Los Herederos de Son Carvall (La saga de los Anglada 2) Capítulo 113. Horas frenéticas
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Capítulo 113. Horas frenéticas

Esa noche, Paula apenas durmió un par de horas. A la mañana siguiente, comentó que debía regresar a Córdoba por asuntos relacionados con el cortijo. Le pidió al chófer que la dejara en el centro y, desde allí, se dirigió a la notaría de don Javier Merino.

El clima era incierto; las nubes anunciaban lluvia, por lo que llevaba un paraguas plegado.

Al llegar al edificio de la notaría y subir las escaleras, percibió el mismo aroma de su infancia: un olor dulce, parecido al de la cera con la que se abrillantaban puertas y muebles. Le sorprendió comprobar cómo ciertas cosas permanecían intactas a pesar de los años.

Al entrar, saludó a la secretaria de don Javier y le explicó que no tenía cita, pero que el asunto que quería tratar con el notario no le ocuparía mucho tiempo.

Aunque don Javier no la veía, reconoció su voz desde su despacho, cuya puerta permanecía abierta. «¿Cuánto tiempo ha pasado desde la última vez que nos vimos?», se preguntó, como hacía cada vez que se encontraban. La respuesta era la misma: «Demasiado tiempo».

Antes de que la secretaria pudiera anunciarla, salió a recibirla con su amabilidad habitual.

—Me pareció oír tu voz. Me alegro de verte. Pasa, por favor.

—Perdona que me presente de improviso.

Él cerró la puerta tras de sí y comentó:

—No es necesario que te disculpes. Ya estoy habituado a que me sorprendas con visitas inesperadas; lo haces casi siempre —dijo él con un toque de nostalgia, pero enseguida preguntó—: ¿Qué te trae por aquí?

—Quiero ceder mis bienes. He hecho una lista de mis propiedades —respondió ella, sacando de su bolso una hoja manuscrita.

—¿Puedo saber si hay alguna razón específica para ello? —preguntó él.

—Sí, la hay. Por eso deseo dejarle todos mis bienes a mi esposo.

—¿Te refieres a después de tu fallecimiento?

—Me refiero a partir de este momento. He elaborado una lista de mis propiedades.

—¿Deseas donar tus bienes a Fernando Alhama?

—Así es.

—Debo informarte de que Fernando podrá hacer lo que quiera con ellos, incluso vender La Quintana. ¿Has pensado en dejar tus bienes como herencia a sus hijos y otorgarle el usufructo a tu esposo?

—Lo he considerado. Confío en Fernando.

—Paula, ¿te encuentras bien?

—Estoy mejor que nunca. Me voy de Córdoba.

—¿Con Fernando y los niños? —preguntó el notario, y luego, mirándola a los ojos, él mismo se respondió—: No. Claro que no. Te vas con Mateo Morales o José García, o como se llame ahora, ¿verdad?

Paula asintió.

—¿A dónde planeáis ir?

—No lo sé, el mundo es muy grande —respondió ella, utilizando las mismas palabras que Mateo.

—Siempre he sentido una admiración velada por Mateo, aunque no logré entender qué lo hacía tan especial para ti. Ahora creo que he encontrado la respuesta —comentó don Javier.

—¿Cuál es la respuesta? —inquirió Paula, algo intrigada.

—Siempre he pensado que Mateo posee algo que los demás no tenemos —explicó él, con un brillo de revelación en los ojos.

—Tienes razón, Javier. Tal vez, en ese sentido, me parezco a Mateo. Siento la necesidad de ir tras él, o dejarme llevar por él.

—Supongo que has valorado las repercusiones de dejarte llevar por él.

—Sí. Necesito irme fuera de España, y Mateo me ha ofrecido ese camino hacia la libertad.

—¿Sabe Fernando que te vas con Mateo?

—Aún no. Eres el primero en enterarte. Mateo tampoco lo sabe.

—¿Debo considerar esta primicia un honor? —preguntó el notario.

—No sé qué habría sido de mí sin tu ayuda todos estos años. Te voy a echar de menos.

—No es cierto. Pero deja tus asuntos en mis manos —dijo él, tratando de dar por terminada la conversación, aunque en el fondo deseaba retenerla unos minutos más. Intuía que sería la última vez que la vería; lo comprendió en cuanto ella sacó de su bolso la lista de sus propiedades.

—¿Podrías hacerme un último favor? —preguntó ella, con una mezcla de determinación y tristeza.

El notario encendió un cigarrillo, aspiró el humo y lo exhaló despacio. Después preguntó con tono sereno:

—¿Qué necesitas?

—¿Podrías enviar estas dos cartas? Una es para mi cuñada Manuela y la otra para mi sobrina Assumpta. Si quieres, puedes leerlas. La de Manuela envíala lo antes posible; la de Assumpta prefiero que le llegue a principios del próximo año.

—Por supuesto. Las enviaré. ¿Me escribirás? Aunque sea una postal. Me alegrará saber que estás bien.

—Sí, te escribiré.

Se despidieron con una emoción contenida, conscientes de lo que significaba aquel adiós. Paula esperaba que Javier tomara la iniciativa y le ofreciera una despedida más cercana, pero él permaneció inmóvil. No parecía enfadado, sino distante. Permaneció sentado, con el cigarro entre los dedos.

Paula salió del despacho sin volver la vista atrás. Cruzó la plaza sin detenerse a mirar hacia la ventana de la notaría, como hacía otras veces; estaba convencida de que él no estaría observándola.

Don Javier continuó en su sillón, dio una calada profunda y dejó escapar el humo lentamente, enturbiando su visión, como si quisiera borrar la imagen de Paula alejándose de su vida.

Pensó que ya era tarde para que ella cambiara de idea, aunque en el fondo siempre había sabido que algo así podía ocurrir.

Desde que vio a Mateo por primera vez, cuando éste apenas tenía diecisiete años, entendió que estaban destinados el uno al otro.

Dio otra calada. Se levantó, pero no se acercó a la ventana para verla cruzar la plaza como solía hacer.

En lugar de eso, salió a hablar con su secretaria y le pidió que enviara la carta dirigida a Manuela.

Luego volvió a su despacho y, llevado por un impulso repentino, descolgó el abrigo del perchero, se lo puso con prisa y bajó las escaleras tras ella.

En mitad de la calle, la llamó en voz alta y abrió los brazos, como ofreciéndole el abrazo que no le había dado minutos antes.

Paula se detuvo, regresó sobre sus pasos y aceptó aquel gesto de afecto.

Fue un abrazo largo y sincero, la muestra de cariño de una amistad de casi tres décadas. Antes de separarse, él le susurró:

—Vete y no llegues tarde a donde tengas que ir.

—Adiós, Javier —respondió ella, con la voz temblorosa por la emoción.

Él permaneció unos segundos más en la calle, viéndola alejarse.

Empezaba a lloviznar. Paula abrió el paraguas y caminó por las calles de Córdoba con una ligereza que no recordaba haber sentido en muchos años, como si la vida le ofreciera un nuevo comienzo.

Pasó junto a la Mezquita, recorrió la calle de la Puerta del Perdón, tomó varios desvíos y se detuvo ante el edificio donde Mateo había alquilado su piso, el lugar donde años atrás se había ocultado antes de marcharse a Madrid.

Miró el portal un instante y siguió su camino, convencida de que no volvería a subir aquellas escaleras.

Después se dirigió al coche donde el chófer la esperaba para llevarla de regreso a La Quintana.

Don Javier Merino y Paula no volvieron a verse jamás.