Los Herederos de Son Carvall (La saga de los Anglada 2) Capítulo 104. Algo inalcanzable
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Capítulo 104. Algo inalcanzable

Para Paula, el final de la guerra no había significado un periodo de paz.

Padecía tres heridas profundas que Fernando, ni como médico ni como esposo podía aliviar: las secuelas psicológicas del interrogatorio, el miedo persistente a que el cadáver de Armando apareciera en la laguna y la muerte de su madre.

Luchaba contra sus miedos e inseguridades, pero también sufría por las noticias del exterior.

Hacía apenas unos días se había enterado de la detención de don Estanislao, un maestro muy querido en el pueblo, a quien las autoridades habían arrestado en plena clase, ante la mirada atónita de sus alumnos.

No quería que su hijo Fernando presenciara actos semejantes.

Cuando se preguntaba por qué seguía soportando la vida que llevaba, se daba cuenta de que el verdadero motivo que la mantenía anclada a La Quintana no eran sus hijos, ni su esposo, ni el recuerdo de su madre, sino la esperanza de que Mateo regresara.

Aunque no había tenido noticias suyas desde su marcha, seguía esperando.

Alcanzar la felicidad le parecía imposible, pues implicaría cambiar de vida y alejarse de su entorno y de su familia.

Paula reflexionaba sobre todo esto mientras se dirigía en coche a la capital, junto a su esposo y su hijo.

Fernando tenía trabajo en el hospital, así que ella aprovecharía la mañana para disfrutar de un tranquilo paseo con su hijo.

Ambos se apearon cerca de la Mezquita y accedieron al Patio de los Naranjos. Al pasar junto a la fuente de Santa María, se encontraron por casualidad con Amelia y Carmeli.

—Hola, Paula. Nos enteramos de la muerte de tu madre. Mi más sentido pésame —dijo Amelia con sincero respeto.

—Gracias —contestó Paula con tono neutro.

Al fijarse en Fernando, Amelia preguntó:

—¿Este joven es tu hijo?

—Sí. Tú ya lo conocías —respondió Paula.

—Bueno, sí. Lo vi un par de veces cuando era un recién nacido y casi siempre estaba dormido.

—Amelia, ¿has tenido noticias de Mateo? —preguntó Paula, intentando desviar la atención de su hijo.

—No he sabido nada de él —respondió Amelia, sin dejar de observar al niño, en quien creía reconocer ciertos rasgos de Mateo.

Carmeli estuvo a punto de mencionar que Armando seguía sin aparecer, pero prefirió no intervenir. Escuchó entonces a su hermana preguntar:

—Y tú, ¿has tenido noticias de Mateo?

—Yo tampoco tengo noticias—contestó Paula, antes de añadir por cortesía—: ¿Y Angelines? ¿Cómo está?

—Ella está bien. Se casó con otro. A veces, a los hijos de unos acaban criándolos otros —respondió Amelia con franqueza, mientras observaba el color azul de los ojos de Fernando, tan parecido al de Mateo.

—¿Por qué dices eso? —le preguntó Carmeli a su hermana.

—Tengo mis motivos, pero no acostumbro a hablar de ello —respondió Amelia.

Paula comprendió a qué se refería, aunque sólo se sintió aliviada cuando Carmeli, que empezaba a aburrirse, dio por finalizada la conversación:

—¿Nos vamos ya, Amelia?

—Sí, por supuesto. Supongo que Paula tendrá cosas que hacer —respondió Amelia.

—Bueno, sí. Tengo un poco de prisa —dijo Paula, disimulando.

Se despidieron y tomaron caminos opuestos.

Cuando las hermanas reanudaron su camino, Carmeli le preguntó a Amelia:

—¿Por qué dijiste que a los hijos de unos los crían otros?

—Porque eso ocurre —contestó Amelia, sin dar más explicaciones.

—Pero Mateo sólo tiene un hijo, el de Angelines. ¿Por qué hablas en plural? ¿Hay algo que no me hayas contado? —insistió Carmeli.

Amelia sospechó, por el parecido de Fernando con Mateo, que podía ser su nieto, pero no tenía pruebas. Tras un instante de duda, respondió:

—No me hagas caso, Carmeli. Lo dije sin pensar.

—No importa. Vámonos, que también tenemos prisa —dijo Carmeli.

—¿Prisa? No tenemos prisa —replicó Amelia.

—Ni Paula tampoco —añadió Carmeli, encogiéndose de hombros.

En ese momento, Amelia volvió a sentir remordimientos por la muerte de Lola. Estaba convencida de que, si aquella mañana trágica Carmeli no hubiera amenazado a Lola, tal vez seguiría viva. De algún modo, se sentía cómplice de una muerte cuya principal responsable era su propia hermana.

—Al ver a Paula, me he acordado de Lola. A lo mejor tuvimos parte de culpa en su muerte —dijo Amelia.

Carmeli no tenía interés en hablar de Lola.

Llevaba los últimos seis meses, desde la desaparición de su hijo, tratando de recuperar la calma interior y, poco a poco lo estaba consiguiendo.

Incluso había llegado a convencerse de que Armando, como guardia civil profundamente implicado en la represión franquista, podía haber sido víctima de algún familiar de un represaliado.

Por eso le respondió a su hermana con tono de descargo:

—No tenemos culpa de nada. Lola era una anciana enferma, así que no te atormentes.

Amelia, sin embargo, seguía sintiéndose culpable. Llevaba dentro el peso de haber participado, aunque fuera involuntariamente, en la muerte de Lola.