Los Herederos de Son Carvall (La saga de los Anglada 2) Capítulo 102. Amenazas
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Capítulo 102. Amenazas

Agentes de la Guardia Civil llegaron a La Quintana con una orden de registro. Lola salió a recibirlos.

Paula estaba en su habitación cuando escuchó, a través de la ventana abierta, la breve conversación entre su madre y uno de los guardias civiles.

Intentó calmarse diciéndose a sí misma que el cadáver de Armando permanecía en las profundidades de la laguna. Pero ese razonamiento no aliviaba el temor que sentía ante la idea de tener que soportar otro interrogatorio de la Guardia Civil.

Continuó arreglándose mientras escuchaba los pasos de su madre subir la escalera. A los pocos segundos, la vio en el umbral de su habitación. Se miraron en silencio a través del espejo del tocador, compartiendo la misma mirada inquieta.

Paula terminó de arreglarse el cabello y dijo:

—Lo he oído todo por la ventana. Primero van a interrogarnos a nosotros y a los jornaleros; luego revisarán los alrededores de la laguna en busca de Armando.

—Así es —confirmó Lola.

—No creo que Fernando y Manuela tarden en llegar. Los necesitamos aquí —comentó Paula, mientras observaba su reloj de pulsera con expresión de pesadumbre.

—No te preocupes. Estamos preparados. Los cuatro sabemos qué debemos hacer y qué tenemos que decir —dijo Lola, justo cuando el vehículo en el que viajaban Fernando y Manuela se acercaba por el camino.

La Guardia Civil tomó declaración exhaustiva a la familia, en sesiones individuales y a puerta cerrada. Enrique Escudero no hizo las preguntas, pero estuvo presente, tomando notas y prestando mucha atención a las respuestas.

Paula lo reconoció de inmediato del interrogatorio que había sufrido tres semanas antes.

Aún tenía muy presente la amenaza de recibir un disparo en la cabeza si se atrevía a revelar el trato degradante e injusto que había recibido por parte de Armando y de él.

Se mantuvo con la cabeza erguida y respondió a las preguntas de los agentes con calma y seguridad.

Al concluir las declaraciones, la serenidad de Paula seguía inquietando a Enrique, quien no encontró contradicciones, pero tampoco logró disipar sus sospechas.

La búsqueda de Armando no había dado resultados.

Tampoco los interrogatorios a la familia ni a los trabajadores de La Quintana.

Al terminar su turno, Enrique se dirigió a casa de Carmeli para informarle que no habían encontrado ninguna evidencia de que Armando hubiera estado en La Quintana el día de su desaparición ni en los días inmediatamente anteriores.

—¿Interrogaste a Lola? —preguntó Carmeli con un tono de voz que reflejaba desesperación.

—Sí. A ella y a toda su familia. Tampoco hemos encontrado rastro de su bicicleta.

—¿Tienes esperanzas de que Armando aparezca? —preguntó ella.

—Sólo han transcurrido cuatro días. Todavía confío en encontrarlo —respondió Enrique. Sin embargo, Carmeli comenzaba a plantearse la peor posibilidad. Sabía que Armando nunca se ausentaría de casa tantos días sin avisar. Empezaba a pensar que no había desaparecido, sino que estaba muerto.

Dudaba de la eficacia de la investigación.

Desde ese momento, se obsesionó con la idea de que Lola podría ser la última persona que lo vio.

Sabía que Armando quería preguntarle por Mateo.

Decidió que, si su hijo no daba señales de vida, iría al pueblo, se quedaría en casa de su hermana y sólo regresaría a la capital cuando hubiera hablado con Lola.

Al día siguiente Carmeli se presentó en casa de su hermana sin previo aviso. Sólo fue capaz de decir, con tono abatido:

—Hola Amelia. Armando ha desaparecido.

—¿Qué ha pasado? —preguntó Amelia con inquietud.

—No sabemos dónde está. Hace cuatro días que no ha venido a casa ni se ha presentado en la Comandancia.

—Entra, Carmeli. No te quedes ahí.

—Gracias. Si te parece bien, me quedaré contigo unos días. Me siento muy sola sin él.

—Claro. Puedes quedarte todo el tiempo que quieras. Faltaría más —dijo Amelia.

De inmediato, al ver los ojos enrojecidos y las marcadas ojeras de su hermana, Amelia percibió que había estado llorando, pero no hizo ningún comentario. Sólo la ayudó a deshacer el equipaje y a colgar la ropa en el armario.

Poco después, durante el almuerzo, Carmeli compartió con su hermana sus planes de ir a La Quintana para hablar con Lola.

—¿Qué vas a preguntarle? —se interesó Amelia.

—Quiero saber si Armando estuvo en La Quintana el día de su desaparición.

—Debemos ser pacientes y esperar —dijo Amelia, tratando de disuadir a Carmeli de ir a La Quintana, aunque sin éxito.

—¿Esperar? ¡No pienso quedarme de brazos cruzados! —exclamó Carmeli, alzando la voz.

—Está bien, pero no te enfades —respondió Amelia.

Un poco más tranquila, Carmeli aclaró:

—Enrique sospecha que Armando tenía la intención de preguntarle a Lola sobre tu hijo, así que a ti también te interesa averiguar qué sabe Lola al respecto. ¿Vendrás conmigo, sí o no?

Amelia estaba convencida de que Mateo estaba a salvo en Barcelona y no quería remover aquel asunto; no obstante, dijo:

—Te acompañaré a La Quintana. Pero es mejor que vayamos el sábado.

—¿Por qué quieres esperar hasta el sábado? —preguntó Carmeli.

—Porque Lola estará sola en casa. Fernando, Paula y Manuela suelen ir a la capital y Sole, la sirvienta que me sustituyó, libra los sábados —aclaró Amelia.

—Entonces esperaremos —dijo Carmeli.

—No te preocupes. Si Lola sabe algo sobre Armando, nos lo dirá —dijo Amelia.

—Si no nos dice la verdad, responderá por ello —declaró Carmeli, elevando la voz y con una mirada tan llena de odio que Amelia se preguntó si su hermana estaba perdiendo la cordura.

—¿Cómo puedes amenazar a una anciana? —preguntó Amelia, con voz apagada, ante la actitud de agresividad de su hermana.

—Si descubro que en La Quintana le han hecho algo malo a mi hijo, sabrán quién soy yo —gritó Carmeli con rabia, fuera de sí.

Amelia contempló a su hermana en silencio. Nunca la había visto tan dominada por el odio ni tan incapaz de aceptar la posibilidad de que su hijo no apareciera.

Parecía incapaz de aceptar una posibilidad cada vez más plausible: la vida de Armando había estado lejos de ser intachable y, allí donde había ejercido su autoridad, especialmente durante los años más duros de la represión, había dejado tras de sí agravios y resentimientos que el tiempo no siempre lograba borrar.