Los Herederos de Son Carvall (La saga de los Anglada 2) Capítulo 107. El pino centenario
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Capítulo 107. El pino centenario

Don Antoni habría preferido morir en primavera, su estación favorita. En esa época, la posesión Son Carvall, con sus extensos campos de cereales, huertos, almendros, olivos y viñedos, se transformaba en un verdadero mar de aromas y colores.

Aunque aquel día, de mediados de diciembre, se sentía muy débil, reunió las fuerzas necesarias para llegar hasta el establo y ensillar a su caballo más noble y valioso.

Al caer la tarde, recorrió a caballo el sendero que serpenteaba hasta el gran pino solitario, en la cima de la colina, donde desmontó con esfuerzo.

Contempló sus tierras bien cuidadas, fruto de un trabajo humano admirable, y sintió una calma que no experimentaba desde hacía tiempo.

El caballo se acercó y lo miró con sus ojos grandes e inteligentes.

En ese momento, don Antoni distinguió a lo lejos al jinete del aire.

Sin saber si era real o una ilusión de su mente, deseó pedirle que, en aquel día perfecto, le permitiera morir allí mismo, en el lugar donde siempre había encontrado sosiego y donde quería terminar su camino.

Sintió que se le concedería su deseo y murmuró: «¡Gracias!

». Luego acarició la cabeza del animal con ternura y añadió: «Gracias a ti también, viejo amigo.

Ahora, vete». Le dio una leve palmada en el lomo.

El caballo entendió la orden y descendió la colina.

Don Antoni se sentó en la misma roca donde, décadas atrás, se sentaba con su primera esposa, Carmen De la Fuente, para contemplar en el horizonte la franja azul del mar, que se oscurecía a medida que el sol se retiraba.

Sin advertirlo, la noche se adueñó del paisaje.

Los árboles a su alrededor parecían atravesar un extraño proceso de purificación antes de desaparecer de su vista.

La oscuridad se extendió en todas direcciones; la luna brillaba y las estrellas parpadeaban en el cielo.

Don Antoni dejó de percibir todo lo que lo rodeaba.

Se puso en pie con dificultad, sintió que las piernas apenas lo sostenían y cayó al suelo.

Su corazón dejó de latir. La tierra que tanto había amado pareció agradecerle décadas de cuidado, acogiendo al señor de Son Carvall sobre un lecho de hojas secas, como una madre atenta.

Una brisa marina agitó el pino centenario y sus agujas cayeron sobre su cuerpo, cubriéndolo como un manto protector.

Fueron las últimas caricias que recibió en vida, quizás las más sinceras muestras de afecto de los últimos tiempos.

Cada mañana, Aina acudía a despertar a don Antoni.

Se extrañó al no encontrarlo en la cama, ni en el salón ni en la biblioteca.

Recorrió la casa sin resultado y, al final, fue en busca de su abuelo, el amo Gabriel.

Juntos se dirigieron hacia el pino centenario de la colina, donde intuían que podía estar.

—¡Ay, abuelo! ¿Qué le habrá pasado? —dijo Aina, preocupada.

—Lo encontraremos. No te inquietes. No habrá ido lejos; su caballo ha vuelto a las cuadras.

—Entonces algo debe de haberle pasado —añadió Aina. En ese instante, distinguieron el cuerpo de don Antoni tendido en el suelo.

El amo Gabriel le tomó el pulso. Con tono sereno, le confirmó a su nieta que el señor de Son Carvall había muerto.

«¿Por qué ha decidido morir aquí, sobre la tierra? ¿Qué diremos a sus hijos?», pensó ella, con una tristeza profunda.

A sus sesenta y seis años, Gabriel se sentía cansado de la rutina y de las duras condiciones de trabajo.

Deseaba retirarse y vivir tranquilo. No supo si aquella serenidad ante la muerte de don Antoni era simple agotamiento.

Su reacción fue de indiferencia. Se preguntó por un instante si aquello suponía una traición hacia don Antoni, pero concluyó que no era así.

Miró el rostro afligido de su nieta, al borde del llanto, aunque su pena no alcanzaba la de ella. Con determinación, le ordenó:

—Aina, voy a buscar ayuda. Y no llores; a todos nos llega la hora.

En cuanto su abuelo se alejó, Aina se arrodilló junto al señor de Son Carvall, se cubrió el rostro con las manos y lloró en silencio.