Los Herederos de Son Carvall (La saga de los Anglada 2) Capítulo 112. El mundo es muy grande
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Capítulo 112. El mundo es muy grande

Aunque tenía muchas dudas, Paula decidió acudir a la cita con Mateo.

Ante Manuela, fingió que tenía que ocuparse de unos asuntos relacionados con el cortijo.

Le pidió al chófer de La Quintana que la llevara en coche hasta la casa de los Alhama.

Al llegar, acordaron que volvería a recogerla por la tarde, hacia las cinco, en el mismo lugar.

Entró en la vivienda sin quitarse el abrigo, pues el interior estaba frío y deshabitado, y se sentó unos minutos para ordenar sus pensamientos.

Creía intuir lo que Mateo iba a proponerle, pero no sabía si estaba dispuesta a aceptarlo.

Se preguntó si sería capaz de vivir lejos de su familia, quién se ocuparía de La Quintana y, sobre todo, adónde podrían ir en una Europa en guerra.

Al final, decidió acudir al piso de Mateo. Cogió su bolso y avanzó por calles poco transitadas, con cautela para que nadie la viera. Cuando llegó al edificio, subió las escaleras y abrió con su propia llave. Entró y cerró la puerta tras de sí.

Mateo la esperaba de pie. Sus miradas se encontraron y, sin mediar palabra, se abrazaron con intensidad.

Sus labios se unieron con la misma pasión de siempre, como si los años de separación y las adversidades no hubieran logrado erosionar lo que sentían el uno por el otro; su amor permanecía intacto.

Tras ese emotivo reencuentro, ella dijo:

—Mi madre falleció hace más de un año.

—Lo sé. Me enteré ayer. Lo siento mucho. Siempre la aprecié. De verdad.

Paula asintió y preguntó directamente:

—¿Por qué has venido a Córdoba?

—¿De verdad no lo sabes? He venido a buscarte —respondió él, separándose de ella, y añadió mirándola a los ojos—: He sabido abrirme camino. Los negocios me han ido bien y me gustaría que te vinieras a vivir conmigo.

—¿Las autoridades ya no te buscan? —preguntó Paula.

—He descubierto que la Guardia Civil nunca dictó una orden oficial contra mí.

—¿Qué quieres decir?

—Que todo fue una estratagema de mi primo Armando.

—¿Cómo lo sabes?

—Un amigo tiene contacto en la Dirección General de Seguridad.

No tengo cargos. Podría recuperar mi identidad, aunque a estas alturas carece de importancia.

He terminado por acostumbrarm a ese nombre.

Además, mi empresa está a nombre de José García García.

A día de hoy me conviene más seguir llamándome así.

—¿Cómo has llegado a tener tantos recursos? —preguntó ella con curiosidad.

—Gracias al dinero que me diste antes de marcharme a Madrid. Y también a aquella idea que tuvimos de niños, la de alquilar bicicletas. ¿Te acuerdas?

—¿Alquilas bicicletas?

—No —respondió con una risa—. Pero fue el origen de todo lo que vino después. Mis socios y yo empezamos con un pequeño servicio de reparto. Después llegaron los taxis. Si las cosas siguen yendo bien, compraremos dos camiones más. Todo lo que hacemos está relacionado con el transporte.

Ella guardó silencio, intentando comprender cómo una idea infantil había terminado por convertirse en el medio de vida de Mateo.

—Nunca imaginé que acabarías siendo taxista —comentó Paula, con una leve sonrisa cargada de nostalgia.

—Fui taxista durante unos meses. Ahora ya no. Tengo empleados que se encargan de ello.

Paula sintió que volvía a su propia realidad. Bajó la mirada unos segundos antes de decir con tono dramático:

—España se ha convertido en una cárcel para mí.

—¿Por qué dices eso? ¿Qué es lo que no me has contado? —preguntó él, dando a entender que la conocía bien.

—He vivido la experiencia más aterradora de mi vida: un guardia civil me sacó de casa, me llevó con engaños a una casa abandonada y allí, junto con tu primo Armando, me interrogaron y me golpearon brutalmente.

—Mi madre me ha dicho que Armando ha desaparecido.

—Lo sé. Sólo espero que no vuelva a aparecer —respondió ella, ocultando que conocía su paradero. Prefirió centrarse en su propio dolor—: Me destrozaron la vida. Desde entonces vivo con un miedo constante.

—Siento mucho lo que me cuentas, Paula. Es terrible.

—La angustia que he sentido ha sido tan inmensa que he llegado a desear morir. Fernando dice que padezco ansiedad crónica.

Paula reveló sólo una parte de lo ocurrido. Había recuerdos que todavía era incapaz de poner en palabras.

—Te recuperarás en cuanto salgas de España. Empecemos de nuevo y dejemos atrás el pasado.

—¿A dónde podríamos ir?

—A donde quieras. Podemos marcharnos a algún país extranjero, con nuestro hijo. El mundo es muy grande.

Sus voces resonaban en aquel piso vacío, testigo silencioso de su amor, el lugar donde siempre habían encontrado refugio.

—¿Quién te ha dicho que Fernando es tu hijo?

—No necesito que nadie me lo confirme. Es igual a mí cuando tenía su edad, y tú lo sabes. ¿Por qué nunca me lo dijiste?

—Porque se lo prometí a Fernando, y no quiero separarlo de los niños.

—Paula, apenas nos queda tiempo. Pasado mañana, hacia las nueve, iré a buscarte a La Quintana. Piensa bien lo que vas a hacer. Si decides venir conmigo, seré el hombre más feliz del mundo.

Se despidieron con un abrazo, envueltos en la incertidumbre del futuro.

Nadie sabía qué les depararían las próximas horas.

Ni siquiera Paula tenía claro si debía quedarse con su familia o tomar un camino hacia la liberación de las secuelas que la guerra había dejado en ella.

En ese nuevo rumbo no estaría sola, sino junto al gran amor de su vida.

Mateo representaba su vía de escape hacia la felicidad.

Cuando se quedó solo, Mateo pensó en Armando.

De algún modo, su primo le había devuelto a Paula: le había abierto la puerta a un nuevo comienzo, a una vida distinta que los empujaba hacia otros horizontes.

Era como si Armando, sin pretenderlo, hubiera cosido con un hilo invisible dos vidas rotas que aún podían recomponerse y ser felices.

Paula regresó a la casa de los Alhama para esperar al chófer que la llevaría de vuelta a La Quintana.

Mientras tanto, se sentó en el borde de la cama donde solía dormir con Fernando durante sus estancias en la capital.

Frente al espejo del armario, contempló la imagen de una mujer todavía joven, con deseos de perseguir el amor y la libertad.

Entonces se planteó una pregunta decisiva: «¿Podré vivir lejos de La Quintana?

». La respuesta resultó clara. Siempre había sentido una fuerte atracción por aquellas tierras, pero comprendió que, en realidad, no era por el lugar, sino por su madre y Mateo, quienes le hacían sentir vinculada al cortijo y le daban sentido a esa vida rural.

Tras la muerte de su madre y la ausencia de Mateo, La Quintana había adquirido un nuevo significado para ella: ya no brillaba igual ni la fascinaba como antes.

Se había convertido en un simple negocio familiar y, con el tiempo, en una carga de preocupaciones y responsabilidades.

Enseguida se planteó otra pregunta: «¿Podré vivir lejos de Fernando?

». También creyó que podría hacerlo, aunque la respuesta no surgió con la misma firmeza que la anterior, pues sentía un profundo respeto por su esposo.

Desde que lo conoció, siendo apenas una niña, pensó que se casaría con él.

Se preguntaba si su matrimonio no habría sido, en el fondo, un sueño desvanecido con los años.

Ahora tenía claro que a quien amaba era a Mateo; en el fondo, siempre lo había amado.

Fue poco después del interrogatorio de la Guardia Civil cuando se preguntó si habría soportado las mismas humillaciones de haber tenido que proteger a Fernando en lugar de a Mateo.

No estaba segura de la respuesta. Aun así, no se sentía preparada para abandonar a su esposo de forma definitiva.

Volvió a mirarse en el espejo y advirtió un cambio en su expresión.

Su rostro se mostraba serio y en sus ojos se reflejaba una tristeza desconocida.

Pensó entonces en la última cuestión, que era la más importante: «¿Podré vivir lejos de mis hijos?

». No supo qué contestarse. Tendría que dejar que el tiempo le diera la respuesta.

Sin apartar la mirada del espejo, con la vista empañada, observó su reflejo difuso mientras recordaba el encuentro con Mateo el día anterior, en plena calle, cuando iba junto al hijo que tenían en común.

Comprendió que, desde el instante en que Mateo le propuso la cita, quizás una parte de ella ya había tomado la decisión de marcharse con él, sin ser plenamente consciente de ello.

Se secó las lágrimas con un pañuelo, se sentó ante el escritorio y permaneció largo rato allí hasta que escribió varias hojas que dobló cuidadosamente y guardó en el bolso, poco antes de que el chófer llegara a recogerla.

Aquella noche, de regreso a La Quintana, cenó sin apetito y le dijo a Fernando que dormiría en la habitación de invitados debido a un fuerte dolor de cabeza.

Sin embargo, permaneció despierta toda la noche, reflexionando sobre lo que diría a cada miembro de su familia, tratando de encontrar un motivo claro para una decisión que sabía irreversible.

Pensó que tal vez todo respondía a una herencia inevitable, pues su padre, Pascual Sureda, había hecho lo mismo al marcharse a Francia.

Le resultó irónico: ella, que siempre lo había juzgado por su abandono, estaba a punto de aceptar la propuesta de Mateo y seguir los pasos de su padre, huyendo a otro país.

Lloró en silencio. La idea de separarse de sus hijos le causaba un dolor profundo y, sobre todo, le angustiaba pensar que vivirían una vida en la que ella no tendría lugar, dejarían de añorarla y, con el tiempo, llegarían a olvidarla por completo.