Los Herederos de Son Carvall (La saga de los Anglada 2) Capítulo 108. Mirada fría y severa
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Capítulo 108. Mirada fría y severa

El abogado Alfonso García Íñiguez de Saavedra se dirigía en su lujoso automóvil hacia la posesión Son Carvall.

A su lado, en el asiento del copiloto, viajaba su cuñado Jaume Anglada, que normalmente era jovial y hablador, permanecía en esta ocasión completamente en silencio.

En la parte trasera del vehículo, Magdalena y Assumpta mantenían una conversación en voz baja, conscientes del luto que debían aparentar tras la muerte del señor de Son Carvall.

Durante el trayecto, ninguno de los cuatro mencionó al difunto.

Jaume lo agradecía. Horas antes, cuando lo llamaron por teléfono para comunicarle la muerte de su padre, había sentido únicamente desconcierto ante la noticia, pues llevaba más de una década sin ningún tipo de relación con él.

Cualquier referencia a su padre le despertaba rechazo y resentimiento.

Hacía tiempo que había dejado de verlo como un influyente señor de la nobleza mallorquina; sólo le quedaba la imagen de un hombre mezquino y resentido, que había enterrado a su esposa sin permitir que Magdalena, ni él, pudieran despedirse de ella.

Pronto tendría ocasión de volver a verlo, aunque no sentía emoción alguna; ni siquiera estaba seguro de querer hacerlo.

Su padre representaba un pasado lejano, mientras él prefería mirar hacia adelante.

Assumpta Villalonga encarnaba ese futuro: se había casado con ella hacía casi dos años y proyectaban tener hijos.

Pensaba en ello cuando el vehículo se detuvo frente a la imponente fachada de la posesión.

Dirigió una mirada rápida al portal principal, donde se exhibía el escudo de armas familiar.

Después abrió la puerta del coche a su esposa y le ofreció la mano para ayudarla a bajar.

Magdalena Anglada parecía ser la más afectada y manifestó su deseo de cumplir el protocolo funerario establecido por su padre. Poco después, le pidió a Jaume que la acompañara a los aposentos privados del difunto para despedirse de él. Él no supo negarse.

Los hermanos Anglada subieron la amplia escalera hasta la primera planta y entraron en el dormitorio en silencio.

Jaume se colocó junto a la cama, con las manos entrelazadas a la espalda, y observó el cuerpo sin vida del hombre al que debía llamar padre, aunque no lo sintiera así.

En ese momento no sintió nada que agradecerle al señor de Son Carvall, uno de los terratenientes más influyentes de Mallorca.

Nunca confió en él, y tampoco esperaba hacerlo ahora en relación con el testamento.

No le habría sorprendido ninguna decisión que hubiera adoptado respecto al reparto de su legado.

Mientras observaba a su padre, tendido en la lujosa cama de madera de roble, Jaume se repetía que su presencia allí respondía únicamente a la petición de Magdalena.

La miró de soslayo: tenía los ojos enrojecidos, aunque contenía las lágrimas.

Quería a su hermana. Cuando su padre dejó de prestarle apoyo económico, siendo él un adolescente, fueron Magdalena y Alfonso quienes le ofrecieron un hogar y le financiaron los estudios para que pudiera convertirse en abogado.

Incluso en su vida adulta había dependido de la ayuda de su cuñado y mantenía un buen puesto de abogado gracias a él.

Se acercó a Magdalena y le tomó la mano como señal de apoyo.

En ese momento, el personal de la funeraria entró en la habitación.

Antes de trasladar el cuerpo al elegante ataúd, uno de los empleados preguntó si deseaban permanecer unos minutos más a solas con el difunto.

Jaume no respondió; esperó a que su hermana diera su conformidad para continuar con el protocolo.

Antes de que cerraran el ataúd, Jaume le dirigió una última mirada, fría y severa, al señor de Son Carvall.

No veía a su padre como una figura frágil ante la muerte, sino todo lo contrario: su autoridad parecía intacta, reflejada en cada detalle de su presencia aristocrática y en el ataúd de madera de gran calidad.

Durante unos segundos sintió una opresión en el pecho.

No provenía de la tristeza, sino de una mezcla de rabia y decepción acumuladas con los años.

Al apartar la vista del féretro, contempló el entorno con una perspectiva distinta.

Reconoció, como nunca antes en sus veintiocho años, la riqueza que lo rodeaba: el poder económico y el prestigio del linaje Anglada, y lo que aquello podía significar para él y para su esposa.

Magdalena, por su parte, había dejado de pensar en la herencia desde hacía tiempo.

No le interesaba Son Carvall, pero ahora sentía una inquietud nueva por conocer qué destino le había dado su padre a la casa de Palma, Can Anglada.

En otro tiempo había creído que terminaría siendo suya.

Pronto obtendría la respuesta que su hermano y ella aguardaban.