Capítulo 106. Testamento
Don Antoni despertó de la siesta con la sensación de que su final estaba cerca.
Recostado en la cama de su dormitorio en Son Carvall, observó a su alrededor y se sintió orgulloso del hogar en el que había vivido los últimos años: un imponente edificio de arquitectura rústica y carácter fortificado, concebido en otros tiempos para resguardar a la familia Anglada de los ataques de los piratas berberiscos.
Con una leve ironía, pensó que la solidez de esos muros no podría protegerlo de la enfermedad ni de la muerte.
Había sido severo con su familia, autoritario con los trabajadores de sus tierras y exigente al elegir a sus amistades, siempre entre personas cultas y de elevada posición social.
Se tenía por una figura de autoridad, un defensor de la tradición.
Sin embargo, se sentía solo frente a la cercanía de la muerte.
Ni siquiera su gran fortuna podía alterar ese destino.
Había acrecentado su fortuna aferrado a antiguas costumbres y rechazando los cambios sociales, convencido de pertenecer a una clase privilegiada y de que cualquier cambio en esos principios debilitaría su legado.
Así había logrado aumentar el patrimonio de los Anglada, que habría de repartirse entre sus herederos tras su fallecimiento.
Para atender sus asuntos confiaba en el joven notario don Rafel Moncadas. Había mantenido en otro tiempo una amistad sincera con su padre, ya fallecido, don Josep Moncadas.
Esa mañana esperaba la visita del notario para revisar su testamento. Se incorporó en la cama con más dificultad que de costumbre y, aun así, consiguió bajar las escaleras por su propio pie y llegar a la biblioteca, donde deseaba recibirlo.
En cuanto don Rafel llegó, lo acogió con cortesía y le ofreció un sillón frente a él. Antes de exponer los cambios que tenía en mente, se tomó unos instantes para ordenar sus pensamientos y dijo:
—Quiero introducir algunas modificaciones en mi testamento. No te inquietes, Rafel. Te aseguro que será la última vez. El tiempo se me agota.
Después, recorrió la estancia con la mirada, como si quisiera despedirse de cada uno de sus objetos más queridos: los muebles, las obras de arte y los numerosos libros que aún aguardaban ser leídos en la biblioteca.
A sus palabras siguió un silencio profundo.
La tristeza en los ojos del señor de Son Carvall le pareció a don Rafel tan sincera que evitó cualquier comentario superficial y respondió con atención y respeto:
—Haré todas las modificaciones que usted estime oportunas. Estoy a su disposición, como siempre.
—Lo sé. Por eso te he hecho venir.
—Usted dirá, don Antoni.
De forma inesperada, aquel día el señor de Son Carvall se dejó llevar por la nostalgia y habló con franqueza sobre el distanciamiento con su familia, sus decepciones y sus remordimientos, hasta llegar a lo esencial:
—He decidido no desheredar a mis hijos. Les dejo todo mi patrimonio.
Quiero que Magdalena reciba la casa de Palma, Can Anglada, y que Jaume herede este legado de la posesión Son Carvall, y el resto de mis bienes, a partes iguales entre mis hijos.
También deseo que el amo Gabriel Costa se retire tras mi muerte.
¿Podrás asegurarte de que se cumplan mis deseos?
—Por supuesto.
—Añadiré una condición: mi hijo sólo podrá heredar Son Carvall si se establece aquí. Debe ocupar mi lugar.
—¿Y si no acepta? —preguntó el notario.
—Aceptará. Está casado y debe asumir sus responsabilidades familiares.
—¿Ha pensado que Jaume no tiene la experiencia necesaria para dirigir Son Carvall? Es abogado y siempre ha vivido en la ciudad.
—Su formación jurídica le servirá para administrar este patrimonio, aunque no es lo esencial. Estoy convencido de que sabrá adaptarse a la vida rural, dirigir a los jornaleros y ganarse su confianza. Tú, que lo conoces, ¿coincides conmigo?
—Sí, coincido —respondió don Rafel, mientras pensaba en su amigo de juventud y se decía para sí: «Jaume, tu padre acaba de ponerte en una situación difícil».
—En realidad… —añadió el anfitrión tras una breve pausa, con tono confidencial—. Sé que Jaume y yo somos muy distintos, pero, en el fondo, compartimos los mismos valores.
«¿Qué puede saber don Antoni sobre los valores de su hijo si no han hablado en diez años?», pensó don Rafel. Sin embargo, optó por no cuestionar las indicaciones que acababa de recibir y guardó silencio.
Pese a su avanzada edad y a su delicado estado de salud, las convicciones del señor de Son Carvall se mantenían firmes y bien asentadas. Confiaba plenamente en la profesionalidad del notario para que su voluntad se cumpliera.
—¿Necesita algo más, don Antoni?
—Sí. Quiero que mi sirvienta, Aina Costa, continúe en la posesión y, si es posible, que asuma un puesto de responsabilidad. Si así lo desea, debe tener la oportunidad de convertirse en madona.
—¿Eso es todo?
Don Antoni vaciló un instante. Pensó en el porvenir de las dos jóvenes que permanecían a su lado. La situación de Aina Costa ya estaba resuelta, pero no tenía planes definidos para Irene Planas. Aun así, sabía que Aina cuidaría de ella. Finalmente, respondió con determinación:
—Eso es todo, querido Rafel. Redacta mi testamento cuanto antes.
—Se lo traeré mañana para que lo firme. ¿Le parece bien?
Don Antoni asintió con un gesto concluyente, como si la decisión hubiera sido tomada mucho tiempo atrás.