Capítulo 101. Último paseo a caballo
A pesar de que su esposo y su madre insistían en que no debía salir a cabalgar sola, Paula sentía que aquellos paseos a caballo eran como una adicción silenciosa que la mantenía conectada con la vida rural de La Quintana.
Su momento predilecto para montar era a primera hora de la mañana, cuando las actividades del cortijo aún no habían comenzado y el aire conservaba el frescor de la noche.
Tras el interrogatorio que había sufrido, Paula tenía la sensación de que su caballo era el único que realmente entendía el sufrimiento que había padecido.
Durante esos paseos, buscaba aquella combinación casi mágica de placer y consuelo que le permitía afrontar cada día, sin otro horizonte que la gestión de La Quintana y el cuidado de los suyos, especialmente de su madre anciana.
Ese día, de principios del otoño, Paula se despertó al amanecer.
Fernando dormía profundamente a su lado.
En la penumbra no distinguía su rostro, pero escuchaba su respiración pausada y rítmica.
Se levantó de la cama, cogió del armario ropa y calzado adecuados para cabalgar y fue a vestirse al cuarto de baño sin hacer ruido.
Luego se dirigió a las cuadras por la puerta lateral de la cocina.
Ella misma ensilló el caballo y salió de los establos montada en él.
Era temprano. El sol apenas insinuaba una claridad mortecina sobre el horizonte.
Cabalgaba hacia los olivares cuando comenzó a caer una llovizna ligera que apenas llegaba a penetrar la tierra, reseca por el verano recién terminado.
Durante largos minutos, cabalgó a un trote suave.
Luego dio un rodeo hacia la laguna. No era consciente de que la lluvia le empapaba el rostro ni de la fuerza con que se aferraba a las riendas para que no se le deslizaran de entre las manos.
Alcanzó el sendero que conducía a la laguna y, al llegar a la orilla, se detuvo para contemplar el agua tranquila.
Fijó su mirada en el lugar donde, junto a su madre y su cuñada, habían arrojado el cuerpo sin vida de Armando.
No sentía remordimientos por no haberle proporcionado un entierro cristiano.
Más bien al contrario, pues su dolor persistía y consideraba que la muerte de Armando, a causa de la potente coz de su caballo, había sido la justa consecuencia de sus actos.
Continuó su camino despacio, disfrutando del movimiento rítmico del equino, y el eco de los cascos sobre el sendero, mientras reflexionaba que todo lo que había sufrido en el interrogatorio había sido para proteger a Mateo.
«¿Qué habrá sido de él? ¿Seguirá en Madrid o habrá huido al extranjero?
», se preguntó, mientras la idea de que Mateo estuviera a salvo en algún lugar fuera de España le resultaba tan alentadora que la acompañó durante parte del trayecto.
Al desviarse hacia las dehesas, sintió inexplicablemente que aquel sería su último paseo junto al caballo.
Como si el animal quisiera advertírselo, tuvo la certeza de que estaba a punto de perder aquella libertad y aquella sensación de plenitud que habían compartido durante más de dos décadas.
Dejarían de recorrer sus rutas habituales: hacia la laguna, los olivares, los viñedos, los naranjales e incluso las antiguas dehesas, donde los árboles viejos y abandonados, de ramas enmarañadas, hacían imposible cabalgar más allá de ciertos límites.
Durante sus innumerables paseos, desde que Facundo le enseñó a montar en su infancia, había explorado cada rincón de La Quintana y respiraba el mismo aire que, según Mateo, tenía el enigmático poder de sanar.
La imagen de Mateo volvió a infiltrarse en sus pensamientos, y tuvo la corazonada de que pronto recibiría noticias suyas.
La lluvia cesó cuando regresaba a las cuadras.
Disfrutó del aroma de la tierra mojada y de la belleza de la naturaleza iluminada por los primeros rayos del sol.
Las nubes se habían disipado, pero la inquietud que la acompañaba no había desaparecido del todo.
Sentía una calma engañosa. Dejó el caballo en su compartimento y le acarició el cuello como hacía siempre; pero, esta vez, al apartarse, la invadió la extraña certeza de que este podía haber sido su último paseo juntos.