Capítulo 109. La capilla de Son Carvall
Cuando el personal de la funeraria cerró el ataúd de don Antoni, que sería trasladado horas después a la capilla para el funeral, Jaume salió del dormitorio con una sensación de alivio, como si se hubiera quitado un peso d encima.
Al descender las escaleras junto a Magdalena, se desabrochó el botón del cuello de la camisa y aflojó el nudo de la corbata.
Acompañó a su hermana hasta el salón, donde los esperaban Assumpta y Alfonso, pero no se unió a ellos.
En su lugar, se dirigió a la cocina para dar instrucciones a la sirvienta:
—Soy Jaume Anglada. ¿Cómo te llamas?
—Aina Costa, señor.
—Las flores para el altar llegarán pronto. Asegúrate de que la capilla esté dispuesta para la misa a las seis y media —ordenó Jaume.
—Sí, señor —respondió Aina. Dejó su tarea y fue en busca de Irene Planas, para que la ayudara.
Poco después, ambas se dirigieron a la capilla y al abrir la puerta, percibieron el fuerte olor a incienso, polvo y humedad.
—Huele horrible —comentó Irene, tapándose la nariz con los dedos índice y pulgar, en un gesto de desagrado.
—Hacía más de tres meses que don Antoni no venía a la capilla a rezar. Es mejor que dejemos la puerta abierta —dijo Aina.
—Lamento que haya muerto. Siempre fue amable con nosotras —dijo Irene mientras limpiaba el polvo del altar.
Aina no respondió de inmediato y pensó: «Había muchas cosas de don Antoni que no me gustaban, pero con el tiempo aprendí a ganarme su confianza». Entonces, confirmó con cierta nostalgia:
—Yo también lo lamento. Es verdad que fue amable y respetuoso con nosotras.
—¿Qué flores pondrán en el altar? —preguntó Irene, cambiando de tema.
—No lo sé. Don Jaume no me lo ha dicho —respondió Aina.
—A lo mejor ponen lirios blancos —aventuró Irene.
—Yo odio los lirios y los delirios —dijo Aina, levantando su escoba y haciendo una reverencia.
—¿Delirios de qué? —preguntó Irene con picardía.
—De grandeza, por supuesto —respondió Aina, y ambas estallaron en risas, cuyos ecos resonaron entre las antiguas paredes de la capilla.
Pocos segundos después llegó don Jaume Anglada. En cuanto lo vio, Irene sintió una mezcla extraña de nerviosismo y emoción. Al oír su voz profunda y serena dando instrucciones a Aina, experimentó un ligero aturdimiento difícil de explicar.
—¿Cómo te llamas? —preguntó don Jaume a Irene, mientras su mirada se detuvo un instante en el primer botón de la blusa, ligeramente desabrochada.
Irene se ruborizó y no supo qué responder. Fue Aina quien contestó por ella:
—Se llama Irene Planas Serra. Tiene dieciocho años y me ayuda en las tareas del hogar cuando es necesario.
Jaume Anglada no era ingenuo. Comprendió de inmediato el desconcierto de la joven.
Aunque aquella reacción femenina, mezcla de nerviosismo y atracción, alimentaba su vanidad, consideró que debía evitar situaciones de ese tipo.
Entonces centró su atención en la capilla, asegurándose de que todo estuviera en orden y dando instrucciones precisas para que la ceremonia se desarrollara correctamente.
El solemne espacio barroco de la capilla se convirtió aquella tarde en el último lugar donde se le rendiría homenaje al señor de Son Carvall, antes del traslado al cementerio de Palma.
Había sido por expreso deseo de don Antoni, ya que siempre sintió especial apego por ese recinto sagrado.
Años atrás había ordenado la restauración de los frescos de las paredes y la bóveda, así como de los antiguos bordados en oro y plata del manto de la Virgen María, que lucía en perfecto estado en una hornacina sobre un pilar de nogal.
El ataúd ocupó su lugar frente al altar durante la misa funeral, oficiada por don Baltasar, sacerdote amigo de la familia.
Jaume y Assumpta se sentaron en el banco de la primera fila, junto a Alfonso y Magdalena.
En el exterior, los trabajadores aguardaban en silencio la autorización de la familia Anglada para entrar en la capilla y rendir homenaje al señor de Son Carvall. Con un gesto, Jaume llamó a Aina y le ordenó:
—Diles que ya pueden pasar y deja la puerta abierta para que quienes permanezcan fuera puedan escuchar la misa; en la capilla no hay espacio suficiente para todos.
Los jornaleros entraban en la capilla con un respeto aprendido durante generaciones, caminaban en silencio, con una solemnidad casi reverente, uno detrás de otro, sosteniendo el sombrero en la mano.
Jaume evocó antiguos bautizos y bodas de los trabajadores de la posesión que, con el beneplácito de su familia, también se celebraban allí.
El órgano empezó a sonar con música religiosa, interpretada con maestría por el organista que Magdalena había contratado, mientras ella contenía las emociones para no romper en llanto.
Assumpta permanecía seria, con la mirada perdida y los ojos velados más por la intensidad del momento que por la muerte de don Antoni, a quien nunca había tratado en persona.
Antes de que diera comienzo la misa, se percibía una atmósfera casi hipnótica: la música, el paso respetuoso de los asistentes y el aroma que predominaba dentro y fuera del recinto sagrado.
Al terminar la ceremonia, Gabriel Costa, en su papel de amo de la posesión, observó a los trabajadores reunidos en la explanada frente a la capilla y advirtió un pesimismo evidente. Temían que la posible mecanización de la tierra impulsada por los nuevos propietarios pusiera en riesgo sus jornales.
Él comprendía que los tiempos cambiaban y que la transformación tecnológica podía aumentar la productividad agrícola y generar riqueza, aunque esa prosperidad no llegara a repartirse de forma justa.
Se trataba de un asunto complejo. Gabriel era consciente de que no tenía el conocimiento suficiente para formarse una opinión firme y, al igual que los jornaleros, se sentía incapaz de comprender el alcance de aquellos cambios.
«Me siento fatigado y demasiado viejo para afrontar los cambios que se avecinan», reflexionaba Gabriel, mientras contemplaba cómo el coche fúnebre se dirigía lentamente hacia el cementerio de Palma, acompañado únicamente por algunos ladridos lejanos.