Los Herederos de Son Carvall (La saga de los Anglada 2) Capítulo 114. Habría valido la pena
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Capítulo 114. Habría valido la pena

La noche previa a su partida, Paula volvió a dormir en la habitación de invitados.

Don Fernando no sospechaba lo que estaba a punto de ocurrir en las horas siguientes, pues su esposa, desde el brutal interrogatorio, vivía sumida en una inquietud permanente.

Por su parte, consideraba que lo más prudente era respetar el espacio que ella necesitaba y confiar en que el tiempo la ayudara a superar aquel episodio.

Paula durmió apenas unas horas y se levantó temprano. Se vistió y preparó una maleta con ropa de invierno. Después se dirigió al salón comedor antes de lo habitual. Quería hablar con su esposo sin la presencia de Manuela.

Al entrar en la estancia, Fernando estaba sentado a la mesa, leyendo el periódico.

—Buenos días, Fernando. ¿Puedes prestarme atención?

—Claro —respondió él. Dobló el periódico, lo dejó a un lado de la mesa y la miró a la cara, como si intentara descubrir en su mirada, antes de que ella lo dijera, el cambio trascendental que estaba a punto de producirse en su matrimonio.

—He venido a despedirme, Fernando. Te dejo todo lo que tengo. Sólo me llevo una maleta con algo de ropa.

—¿A dónde vas? —preguntó él, atónito.

—Me marcho con Mateo. Aún no hemos decidido a dónde iremos, pero será fuera de España —respondió ella con voz serena, pero firme.

Manuela estaba a punto de entrar en el salón cuando escuchó aquella parte de la conversación. Se detuvo en el pasillo. Fue discreta, ya que no necesitaba oír nada más para comprender lo que estaba ocurriendo. Regresó a su dormitorio.

—¿Y todo lo que hemos vivido juntos no significa nada?

—Claro que significa. Yo...

Paula bajó la mirada. Se produjo un largo silencio.

—Supongo que llevas tiempo pensando en esto, ¿verdad? ¿Cuándo te vas? —inquirió don Fernando, con un tono de preocupación en su voz que no intentó ocultar.

—En un par de horas. Mateo vendrá a buscarme. Lamento que nuestro matrimonio termine de esta manera.

—¿Has dejado de quererme? —preguntó él con un nudo en la garganta.

Hacía meses que había percibido que su esposa mostraba menos interés por la vida familiar y se distanciaba poco a poco de él.

No creía que hubiera dejado de amarlo, pero resultaba evidente que la relación se había enfriado y ya no conservaba la cercanía ni la intensidad de antes.

Pensó que se trataba de algo pasajero, que atribuyó equivocadamente a la muerte de Lola. Entonces la escuchó decir:

—Os sigo queriendo, a ti y a nuestros hijos. Por eso he renunciado a mis propiedades y las he puesto a tu nombre. Podrás disponer de ellas como estimes oportuno. He dejado formalizada la cesión de mis bienes y toda la documentación está en manos de don Javier Merino.

El doctor escuchó la explicación sin hacer ningún comentario. Los bienes materiales no le preocupaban. Su pensamiento estaba en sus hijos, por eso habló con firmeza:

—Paula, no nos engañemos. No sigamos con esta farsa. Los dos sabemos que Fernando es hijo de Mateo. Desde su nacimiento nunca hemos vuelto a hablar de ello, pero ahora me pregunto si esa es la verdadera causa de nuestro fracaso como matrimonio.

—Te juro que nuestro hijo no tiene nada que ver.

—¿Sabe Mateo que Fernando es su hijo?

—Sí. Lo sabe, pero no por mí. Lo dedujo él mismo cuando nos encontramos hace unos días en el centro de Córdoba.

—¿Le has dicho a nuestro hijo que Mateo es su padre? —preguntó él.

—No. Te prometí que nunca se lo diría. He cumplido y cumpliré mi promesa. Jamás lo sabrá por mí —aseguró Paula.

—Al parecer, ya lo tienes todo dispuesto. Quiero que quede claro, sin que suene a amenaza, que los niños se quedan conmigo y, si te vas al extranjero, es probable que no los vuelvas a ver —dijo él con rotundidad.

—Lo sé. Si me lo permites, ahora me gustaría despedirme de ellos —respondió ella conmovida.

—Tú misma. Tú sabrás lo que haces —dijo el doctor con una frialdad que no sentía.

—Gracias —respondió ella, al borde de las lágrimas.

Al ver la expresión entristecida de Paula, él suavizó su tono y añadió, con una mezcla de frustración y abatimiento.

—Vete, Paula. Quizás sea lo mejor para todos nosotros.

—Lo siento, Fernando. De verdad —dijo ella con un hilo de voz.

Su experiencia como médico no le ofrecía a don Fernando respuestas sobre la necesidad de Paula de renunciar a una vida familiar estable ni sobre su deseo de huir de La Quintana.

Reconocía que, en los últimos tiempos, habían compartido el mismo hogar y afrontado juntos las preocupaciones por sus hijos, pero nada de eso había impedido que ella se alejara emocionalmente de él, hasta el punto de dejarlo todo por un amor de juventud.

Tal vez no estaba preparado para afrontar las circunstancias que le habían tocado vivir o quizás su carácter bondadoso hacía que prevaleciera la felicidad de su esposa sobre la suya.

No lo sabía con certeza, pero aceptó su marcha con resignación.

Una vez aclarado lo relativo a los hijos, no suplicó ni pidió explicaciones. No trató de convencerla ni criticó su decisión. Sólo dijo:

—Abandonas a tu familia. ¿Eres consciente de que estás haciendo lo mismo que hizo tu padre?

Paula no respondió, aunque tenía claro que no quería marcharse como lo hizo Pascual Sureda, sin una despedida adecuada. Recordaba el dolor de su hermana Martina mientras perdía la esperanza del regreso de su padre. No quería cometer el mismo error. Se levantó y, antes de salir del salón, anunció:

—Voy a despedirme de Adela y de tu hermana.

Él asintió en silencio y volvió a abrir el periódico.

Cuando Paula entró en la habitación de Adela, la niña aún dormía. La besó en la frente con cuidado de no despertarla. Después salió en silencio, consciente de que era demasiado pequeña para comprender una despedida.

Al pasar frente al dormitorio de Manuela, golpeó la puerta con los nudillos. Sabía que estaba dentro, pues había oído ruido, pero no le abrió. Entendió entonces que su cuñada había escuchado lo que decían y estaba al tanto de la situación; por eso evitaba el encuentro.

En ese momento, la mayor preocupación de Paula era despedirse de su hijo Fernando.

Lo encontró en las cuadras, atendiendo a un potro recién nacido.

Cuando le comunicó que se marcharía por un tiempo, el muchacho, de quince años y casi de su misma estatura, rodeó al animal con los brazos y bajó la mirada hacia el suelo con el ceño fruncido.

—Me voy con el hombre con el que nos encontramos el otro día. Se llama Mateo.

—Entonces él decía la verdad. Te conocía de La Quintana, pero tú me aseguraste que no lo conocías —dijo Fernando con cierto aire de reproche.

—Mateo y yo nos conocemos desde que éramos niños —aclaró ella.

El muchacho no sabía qué decir. Estaba experimentando una especie de conmoción. Cerró los ojos buscando una explicación, un motivo o alguna frase que pudiera salir de su interior, pero sólo le salió un insulto:

—¡Mentirosa!

—Fernando, escúchame. No quería que esto sucediera de este modo.

—Eres una mentirosa. Conocías a ese tipo y me engañaste —dijo el muchacho, apesadumbrado.

En ese momento, oyeron el motor de un coche y ambos miraron hacia el exterior a través de la puerta entreabierta. Vieron a Mateo salir del vehículo. Paula le pidió a su hijo:

—Fernando, déjame abrazarte un momento. Sólo un momento. Sabes que te quiero.

Él se separó del potro y dejó que su madre lo rodeara con los brazos. Durante unos instantes, el muchacho correspondió al abrazo y dijo:

—Yo también te quiero. Mucho.

En ese momento, se escuchó el relincho del caballo de Paula, como si también reclamara un gesto de despedida.

—Me gustaría regalarte mi caballo. Será tuyo si prometes cuidarlo por mí —dijo ella.

Él asintió, sellando su compromiso, mientras Paula se acercaba al animal para despedirse. Lo abrazó y le susurró: «Sabías lo que iba a ocurrir. Igual que sabes que seguiremos unidos a pesar de la distancia, ¿verdad?». El caballo movió levemente la cabeza y, después, Paula salió de las cuadras.

Minutos más tarde, Paula intentó despedirse de su cuñada una vez más, pero no estaba en su habitación.

Supuso que la evitaba de forma deliberada.

Ya lo había previsto; por eso le había escrito unas líneas explicando los motivos de su marcha, una carta que recibiría días después desde la notaría de don Javier Merino.

Finalmente, se despidió de su esposo con un simple:

—Adiós, Fernando.

Desde el umbral de la casa, don Fernando la veía alejarse y se preguntó en qué había fallado como esposo. No encontró respuesta. Prefirió pensar que todo obedecía a la fuerza inevitable del amor que siempre había unido a Paula y Mateo.

Manuela se acercó a su hermano. Al ver a Paula subir al coche, preguntó:

—¿No piensas hacer nada para detenerla? ¿Es que no la quieres, Fernando?

El doctor encendió un cigarrillo con calma y respondió con otra pregunta:

—¿Crees que podría obligarla a quedarse? ¿Por qué crees que la dejo ir?

Manuela guardó silencio. La tensión se hizo palpable en el ambiente.

Desde las cuadras, Fernando vio a su madre subir al coche, escuchó el motor arrancar y, cuando la observó alejarse por el camino, comprendió que no la vería en mucho tiempo. Entonces, vencido por la tristeza, rompió a llorar.

Sentada en el asiento del acompañante, Paula se volvió para contemplar la imponente fachada del cortijo.

Advirtió que su esposo permanecía en el mismo lugar, junto a Manuela.

Lo vio sacar un cigarro de la cajetilla y encenderlo con naturalidad.

«Nunca he visto fumar a Fernando. ¿Cuándo empezó?

», se preguntó, y comprendió que llevaba tiempo sin prestarle atención.

Lo dejó atrás, inmóvil, hasta que la distancia borró su imagen.

Al cruzar el último portón y salir a la carretera, Paula y Mateo se miraron; no hicieron falta palabras para expresar cuánto tiempo habían desperdiciado. En ese instante, Mateo aceleró, como si quisiera recuperar los años que no habían compartido.

Mientras avanzaban por las carreteras locales, la imagen de la laguna y los reflejos de luz sobre el agua que Paula había visto poco antes seguían en su mente.

Exhaló un suspiro al asumir que nunca volvería a La Quintana.

Esa certeza le proporcionó una calma extraña y liberadora, al dejar atrás una guerra devastadora y una postguerra inacabable.

Emprendieron el viaje, cada uno guardando un secreto que afectaba al otro y que nunca llegarían a revelarse. Mateo no le contó que su madre y su tía Carmeli habían estado con Lola poco antes de su muerte, ni que Amelia se sentía responsable de aquel desenlace.

Paula, por su parte, ocultó las circunstancias de la muerte de Armando, causada por una violenta coz de su caballo, como si el animal hubiera percibido el deseo oculto que ella había albergado durante tanto tiempo.

Aunque esto no podía demostrarlo, Paula había crecido rodeada de las leyendas de La Quintana y creía en las historias y maldiciones del cortijo.

Incluso sentía que su caballo seguiría unido a ella hasta el final de su vida.

Ella no preguntó hacia dónde se dirigían.

Por la posición del sol, dedujo que avanzaban hacia el sur, quizás hacia África.

Se dejó llevar por la felicidad que la envolvía, por el hermoso paisaje que admiraba a través de la ventana y por la voz de Mateo, que repetía una frase que había acompañado su vida en todas sus etapas: palabras sencillas que la hacían sentirse segura y amada, y que despertaban de nuevo la pasión que siempre había existido entre ellos: «Te quiero, Paula».

El coche avanzaba veloz por la carretera. Si en ese instante hubiera ocurrido un accidente y sus vidas se hubieran apagado, nada habría podido alterar aquella sensación de plenitud. Incluso si aquella felicidad hubiera durado sólo unos minutos, cada segundo de su huida juntos habría valido la pena.