Capítulo 103. Dolor amargo y resentimiento
Después de la misteriosa desaparición de su hijo, Carmeli comenzó a pensar en Lola con un resentimiento cada vez más profundo. La consideraba responsable de su sufrimiento, hasta el punto de que no podía comer ni dormir con normalidad.
El sábado por la mañana, antes de dirigirse en carro al cortijo, Carmeli se sentía especialmente inquieta.
Amelia le pidió, casi como un favor personal, que tratara a Lola con respeto, dado que era una anciana y padecía una enfermedad cardíaca.
Carmeli asintió con un gesto ambiguo, pues iba decidida a averiguar el paradero de su hijo y, aunque no tenía un plan preconcebido, estaba convencida de que bastaría con mirar a Lola a los ojos para saber qué hacer.
Cuando las hermanas llegaron al cortijo, Lola las recibió con la calidez y la confianza que había cultivado con Amelia a lo largo de años de convivencia. Las invitó a sentarse en el salón.
Amelia inició la conversación con delicadeza y sinceridad:
—Lola, sabemos que la Guardia Civil ha estado en tus tierras buscando a mi sobrino. Si tienes alguna información, por favor, compártela con nosotras.
—No he visto a Armando desde hace mucho tiempo. Lamento no poder ayudaros más —respondió Lola, y tratando de cambiar de tema, añadió—: ¿Queréis algo de beber? Tengo jugo de naranja recién hecho. Voy a por la jarra.
—¿Te ayudo? —preguntó Amelia.
—No es necesario. Puedo hacerlo sola.
Antes de que Lola se levantara, Carmeli, desoyendo la advertencia de Enrique, decidió ignorar aquel acuerdo de discreción y dijo con tono incisivo:
—He oído rumores de que arrestaron a Paula y le dieron una paliza...
—¡Cállate, Carmeli! —interrumpió Amelia, visiblemente angustiada.
—No quiero que hablemos de mi hija —dijo Lola, tratando de moderar el tono de voz.
—Por supuesto, Lola. No hemos venido a hablar sobre Paula —respondió Amelia. Luego, se volvió hacia su hermana y añadió—: ¿Por qué no sales afuera y me esperas en el carro?
La ira comenzó a apoderarse de Carmeli, hasta el punto de que le resultaba difícil hablar con normalidad. Su voz temblaba cuando dijo, alzando la voz:
—No iré a ningún sitio hasta que Lola nos revele la verdad.
—Os he contado todo lo que sé —respondió Lola, intimidada por la actitud agresiva de Carmeli.
Al ver que Lola se levantaba para ir a la cocina, Carmeli exclamó con un grito desmedido:
—Sé que estás mintiendo. No descansaré hasta descubrir la verdad.
—Cálmate —le dijo Amelia a su hermana.
Carmeli se puso de pie, se acercó a Lola y volvió a encararla señalándola con el dedo índice:
—Si Armando no aparece, te mataré —declaró Carmeli y, tras lanzar la amenaza, se volvió hacia su hermana—. Ya podemos irnos.
—Disculpa, Lola —dijo Amelia.
A pesar de que sus piernas le flaqueaban, Lola se levantó para acompañarlas a la salida. Desde el umbral del salón, Carmeli lanzó una última advertencia intimidatoria:
—He pensado que no merece la pena ir a la cárcel por una anciana. Pero si descubro que le habéis hecho daño a mi hijo, ni Paula ni tu nieta estarán a salvo.
Esas palabras flotaron en el aire, tan amenazantes y reales, que Lola se detuvo en medio del salón y prefirió no acompañarlas hasta la puerta, como solía hacer con sus visitas.
Rodeó la butaca, pero estaba tan alterada que tropezó con una de las patas y perdió el equilibrio.
Tuvo que sujetarse al respaldo para no caer y volvió a sentarse.
Escuchó a las hermanas susurrando entre sí.
Luego oyó la puerta al cerrarse. Cuando se quedó sola, sintió una intensa opresión en el pecho.
Comprendió que su corazón estaba fallando; esta vez era diferente.
Notó que le faltaba el aire y se dio cuenta de que llegaba al final de su vida sin poder despedirse de sus seres queridos.
Con gran esfuerzo, se levantó y logró llegar hasta su dormitorio. Se tumbó en la cama y lo último que acudió a su mente fue una imagen de Paula y Mateo juntos, tan borrosa que creyó que se trataba del delirio de una anciana a punto de abandonar este mundo para siempre.
Horas después, cuando Paula y su familia llegaron a La Quintana, Lola ya había fallecido.
A partir de las pruebas, el doctor Alhama determinó que su suegra, de ochenta años, había sufrido un infarto cardíaco.
Dada su edad y las dolencias que padecía desde hacía años, no sospechó que hubiera nada fuera de lo normal en las circunstancias de su muerte.
Paula pidió quedarse a solas con su madre.
Se recostó a su lado para abrazarla por última vez.
Entonces comprendió que La Quintana, sin su madre ni Mateo, había perdido todo sentido para ella, como si ya no le perteneciera.
Sintió que su vida estaba a punto de cambiar.
Al mismo tiempo, se decía que no era el momento de reflexionar sobre ello, sino de organizar los actos fúnebres e informar a Assumpta de la muerte de su abuela, a pesar de que, tras su matrimonio con Jaume Anglada, se había distanciado de la familia.
Escribió unas breves líneas en un papel para enviarle un telegrama.
En los dos días siguientes, la casa se llenó de vecinos, amigos y conocidos que acudieron a presentar sus respetos.
Enterraron a Lola junto a la tumba de doña Bárbara. Habían pasado diecinueve años desde que la muerte las separó. Ahora descansaban de nuevo muy cerca la una de la otra.
Cuando Assumpta recibió el telegrama con la noticia del fallecimiento de su abuela, ni siquiera se molestó en comunicárselo a su esposo ni en ponerse en contacto con Paula para compartir su tristeza. Parecía haber roto definitivamente los vínculos con su familia cordobesa.