Capítulo 100. Un calvario
Carmeli se despertó al amanecer. Se levantó, se puso la bata sobre el camisón y, antes de ir a la cocina a preparar el desayuno, pasó por la habitación de su hijo, Armando.
Se detuvo ante la puerta y llamó dos veces.
Como no obtuvo respuesta, abrió y se sorprendió al ver la cama hecha, señal de que no había pasado la noche en casa.
En ese momento no se alarmó; pensó que quizás le habían cambiado el turno y se le había olvidado avisarla.
Sin embargo, empezó a inquietarse cuando al día siguiente Armando tampoco apareció por la noche.
Él solía avisar cuando tenía que permanecer de servicio más de veinticuatro horas.
Decidió acudir esa misma tarde a la Comandancia para preguntar por él, pero al poco rato llamaron a la puerta.
Era Enrique Escudero. En cuanto Carmeli abrió, él le expresó sin rodeos su preocupación:
—Disculpe la molestia, Carmeli. ¿Está Armando aquí? No se ha presentado en la Comandancia desde hace dos días.
—No lo he visto desde anteayer. Esta noche tampoco ha dormido en casa. No te quedes en el portal, Enrique. Entra. ¿Te apetece algo de beber? —ofreció Carmeli.
—Sí, gracias. Un vaso de agua.
Mientras ella llenaba el vaso con la jarra, comentó:
—Esta tarde pensaba ir a la Comandancia a preguntar por él. Estoy preocupada.
Enrique sabía que Armando no tenía coche propio, por eso preguntó:
—¿Ha mirado si la bicicleta de Armando está aquí?
—No está; miré hace un momento.
—¿Y su ropa de guardia civil? —insistió Enrique.
—Eso no lo he mirado. Voy a ver —dijo Carmeli, y se adentró en el dormitorio de su hijo.
Unos segundos después regresó aún más preocupada.
—Su ropa está aquí. ¿Crees que le ha pasado algo a mi hijo?
Enrique pensó que podían ser muchos los enemigos que quisieran vengarse de Armando, pero en ese momento sólo le vino a la mente Paula Sureda.
Sabía que tanto él como Armando habían cruzado límites con ella, al intimidarla y agredirla de manera desmedida, durante el interrogatorio no oficial.
Prefirió ser discreto respecto a ese asunto y se limitó a comentar:
—En la Comandancia ya han comenzado una investigación por su desaparición. En mi opinión, debería usted presentar una denuncia oficial, y sugerir que inicien la búsqueda en el cortijo La Quintana.
—¿Por qué La Quintana? —preguntó Carmeli.
Enrique conocía el interés casi obsesivo de Armando por encontrar a su primo Mateo, y el hecho de que se hubiera llevado la bicicleta le hizo pensar que probablemente se había dirigido allí.
—Se me acaba de ocurrir, porque hace unos días me comentó que quería ir en bicicleta hasta La Quintana para investigar el paradero de Mateo.
—Si sabes eso, ¿por qué no lo explicas tú? —preguntó ella.
—Porque Armando no actuaba bajo órdenes oficiales —aclaró Enrique.
—¿Crees que podría estar en La Quintana?
—No lo sé. Tal vez tuvo un accidente con la bicicleta. Primero debemos descartar esta posibilidad.
—¿Insinúas que podría haber más razones para...?
Al notar la creciente preocupación de Carmeli, el guardia civil bajó la voz:
—Armando y yo interrogamos a Paula, la hija de la dueña de La Quintana, de manera no oficial. Lo que acabo de decirle es estrictamente confidencial.
—No te preocupes. Puedes confiar en mi silencio. ¿Por qué la interrogasteis?
Aunque Enrique se sentía incómodo al abordar el tema, intentó explicarle:
—Armando está obsesionado con la desaparición de Mateo y, durante el interrogatorio de Paula...
—No digas más —interrumpió Carmeli—. Le disteis una paliza.
—Armando perdió los nervios. Fueron sólo un par de bofetadas para que hablara —mintió Enrique.
—¿Os reveló el paradero de Mateo?
—No —respondió Enrique.
—Te haré una última pregunta: ¿Por qué crees que mi hijo busca a mi sobrino? ¿Es por Angelines?
—No lo sé. Armando nunca habla de su vida personal.
—Eso es verdad. Es muy reservado.
—Si Armando no aparece, debería usted... —dijo Enrique, volviendo al tema principal.
—Lo tengo claro. Mañana iré a la Comandancia, presentaré una denuncia por su desaparición y mencionaré que Armando tenía intención de ir en bicicleta hasta La Quintana.
—Correcto —confirmó él.
—No me importa cómo lo hagáis, pero debéis buscarlo y traerlo de vuelta. Si no aparece… no sé qué me queda —declaró Carmeli.
—Lo encontraremos. Delo por seguro —respondió Enrique.
Se despidieron en el portal con la angustia reflejada en el rostro de ambos.
Desde ese momento, Carmeli comenzó a vivir un calvario marcado por la incertidumbre y la desesperación. La búsqueda de su hijo acabaría llevándola al límite de la sinrazón.