Los Herederos de Son Carvall (La saga de los Anglada 2) Capítulo 99. Las profundidades de la laguna
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Capítulo 99. Las profundidades de la laguna

Dos semanas después del interrogatorio a Paula, Armando, obsesionado por descubrir el paradero de Mateo, se dirigió a La Quintana en busca de información. Llegó vestido de paisano, en una bicicleta que dejó apoyada contra un árbol, y se encaminó hacia la casa principal.

Lola lo vio llegar y lo interceptó cerca de los establos para dejarle claro que no era bienvenido:

—¿Qué buscas, Armando? Tu tía Amelia ya no trabaja aquí. Quiero que te vayas de mis tierras.

—No he venido a ver a mi tía, sino a buscar a mi primo Mateo. Creo que lo tenéis escondido aquí, en el cortijo —respondió él, mirando hacia el interior del establo.

—¿De verdad crees que tenemos a Mateo oculto aquí? ¡Adelante! Entra, compruébalo y luego vete.

—¡Eh! No tan rápido, señora Lola —replicó él, pronunciando “señora” con desdén mientras entraba en el establo.

Al pasar por delante del compartimento del caballo de Paula, el animal relinchó con fuerza; era un sonido de advertencia, como si presintiera un peligro inminente.

Desde el salón de la casa, Paula escuchó el relincho y le dijo a Manuela:

—Algo grave le ocurre a mi caballo cuando relincha así. Creo que me está llamando.

Ambas corrieron hacia las cuadras. Llegaron justo cuando Lola le decía a Armando:

—Todos sabemos que tú ordenaste la detención de Paula y eres el responsable de las agresiones que sufrió en el interrogatorio.

—¿Y qué? —respondió Armando. Ya no actuaba como agente de la ley, sino movido únicamente por su obsesión personal. Con una actitud desafiante, preguntó dirigiéndose a Paula y a Manuela que acababan de llegar—: ¿Acaso buscáis venganza?

—No queremos venganza. Queremos que te vayas —dijo Paula, interponiéndose entre Armando y su madre.

El guardia civil, con aires de superioridad, sacó una pistola y apuntó a Paula en la frente.

Manuela, que estaba junto al compartimento del caballo de Paula, le abrió la puerta.

El animal salió y, en un movimiento impulsivo, se alzó sobre las patas traseras y le propinó a Armando una fuerte coz que lo hizo tambalearse y caer inconsciente al suelo.

La pistola resbaló de su mano y quedó oculta bajo un montón de heno seco.

Facundo había acudido a los establos al escuchar el fuerte relincho. Desde una ventana presenció la escena y oyó parte de la conversación, pero no quiso delatar su presencia en aquel momento.

Manuela se acercó primero. Se arrodilló junto al cuerpo de Armando y le buscó el pulso en el cuello con los dedos temblorosos. Durante unos segundos no dijo nada. Sólo se escuchaba la respiración del caballo.

—No… no lo encuentro —susurró Manuela al fin.

Paula sintió que el aire se volvía más pesado. Miró a Armando, inmóvil, y abrió la boca para hablar, pero no le salió la voz.

—¿Está…? —empezó Lola, y se detuvo.

—No tiene pulso —afirmó Manuela.

Un silencio incómodo se apoderó del establo. Lola cerró los ojos un instante. Cuando los abrió, su expresión había cambiado; ya no era sorpresa, sino miedo. Dijo casi en susurro:

—No puede quedarse aquí.

Ninguna respondió. Manuela miró el cuerpo, luego a Paula.

—Esto es una locura… —murmuró para sí misma.

Paula tragó saliva, pero no dijo nada.

—Podemos llevarlo en el carro hasta la laguna y hundirlo en la parte más profunda —propuso Manuela. Ni ella misma parecía convencida de sus palabras.

Las tres permanecieron inmóviles durante unos segundos. Lola reflexionó unos instantes y cuando habló, en su voz no se transmitía duda, sino una decisión tomada a la fuerza. Dijo al fin:

—No veo otra salida.

Después de que las tres arrastraran el cuerpo de Armando, lo subieran al carro y lo cubrieran con una manta, Facundo se acercó a ellas y preguntó:

—¿Quieren que las lleve en el carro a algún sitio?

Paula sabía que podía confiar en Facundo y contarle lo ocurrido, pero no quería arrastrarlo a lo ocurrido.

—No es necesario, gracias. Estoy acostumbrada a manejar el carro.

Durante el camino hacia la laguna, Lola recordó una imagen de veinticinco años atrás: Carmen, la hija de doña Bárbara, desmayada en brazos de su esposo, don Antoni Anglada, tras la ejecución en Mallorca de uno de los caballos de La Quintana.

Siempre había creído que aquella desgracia estaba vinculada a la maldición de las cuadras de La Quintana, y ahora se preguntaba si el caballo de Paula había intentado protegerla de Armando.

No tenía una respuesta clara, pero su intuición le decía que así había sido.

Facundo permaneció inmóvil unos segundos.

Sabía que, si hablaba, todo cambiaría. Miró la pistola en el suelo…

y luego el carro alejándose. Finalmente, decidió actuar eliminando cualquier evidencia de que Armando había estado aquel día en La Quintana: recogió la pistola y fue en busca de la bicicleta que había visto momentos antes. Decidió deshacerse de ambas.

Esa misma tarde, cuando don Fernando llegó a casa, encontró a las tres mujeres en el salón, aparentemente sumidas en la tranquilidad de siempre.

Su hermana estaba absorta en una novela, su suegra bordaba en el bastidor, y su esposa observaba por la ventana el paisaje que comenzaba a difuminarse bajo las suaves luces del atardecer.

—Buenas tardes —saludó él.

Lola y Manuela alzaron la vista y respondieron al saludo. Ambas dejaron en manos de Paula la decisión de contarle o no a su esposo lo que había ocurrido.

Paula decidió mantener a Fernando al margen, pues si lo consideraban cómplice de la muerte de un guardia civil, todos podrían acabar ante el paredón. Él debía quedar libre de cualquier sospecha para cuidar de sus hijos. Había decidido callar.

—¿Cómo te ha ido el día? —preguntó Paula.

—Bien. He estado durante toda la tarde ayudando al párroco a…

Mientras él explicaba, Paula comprendió que lo que acababa de decir Fernando podría convertirse en una coartada valiosa. Al instante cambió de opinión y optó por contarle la tragedia.

—Fernando, necesito hablar contigo de un asunto importante.

Lola y Manuela se miraron en silencio mientras observaban a Paula subir las escaleras, seguida por su esposo. Ambos entraron en el dormitorio. Paula cerró la puerta. Se sentaron en el borde de la cama y, sin más dilación, ella preguntó:

—¿Cuánto tiempo puede tardar en aparecer en la superficie de la laguna el cuerpo de una persona?

Él se levantó y la miró a los ojos antes de preguntar:

—¿Qué ha sucedido? ¿De qué cuerpo hablas? —dijo, alarmado.

—Armando Castro está muerto. Lo hemos arrojado a la laguna —explicó Paula con la voz quebrada.

—¿Hemos? ¿Estás implicada en la muerte de Armando?

—Mi madre, tu hermana y yo. Pero nosotras no lo matamos. Fue mi caballo.

El doctor decidió no indagar cómo habían llegado a aquella trágica situación en la que el caballo había causado la muerte del guardia civil, ni pensar en las posibles consecuencias si el cadáver aparecía. Simplemente respondió:

—Puede tardar varios días en salir a la superficie —respondió el doctor—. A veces incluso más. Depende de muchas cosas… y también puede que no aparezca nunca.

Después de explicárselo, don Fernando abrazó a su esposa con ternura. Albergaba la esperanza de que las pesadillas que la atormentaban desde el interrogatorio se desvanecieran algún día, igual que el cuerpo de Armando parecía destinado a perderse para siempre en las profundidades de la laguna.