Zamacal, se estableció como condición que el doctor Alhama y su familia pudieran conservar los dos caballos, el de su hijo y el de su esposa, además de mantener acceso a las cuadras mientras los animales siguieran con vida.
Don Ricardo y doña Matilde aceptaron también el compromiso de hacerse cargo de la alimentación, el cuidado y la atención veterinaria de ambos equinos.
Todos aquellos términos quedaron registrados en un documento oficial.
Tras varias semanas de negociaciones, la venta quedó acordada y, en marzo de 1941, el notario don Javier Merino formalizó la escritura de compraventa del cortijo La Quintana.
La satisfacción de don Ricardo Montalbán y doña Matilde contrastaba con la tristeza contenida de don Fernando Alhama.
Cuando el notario quedó solo en su despacho, recordó a Paula con profunda nostalgia.
La advertencia que le había hecho sobre lo que podía ocurrir, terminó cumpliéndose.
Con la venta de La Quintana percibió el final de toda una época y de una saga familiar.
Pocos días después, varios hombres retiraron del portón principal el letrero que identificaba el cortijo La Quintana y colocaron en su lugar una gran placa de piedra con el nuevo nombre tallado a cincel: EL ZAMACAL.
La casa principal de La Quintana, que en los días de niebla quedaba envuelta en una bruma cambiante, adquirió un aire fantasmal desde que quedó deshabitada, visible desde el mirador del castillo en ruinas del cortijo El Zamacal.
A veces se diluía en el paisaje verde grisáceo de la dehesa, como si se confundiera con el entorno, para reaparecer después, bajo la luz del sol, con su antigua grandeza y su misterio intacto.
Al principio, las cuadras conservaron parte de la actividad y el esplendor de antaño, hasta que con el paso de los años, fueron quedando vacías. De igual modo, el nombre de “La Quintana”, junto con sus leyendas y maldiciones, terminó desvaneciéndose en el olvido.
El cortijo quedó absorbido como un anexo del poderoso y emblemático cortijo El Zamacal, hasta perder incluso su nombre entre los mapas y los recuerdos.
Con el tiempo, la esencia de La Quintana se fue diluyendo, llevándose consigo los ecos de un pasado que aún parecían resonar entre sus muros.
Las aguas de la laguna nunca revelaron sus secretos. El cuerpo del guardia civil Armando Castro jamás volvió a la superficie, y sus restos nunca fueron hallados.