Capítulo 115. Una antigua aspiración
En el cortijo El Zamacal, colindante con las tierras de La Quintana, su dueña, doña Matilde Aguirre Ibáñez, se despertó más temprano de lo habitual.
Esa mañana deseaba hablar con su hijo, don Ricardo Montalbán, acerca de los rumores que corrían por el pueblo sobre la huida de Paula con su amante.
Aquellas habladurías habían reavivado una antigua aspiración que albergaba desde hacía años y que ahora quería compartir con él.
La sirvienta terminó de preparar el desayuno en la cocina mientras doña Matilde esperaba sentada a la mesa.
Al mirar el reloj de pared, advirtió que casi eran las ocho cuando su hijo cruzó la puerta con su puntualidad de siempre.
No le sorprendió: Ricardo era un hombre metódico y estricto, tanto en su vida personal como en la administración del cortijo familiar.
—Buenos días, madre. Hoy se ha levantado temprano —saludó don Ricardo.
—Hola, hijo. No tenía sueño.
La sirvienta dispuso la vajilla con esmero sobre un mantel blanco adornado con una vainica hecha a mano, y colocó en el centro un jarrón de violetas que perfumaba suavemente el ambiente.
—¿Cómo se encuentra de salud? —preguntó él.
—Muy bien. Me gustaría que me llevaras a dar un paseo en tu coche.
Ricardo tomó asiento, sirvió café en ambas tazas y aguardó a que su madre hablara. La conocía lo bastante para saber que aquella invitación al paseo ocultaba algún propósito.
—¿A dónde quiere ir?
—Al mirador del castillo en ruinas —respondió ella.
—¿A qué hora partimos?
—En cuanto terminemos de desayunar, si te parece.
Doña Matilde prefería tratar ciertos asuntos en un lugar discreto y aquel día pensó que aquella zona apartada y agreste del cortijo sería la más adecuada.
Pocos minutos después, el automóvil conducido por don Ricardo avanzaba por caminos sinuosos entre extensas tierras de secano: olivares, viñedos, algarrobos y sembrados de cereales. Los campos se extendían como un manto verde hasta perderse en el horizonte, bajo el tibio sol invernal de la mañana.
—¿Quiere que paremos en las cabañas de caza? —preguntó él.
—No, hijo. Vamos hasta las ruinas.
—Allí sólo hay piedras y rocas resbaladizas.
—Lo sé.
Guardaron silencio hasta llegar al lugar, donde don Ricardo maniobró el vehículo para dejarlo preparado para el regreso.
—Hemos llegado —anunció él.
Las viejas murallas apenas conservaban parte de su altura original y las piedras aparecían cubiertas de líquenes. Después se dirigieron hacia el mirador.
Doña Matilde abrió la puerta del automóvil.
—Ven, hijo. Acompáñame al mirador.
—¿Se encuentra con fuerzas para caminar? —preguntó él.
—Puedo hacerlo. No iremos lejos. Solía venir aquí con tu padre para contemplar el cortijo La Quintana —explicó doña Matilde mientras avanzaba despacio, apoyada en el brazo que él le ofrecía.
Al llegar al mirador, las vistas de La Quintana eran imponentes.
La casa señorial se alzaba majestuosa en el centro de la propiedad y, algo más al noroeste, la laguna brillaba como un espejo.
A su alrededor se extendían los humedales, los naranjales y los huertos de frutales; más allá, los campos de secano y las dehesas dibujaban franjas de distintos colores.
—¿Por qué desea ver La Quintana? —preguntó don Ricardo, empezando a intuir el motivo de aquel paseo.
—En La Quintana hay una fuente de agua inagotable que nace en la sierra —respondió ella.
—Eso ya lo sé, madre. Pero ¿qué quiere decirme? Sea clara, por favor.
Doña Matilde mantuvo la mirada fija en el cortijo La Quintana antes de responder:
—Durante años había imaginado aquellas tierras formando parte de El Zamacal. Me gustaría comprar La Quintana. ¿Tenemos dinero suficiente?
—Sí, contamos con buenos ahorros. ¿Está en venta? —preguntó don Ricardo con prudencia extrema.
—No lo creo. Pero ahora Paula no está allí. Si ella o Lola siguieran viviendo en el cortijo, no pensaría en hacer una oferta. Tu abuela Paloma lo intentó varias veces y siempre se negaron —dijo doña Matilde.
—Sí, lo recuerdo —afirmó él.
—Ahora la situación de los Alhama ha cambiado y quizás don Fernando considere vender si le presentamos una propuesta adecuada.
—¿Por qué quiere adquirir La Quintana? Nuestro cortijo es mejor: tenemos más tierras y una ganadería de toros que ellos no poseen.
—Me interesa integrarlo en El Zamacal para completar lo que nos falta.
—¿Se refiere a la cría de caballos?
—Eso también. Pero hablo del agua, Ricardo.
La Quintana tiene la laguna y esa fuente inagotable que nace en la sierra —respondió ella.
Se detuvo unos instantes como si evocara viejos recuerdos—.
Siempre me fascinó el aroma del azahar de sus naranjos.
En primavera venía con tu padre sólo para disfrutar de ese aire embriagador.
—No se haga ilusiones. Puede que no quieran vender.
—Nunca lo sabremos si no lo intentamos. Les haremos una oferta generosa pero sin poner en riesgo nuestros ahorros. ¿Te parece bien?
Don Ricardo asintió en silencio.
Al día siguiente, doña Matilde y don Ricardo llegaron a La Quintana.
Ella tuvo que apoyarse en el brazo de su hijo para recorrer los pocos metros que la separaban de la entrada principal de la casa.
A sus setenta años, su salud era delicada, algo evidente en su caminar lento e inseguro.
Sufría de hinchazón en las piernas, un mal que también había padecido su madre, doña Paloma, y que atribuía a la herencia familiar.
Don Fernando recibió a sus visitas y los condujo al salón. No pudo ocultar cierta sorpresa cuando don Ricardo expuso la propuesta sin rodeos.
—La Quintana, en principio, no está en venta —respondió el doctor.
—Aún no ha escuchado la cifra que estamos dispuestos a ofrecer —replicó doña Matilde.
—Pagaríamos incluso por encima de su valor —añadió don Ricardo.
El doctor mantuvo la serenidad antes de responder:
—Debo analizar ciertos aspectos con detenimiento antes de plantearme la venta de La Quintana.
Don Fernando jamás había considerado, ni siquiera junto a Paula, la posibilidad de vender el cortijo. Sin embargo, al pensar en el porvenir de sus hijos, la idea de trasladarse definitivamente a Córdoba capital comenzó a parecerle razonable y una posibilidad digna de consideración.
—Desde luego, es una decisión prudente —dijo don Ricardo.
—Además, este asunto no depende sólo de mí, sino de toda mi familia. Lamento no poder darles una respuesta inmediata —concluyó don Fernando.
—Tómese el tiempo que considere oportuno, doctor. No hay prisa —respondió don Ricardo.
Doña Matilde no añadió nada más. Confiaba en la habilidad de su hijo para tratar con la gente y cerrar acuerdos.
—Les daré una respuesta lo antes posible —dijo el doctor.
Se despidieron poco después y ni siquiera aceptaron el café que don Fernando les había ofrecido al recibirlos.
De regreso al cortijo El Zamacal, doña Matilde declaró con determinación:
—Aceptará nuestra oferta. Estoy segura.
—¿En qué se basa para afirmarlo? Yo no lo veo tan claro —replicó don Ricardo.
—No podrá seguir viviendo en esa casa rodeado de los recuerdos de lo ocurrido con su esposa —dijo ella, acentuando con desdén la última palabra.
—No hable así de Paula. Siempre fue amable y correcta con nosotros.
—No tengo nada contra ella; en realidad, me alegra de que haya buscado su felicidad lejos de aquí.
—¿Le alegra que haya dejado a sus hijos? —preguntó él.
—¡No! Pobres niños... Me entristece que los haya abandonado, pero su ausencia nos abre la oportunidad de comprar La Quintana.
Durante los días de espera, hasta recibir la respuesta del doctor Alhama, los propietarios de El Zamacal no volvieron a mencionar el asunto.