Los Herederos de Son Carvall (La saga de los Anglada 2) Capítulo 111. Tal vez, nunca
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Capítulo 111. Tal vez, nunca

Tras quince meses sin ver a su madre, Mateo no quería marcharse de Córdoba sin visitarla y decidió darle una sorpresa. Como ella le había comentado en varias ocasiones su deseo de mudarse a la capital para vivir con su hermana, dedujo que ahora estaría en casa de Carmeli.

Sin embargo, para no llamar la atención durante su estancia en la ciudad, prefirió verla a solas.

Permaneció dentro del coche con el que había llegado desde Madrid, observando la vivienda de su tía hasta que la vio salir.

No se decidió a bajar hasta que Carmeli dobló la esquina.

Entonces se acercó al portal, subió a la primera planta y llamó a la puerta.

Cuando Amelia lo vio, elegante y con el cabello recién cortado, sintió la alegría del reencuentro y tardó unos segundos en reaccionar antes de exclamar con naturalidad:

—¡Mateo, estás vivo!

—¿Puedo pasar, madre?

—¡Ah! Claro, hijo. Entra. Estoy un poco aturdida. No te esperaba —dijo, todavía conmocionada por la sorpresa.

Se apartó, le permitió entrar y cerró la puerta con llave. Luego se abrazó a él, llorando de emoción.

—No sabes cuánto te he echado de menos, hijo.

—Yo también, madre. Pero ahora estoy aquí.

Pasaron a la sala de estar. La casa mantenía el mismo aspecto de siempre: la mesa camilla con sus faldones de tela verde y la estantería repleta de libros que él había comprado y leído durante sus años de estudiante, cuando su tía lo acogió para que pudiera formarse en un colegio y, más tarde, en la universidad.

—Siéntate, hijo. ¿Quieres tomar algo? Tengo un poco de vino dulce. Lo compra Carmeli —comentó ella.

—Sí, gracias.

Con un brillo de felicidad en los ojos, Amelia fue a la cocina a buscar la botella de vino. Desde allí comentó:

—Siento no poder ofrecerte café porque escasea. Bueno, en realidad, todo escasea. Conseguir comida decente es un desafío.

Regresó a la sala y colocó la botella sobre la mesa camilla mientras preguntaba:

—¿Dónde has estado todo este tiempo? ¿En Barcelona?

—En Madrid.

—Paula me dijo que te habías ido a Barcelona. Me mintió.

—Lo hizo para protegerme —defendió Mateo a Paula.

—¿La Guardia Civil ya no te busca? ¿Has venido para quedarte?

—No me buscan, pero sólo estoy de paso.

—¿Sabes que Angelines se ha casado? Esa muchacha no tiene cabeza y...

Él la interrumpió:

—No lo sabía, pero hizo bien en no esperarme y en casarse con otro. Usted sabe, madre, que nunca la amé. Y esa es una culpa que arrastro —respondió Mateo, consciente de que sus hijos, Juan Mateo y Fernando, no figuraban oficialmente con su apellido.

—Por lo menos, Angelines me permite ver a tu hijo siempre que quiero. Con apenas dos años Juan Mateo es muy espabilado. ¿Vas a ir a verlo? —preguntó Amelia, con interés.

—Creo que no.

—Entonces, ¿qué planes tienes?

—He venido a buscar a Paula.

—¿A Paula? Ella está casada y tiene su propia vida —respondió Amelia, sorprendida.

—La amo, madre. La he querido desde que era un niño, y nunca he dejado de quererla —respondió él, con la voz temblorosa.

Resultaba extraño ver a un hombre hecho y derecho mostrarse tan vulnerable, casi al borde del llanto.

Ella se levantó, rodeó la mesa y lo abrazó.

Mateo la tomó por la cintura y cerró los ojos unos instantes.

Al abrirlos, fijó la vista en el aparador, donde estaba la fotografía de su padre, Gerardo, el capataz de La Quintana.

Amelia se separó de él y, al notar su mirada, cogió la foto y se la acercó:

—Esta fotografía es de poco antes de su muerte. Estaba lleno de vida y, de un día para otro, se apagó —dijo ella, sin poder ocultar su tristeza.

—No piense ahora en eso, madre. Sólo le traerá dolor —le aconsejó él.

—Se lo repetí muchas veces: «Gerardo, no dejes el sombrero sobre la cama. Nos traerá mala suerte». No me hizo caso. ¿Sabes qué encontré en la cama el día de su muerte?

—Puedo imaginarlo.

—Aun así, te lo diré. Encontré su sombrero encima de la cama y, en ese mismo instante, tuve un presentimiento.

Supe que tu padre no vería el amanecer del día siguiente.

La desgracia nos alcanzó como una sombra.

Tu padre murió y tú tuviste que alejarte de mí.

Y tu primo… ¿sabes qué le ocurrió a Armando?

—No, no lo sé.

—Desapareció poco después de que te fueras. La Guardia Civil abrió una investigación; incluso registraron La Quintana, pero a día de hoy sigue sin aparecer.

A Mateo le inquietaba que la desaparición de su primo hubiera afectado a Paula y a su familia, pero se limitó a decir:

—Armando tenía muchos enemigos. Se los había buscado él solo.

Amelia, con la mirada baja y la mano temblorosa, bebió un sorbo de vino y luego miró a Mateo a los ojos. No quería seguir hablando de Armando, así que cambió de tema.

—Sé que siempre has querido a Paula —dijo. Suspiró, como si arrastrara el peso de los recuerdos. Dejó el vaso sobre la mesa y añadió—: ¿Sabes que su madre ha muerto?

—¿Lola? No lo sabía. ¿Cuándo murió? —preguntó Mateo con interés.

—Pocos días después de la desaparición de Armando. Sufrió un infarto.

En ese momento, sintió la necesidad de compartir con su hijo una culpa que llevaba demasiado tiempo guardando para sí. Entre sollozos, dijo:

—Si me prometes no decírselo a nadie, te contaré lo que sucedió.

—Lo prometo. ¿Qué quiere contarme? —preguntó él.

—Cuando desapareció Armando, durante las primeras semanas, tu tía Carmeli perdió la razón. Estaba convencida de que Lola sabía dónde estaba Armando —dijo Amelia e hizo una pausa.

Mateo la animó a continuar:

—¿Fuisteis a La Quintana?

—Sí, fuimos al cortijo. Lola no sabía nada, pero Carmeli la encaró de forma desmedida, sin tener en cuenta su edad, y la amenazó a ella y a su familia.

—¿La agredió? —preguntó Mateo.

—No llegó a tocarla. No hubo violencia física, sólo palabras. Al parecer, justo después de que nos marcháramos, sufrió un infarto. Desde entonces, no dejo de sentirme culpable por haber acompañado a Carmeli y no haber defendido a Lola como debía. Si hubiera intervenido, quizás seguiría viva.

Tras confesar sus remordimientos, abrumada por la tristeza, Amelia se levantó y se acercó a la ventana que daba a la calle vacía.

Con discreción, sacó un pañuelo del delantal y se secó las lágrimas.

Mateo la observó desde atrás y le pareció que la figura de su madre se encogía bajo el peso de aquella confesión.

—Madre, no se atormente. Usted no hizo nada malo. Fue una tragedia. Lola era una mujer enferma y de edad avanzada.

—Es cierto. Yo misma le advertí a Carmeli que Lola tenía problemas de corazón y que debía tratarla con cuidado, pero no me escuchó. Y ahora no puedo apartar de mi cabeza su muerte, porque en realidad fue una mujer muy importante en nuestras vidas.

—Sí, madre, lo fue. Pero no se martirice con eso. Ahora debo marcharme. No quiero que tía Carmeli me vea por aquí.

Poco después se despidieron con un abrazo. Antes de salir, Mateo sacó dos sobres con una suma considerable de dinero y los dejó sobre la mesa. Cada uno llevaba un nombre: «madre» y «Angelines». Luego explicó:

—Por favor, entregue este a Angelines y dígale que se asegure de que el niño reciba una buena educación. El otro sobre es para usted, para que no le falte nada.

A continuación, abrió la puerta y salió.

Amelia, en el vestíbulo, dejó que las lágrimas, que no había derramado por Lola tras su muerte, fluyeran por sus mejillas.

Después de todo lo que Lola había hecho por su familia, no supo mostrarle gratitud cuando aún estaba a tiempo.

Podría haberse puesto de su lado y defenderla ante Carmeli, pero no lo hizo.

Permaneció al margen, y ese era el dolor que llevaba dentro.

Recordó cómo, en momentos decisivos, Lola había estado junto a ella.

Le vino a la memoria el día en que Gerardo sufrió el infarto: fue Lola quien intentó reanimarlo mientras yacía en el suelo y quien envió a Fabricio a buscar al médico.

Pagó los gastos del entierro y asistió al funeral como si fuera parte de la familia.

También le ofreció su casa a Mateo cuando las autoridades lo buscaban.

Le debía mucho, y nunca llegó a decírselo.

Amelia sacó de nuevo el pañuelo de su delantal, se secó las lágrimas y se acercó a la ventana. Vio a Mateo subir a un coche. Esperó a que arrancara y desapareciera al final de la calle, distanciándose una vez más de ella. Se quedó con la incertidumbre de cuándo volvería a verlo. Tal vez nunca.