Los Herederos de Son Carvall (La saga de los Anglada 2) Capítulo 110. La pura verdad
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Capítulo 110. La pura verdad

En una luminosa mañana de invierno, Mateo caminaba por las inmediaciones de la casa de los Alhama, en Córdoba, procurando no llamar la atención.

Un conocido suyo, policía en Madrid y amigo cercano de Arturo Perales, su socio, le había confirmado de forma confidencial que Mateo Morales Cuesta no aparecía en los archivos de la Dirección General de Seguridad, Por ello, la Guardia Civil de Córdoba no había emitido ninguna orden de búsqueda ni detención contra él.

Aun así, en Córdoba muchos lo reconocían por su antiguo nombre, y temía que alguien lo delatara y que, si le pedían la documentación, descubrieran que figuraba con otra identidad: José García.

Se hallaba en la calle, frente a la casa de los Alhama, con la esperanza de ver a Paula.

Llamó a la puerta, pero no obtuvo respuesta.

Tras una larga espera, la vio acercarse en compañía de un adolescente.

La presencia del muchacho le hizo dudar si era oportuno saludarla en ese momento, pero había viajado desde Madrid con el único propósito de verla y hablar con ella, y no quiso desaprovechar la ocasión.

No podía apartar la mirada. Redescubría su belleza con una mezcla de deseo y nostalgia.

Volvía a sentir de nuevo la atracción que siempre había despertado en él y lo fácil que le resultaba perderse en agradables recuerdos con sólo contemplarla.

Se aproximó, envuelto en la incertidumbre del reencuentro, y la saludó:

—Buenos días. ¿Se acuerda de mí?

A Paula le pareció una pregunta absurda. Intentaba disimular su sorpresa al verlo. Sin embargo, ante la presencia de su hijo, adoptó una actitud defensiva:

—Lo siento, señor. ¿Debería conocerlo?

—Soy José García. Han pasado muchos años desde que nos vimos por primera vez en el cortijo La Quintana —improvisó él.

Paula no había tenido noticias de él en casi un año y medio. La sorpresa la dejó algo aturdida y guardó silencio.

Ante la falta de respuesta de su madre, Fernando intervino:

—Vivimos en La Quintana. Me llamo Fernando Alhama.

—No te había visto antes. ¿Cuántos años tienes? —preguntó Mateo.

—Quince —contestó el muchacho.

Mateo advirtió en sus ojos un azul muy parecido al suyo. Era un joven atractivo, de cabello oscuro, con la misma actitud desafiante que él había tenido en su juventud.

Después, miró a Paula cuando ella insistió:

—Disculpe, señor. Le repito que no lo recuerdo.

Sus miradas se encontraron, comunicándose sin palabras. Mateo comprendió que Paula no podía hablar con libertad delante de su hijo. Entonces se inclinó hacia ella y le susurró al oído:

—Te esperaré mañana a las cinco donde ya sabes.

Ella entendió el mensaje y, antes de que la emoción le quebrara la voz, se dirigió a su hijo:

—Vamos, Fernando. Es tarde. Debemos irnos. Tu padre nos espera.

Desde su marcha a Madrid, su vida había cambiado por completo.

No había podido ejercer como abogado y se había volcado en los negocios, con buenos resultados, aunque esa no era la vida que deseaba.

La sensación de soledad no lo había abandonado.

La guerra le había arrebatado su carrera, su familia y su identidad.

Sólo le quedaba una esperanza: recuperar la vida que había perdido.

Volver a ser el abogado, el amante de Paula.

Sin ella, su vida carecía de sentido. Por eso había regresado a Córdoba, decidido a convencerla de que huyeran juntos.

Si ella rechazaba la propuesta que le había susurrado, volvería a Madrid para continuar con los negocios que había levantado junto a sus socios, Arturo Perales y Amparo Puertas.

Retomaría su vida empresarial y volvería a hundirse en su soledad.

Al alejarse unos pasos, Fernando le preguntó a su madre:

—¿Qué te ha dicho ese hombre al oído?

—Nada importante —respondió ella, mientras miraba a ambos lados de la calle antes de cruzar, conteniendo el impulso de volverse para contemplar de nuevo al hombre que amaba.

—Todavía nos mira. Tú sabes quién es, pero no quieres decírmelo —insistió Fernando.

Paula se detuvo frente a él, lo miró a los ojos y habló con sinceridad:

—Fernando, escúchame. Soy tu madre y, pase lo que pase, siempre te querré. Esté donde esté, pensaré en ti todos los días de mi vida. No olvides nunca lo que acabo de decirte, porque es la pura verdad.

Fernando guardó silencio. No entendía qué relación tenía aquel hombre con las palabras de su madre, pero prefirió no insistir.