Los Herederos de Son Carvall (La saga de los Anglada 2) Capítulo 105. Ochenta y cinco inviernos
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Capítulo 105. Ochenta y cinco inviernos

Con el paso de los meses, especialmente desde su regreso a Palma en mayo del año anterior para ordenar sus bibliotecas y conmemorar el fin de la guerra, don Antoni percibía un deterioro físico progresivo.

Era consciente de que, desde la muerte de su esposa, doña Inmaculada, ocurrida once años antes, había envejecido en profunda soledad.

Seguía ocupando el dormitorio conyugal, con las mismas elegantes cortinas y el mismo mobiliario de entonces: un amplio armario, dos mesillas y la cama de matrimonio, cuyo cabecero, delicadamente tallado en madera de roble, otorgaba un aire solemne a la pared principal.

Junto a la ventana había una mesa y una butaca de terciopelo que combinaba con las cortinas y la colcha de seda, ambas en un tono burdeos.

Aina Costa, la joven sirvienta de veintidós años y nieta del amo Gabriel, atendía sus tareas con esmero.

Cada día, a la misma hora, entraba en la habitación de don Antoni, abría las cortinas del balcón para dejar pasar la primera luz del día y lo saludaba con voz suave.

El señor de Son Carvall solía estar despierto y respondía con un murmullo apenas inteligible.

Aquella mañana, como de costumbre, Aina preguntó con sincero interés:

—Buenos días, don Antoni. ¿Ha pasado buena noche? ¿Prefiere desayunar aquí o en el salón?

—Aquí. Enseguida me levanto —respondió él, pasándose la mano temblorosa por la frente.

—¿Quiere que le ayude? —preguntó ella con amabilidad.

—No es necesario, puedo hacerlo solo.

Don Antoni restó importancia a la fiebre que padecía desde hacía dos días.

Se incorporó con esfuerzo y, antes de que Aina saliera a por la bandeja del desayuno, miró por la ventana y distinguió a un jinete vestido de negro que cabalgaba por la colina.

Poco a poco, la figura se desdibujó hasta desaparecer por completo.

Recordó entonces la leyenda del jinete del aire y, con el ánimo sombrío y la mirada fija en el horizonte, murmuró:

—Aina, no me prepares el desayuno. No tengo apetito.

Aunque se tenía por hombre racional, no había logrado desprenderse del todo de la leyenda del jinete del aire de Son Carvall, pues había sido testigo de aquella imagen ilusoria en otras ocasiones.

—¿Le traigo algo diferente? ¿Un zumo, tal vez?

—Estoy enfermo. Avisa al doctor Artigues.

—No creo que el doctor tarde en llegar. Tenían ustedes una cita para hoy. ¿No se acuerda?

—¡Ah! Sí. Gracias por recordármelo. Cuando llegue, puedes acompañarlo hasta aquí. Hay confianza.

Ella asintió y salió del dormitorio.

Al quedarse solo, don Antoni cerró los ojos, pero la silueta del jinete del aire persistía en su mente.

Lo achacó a la fiebre. Como hombre de fe, profesaba el catolicismo y creía en Dios.

Décadas atrás había mandado restaurar los frescos de la capilla barroca de Son Carvall.

Desde entonces, acudía allí con frecuencia para rezar.

En ese momento deseaba hacerlo y entablar un diálogo con Dios, aunque no encontrara palabras.

Cuando abrió los ojos, el sol iluminó su rostro, su cuello y sus manos envejecidas, cuyas marcadas venas azuladas daban testimonio de su larga vida.

Durante unos instantes contempló la luz que, en aquel día de invierno, se posaba con timidez sobre las tierras de Son Carvall.

Pensó que era el mismo sol de siempre, el que disipaba el rocío nocturno, dibujaba sombras, templaba los vientos y llenaba el aire con aromas de manzanilla, romero y salvia.

Sin embargo, aquel día le parecía distinto.

A través de la ventana abierta percibió el olor del campo mallorquín, que respiró con placer y gratitud.

Parpadeó y cerró los ojos varias veces, hasta caer en un sueño ligero.

Soñó que comenzaba a llover y que el agua descendía por la pendiente empedrada del patio principal de Son Carvall hacia el desagüe de la cisterna.

En su sueño se asomaba al brocal y, de forma inesperada, distinguía de nuevo sobre la superficie del agua estancada la silueta nítida del jinete del aire.

Don Antoni despertó con la llegada de su buen amigo, el doctor don Ignasi Artigues. El sueño lo había dejado inquieto; el corazón le latía con fuerza y tenía la frente y la espalda cubiertas de sudor. Respondió a su saludo con un leve gesto de cabeza y dijo:

—Hola, Ignasi. Estoy enfermo. En un estado deplorable.

—Lo sé. Aina me lo ha comentado. Aunque llevo años retirado, sabes que, si me lo permites, te examinaré. He traído mi maletín —dijo el médico, mientras buscaba el estetoscopio, dispuesto para revisar a su amigo.

—¡Maldita vejez! ¡Maldita enfermedad! —se quejó don Antoni con pesimismo.

—La vejez nos afecta a todos. Mi objetivo como médico es curar, y siempre he fomentado la esperanza en mis pacientes.

—¿Objetivo? ¿Esperanza? ¿De qué hablas? —respondió don Antoni, sorprendido.

—Del deseo de seguir viviendo con la mayor dignidad posible —respondió don Ignasi con serenidad.

El señor de Son Carvall permitió que lo examinara y, con tono cargado de angustia, dijo:

—Olvidas la dura realidad de que, tarde o temprano, todos nos enfrentamos a la muerte. Estamos a merced de Dios.

—Eso es cierto —confirmó don Ignasi.

—Cualquier noticia que me des no será peor que la que me diste cuando mi primera esposa, Carmen, enfermó y me aconsejaste que no era prudente sobrecargar su delicado corazón con un embarazo, ¿te acuerdas?

—Ha pasado mucho tiempo, pero me acuerdo perfectamente.

—En aquel momento me sentí hundido. No sólo por la enfermedad de Carmen, sino por la perspectiva de no poder tener hijos.

—¿Quieres hablar de tus hijos? —preguntó don Ignasi.

—Prefiero hablar de mí mismo. He vivido ochenta y cinco inviernos. Los mismos que tú. Es una barbaridad —expresó don Antoni, soltando un suspiro quejumbroso.

—Lo sé, querido amigo. Pero no pienso discutir contigo sobre la vejez. Te recetaré medicación para la fiebre. Sé que no me harás caso, porque eres terco y orgulloso, pero deberías ir al hospital.

—¿Es tan grave mi estado?

—Sí, Antoni. Debes cuidarte. Presentas un inicio de neumonía —respondió don Ignasi con tono serio.

—Voy a vestirme. Espérame en el salón y conversaremos un rato —dijo don Antoni.

Esperó hasta que el doctor Artigues salió del dormitorio y entonces se vistió.

Después cogió de la mesita de noche el libro que solía releer en las noches de insomnio, dedicado a la historia de Mallorca.

Ambos amigos acostumbraban a leer algunos fragmentos cuando se reunían y luego los comentaban con detenimiento.

Aquel día compartieron un par de horas hasta que el doctor Artigues se despidió, con el pretexto de no hacer esperar más al chófer que lo aguardaba en el coche para llevarlo de vuelta a Palma.

Don Antoni permaneció en la misma butaca del salón, hojeando al azar algunas páginas del libro.

La luz del sol entraba por la ventana y dibujaba un rectángulo sobre la alfombra a sus pies.

Levantó la vista y evocó parte de la conversación con Ignasi.

Habían hablado del papel de la nobleza mallorquina a lo largo de los siglos.

Entonces recordó una opinión muy distinta que había oído años atrás en la terraza de un café en Palma, donde un desconocido se permitió calificar a la aristocracia de «nobles parásitos».

Se preguntó qué pensarían sus hijos de él.

¿Lo considerarían también un parásito? Desde que había roto toda relación con ellos, once años atrás, se había dedicado exclusivamente a gestionar sus tierras y administrar sus bienes, lo que le había proporcionado importantes beneficios.

A su juicio, no había permanecido inactivo ni se veía como un parásito.

Se cuestionaba para qué y para quién había hecho tantos sacrificios.

Sus hijos seguían sin dirigirle la palabra.

No los culpaba. Él tampoco había intentado acercarse ni había mostrado interés por conocer a su nieto de dos años, Pelayo García Anglada, hijo de Magdalena.

Cuando el niño nació, ella le comunicó la noticia e incluso lo invitó al bautizo, pero él decidió no asistir.

Le incomodaba aquel nombre, poco habitual en Mallorca, hasta el punto de repetirlo mentalmente con desdén.

Aún más le disgustaba que el apellido García se incorporara a su árbol genealógico, al no pertenecer a una familia de noble linaje.

Tendía a responsabilizar de ello a Magdalena.

En su momento, había procurado asegurar a su hija un buen porvenir.

Cuando aún estaba soltera, utilizó su influencia para presentarle a varios jóvenes de la nobleza mallorquina, pero ella los rechazó a todos.

Asimismo se sentía decepcionado de su hijo Jaume.

Sabía que se había casado con Assumpta Villalonga hacía casi dos años y ni siquiera tuvo la deferencia de invitarlo a la boda, aunque, de haber recibido invitación, la habría rechazado.

Estaba inmerso en estas reflexiones cuando la sirvienta le anunció la llegada de don Baltasar, sacerdote de su entera confianza y, en ese momento, lo más cercano a un confidente. Don Antoni lo había mandado llamar al sentir la necesidad de compartir con alguien sus pensamientos más íntimos.

El sacerdote lo saludó desde el dintel de la puerta:

—Buenos días, don Antoni. Me informaron que me requería con urgencia.

—Pase y tome asiento —respondió don Antoni, indicándole la misma butaca que había ocupado un rato antes el doctor Artigues.

—He venido lo antes posible —comentó don Baltasar.

—Gracias. Necesito hablar con usted. Estoy enfermo y presiento que me queda poco tiempo de vida.

—Eso sólo lo sabe Dios, don Antoni.

—He estado reflexionando sobre el pasado, sobre aquellos días difíciles en los que Magdalena y Jaume se marcharon de casa. Por entonces, sentí que todos estaban en mi contra.

—Eso sucedió hace mucho tiempo. Es preciso dejar atrás el pasado y mirar al futuro con esperanza —sugirió el sacerdote.

—¿Qué futuro? Ya no tengo futuro; es el pasado el que me persigue. Años después, al enterarme de que Magdalena me había dado un nieto, me pregunté: «¿Por qué actúan de esta manera y no siguen las tradiciones familiares? Con su comportamiento sólo logran deshonrar el apellido Anglada».

—En cuestiones de disciplina, tradiciones y valores cristianos, los jóvenes tienden a pasarlas por alto. Es la triste realidad —dijo el sacerdote.

—Es cierto. Pero quizás fui un tanto severo con mis hijos. Ni siquiera les permití despedirse de su madre.

—¿Desea que sus hijos vengan a hablar con usted? —preguntó el sacerdote.

—No quiero hablar con ellos. Lo que necesito es pedir perdón a Dios y encontrar la paz antes de morir.

—¿Desea confesarse? —preguntó el sacerdote.

—Sí.

El sacerdote lo escuchó en confesión y le dio la absolución de sus pecados, para poder afrontar el final de su vida en paz con Dios.