Los Herederos de Son Carvall (La saga de los Anglada 2) Capítulo 98. Detención
74%

Capítulo 98. Detención

Desde que un año antes supo por su madre que su primo Mateo había tenido un hijo con Angelines sin estar casados, Armando quedó consumido por los celos y el resentimiento. La noticia reavivó una obsesión que arrastraba desde la infancia y convirtió a Mateo en el centro de todos sus pensamientos.

Se imaginaba arrestándolo, esposándolo en plena calle y humillándolo ante los vecinos. En sus fantasías más frecuentes, lo veía sentado frente a él en la Comandancia, derrotado y sin escapatoria.

Ni siquiera durante la misa, a la que acudía con frecuencia, lograba apartar aquellas ideas de su cabeza. Aunque solía confesarse, siempre le ocultaba al sacerdote sus pecados más oscuros: la ira, la envidia y el deseo de matar a Mateo con una bala de su pistola.

Ese odio casi patológico se había intensificado últimamente y, junto a su compañero Enrique Escudero, también guardia civil, ideó darle una lección a Mateo.

Armando llevaba más de una semana buscándolo, sin saber que se había marchado a Madrid. Fue su madre, Carmeli, quien, al escuchar una conversación entre Armando y Enrique sobre sus planes para detenerlo, alertó a su sobrino y, además, le envió una carta a su hermana Amelia.

Cansado de buscarlo, Armando intentó conseguir información sobre su paradero a través de Paula.

Ningún superior de la Comandancia le había asignado esa tarea; él la asumía como un desafío personal y la realizaba en su tiempo libre.

Actuaba con mucha precaución para que nadie, excepto Enrique, supiera de sus intenciones.

Vigilaba la casa de los Alhama cuando un coche se detuvo y vio bajar a Paula y a Manuela.

Ellas no advirtieron su presencia, pues él las observaba desde la oscuridad de un portal, al otro lado de la calle.

Inmediatamente fue a buscar a su compañero Enrique, quien, poco después, se presentó vestido con el uniforme de guardia civil y llamó a la puerta de los Alhama.

Paula salió a abrir:

—¿Paula Sureda? —preguntó el guardia civil.

—Soy yo.

—Tiene que acompañarme a las dependencias de la Comandancia de la Guardia Civil para un interrogatorio.

—¿Un interrogatorio? ¿Sobre qué? —preguntó Paula.

—Ya le informarán en la Comandancia.

Paula sospechaba que algo así podía suceder, aunque siempre creyó que sería Armando quien iría a buscarla personalmente.

Manuela preguntó:

—¿Puede decirme cuánto tiempo durará el interrogatorio?

—Lo que sea necesario, señora. Manténgase tranquila —respondió el guardia civil con tono severo.

Paula estaba asustada, pues había oído rumores sobre cómo se desarrollaban los interrogatorios de la Guardia Civil, por lo que le dijo a Manuela:

—Llama a Fernando por teléfono. Cuéntale lo que está pasando.

—No se molesten en acudir a la Comandancia. Yo mismo la traeré de vuelta en el coche oficial —aseguró él.

Paula subió al vehículo y durante el trayecto por las calles de Córdoba, comprendió que no se dirigían a la Comandancia.

—¿Adónde me lleva? —preguntó angustiada.

No recibió respuesta.

Enrique detuvo el vehículo frente a una casa abandonada, perteneciente a su familia, que Armando y él habían decidido utilizar como sala de interrogatorio.

Aunque llevaban días preparando el lugar, Enrique estaba nervioso; Paula era una señora conocida y lo que estaba haciendo no tenía ninguna cobertura oficial.

Minutos después, Paula se encontraba en una pequeña sala sofocante y sucia. Las paredes no habían sido encaladas en décadas y sólo había una pequeña ventana por la que apenas entraba la luz del sol. Un viejo escritorio y un par de sillas constituían todo el mobiliario.

El guardia civil ató a Paula a una silla, en el centro de la habitación, y le colocó una capucha en la cabeza.

Sintió que le faltaba el aire. Temió desmayarse y perder el conocimiento, aunque permaneció atenta a lo que sucedía a su alrededor.

Escuchó los pasos de una segunda persona que entraba en la habitación mientras respondía una y otra vez a la pregunta sobre el paradero de Mateo Morales: «No sé dónde está».

Oyó entonces a Enrique decirle a esa segunda persona: «Ella no sabe nada».

Siguió un silencio pesado y, a continuación, una serie de puñetazos golpearon distintas partes de su cuerpo.

Al observar la violencia desmedida de Armando, Enrique insistió: «¿Qué haces, hombre? Es evidente que ella no sabe nada. De lo contrario, ya habría hablado».

Sumida en el dolor, Paula reconoció la voz de Armando Castro, aunque le llegaba como un eco a través de un largo túnel: «No te fíes de esta niña rica».

Aquellas palabras la transportaron al pasado, a aquel verano en que Armando pasó varias semanas con su tía Amelia en La Quintana. Recordó la amenaza de cuando eran sólo unos niños: «Te haré la vida imposible».

El interrogatorio de Enrique continuó unos minutos más, con Armando presente y en silencio, pero la respuesta de Paula a la insistente pregunta permaneció inalterable: «No sé dónde está Mateo».

Sentado en el borde de la mesa, Armando enrolló un cigarrillo como si exhibiera su destreza con el papel de fumar ante un público atento.

Lo encendió y dio una profunda calada. Un silencio inquietante volvió a reinar en la estancia mientras el fuerte olor a tabaco impregnaba el aire.

Paula sintió que alguien exhalaba una densa nube de humo sobre su rostro encapuchado y, a continuación, oyó la voz clara de Armando, susurrándole: «Desde niños te creías mejor que los demás.

Te dije que podía complicarte la vida, niña rica. Dime dónde está y todo termina».

Paula se negó a responder y se mantuvo en silencio hasta que oyó a Armando ordenarle a su compañero que la liberara. Segundos después escuchó sus pasos alejándose. Cuando Enrique le quitó la capucha, Armando ya se había marchado.

—Señora, ¿cree que podrá caminar hasta la puerta de salida? La llevaré en coche a su casa —le dijo Enrique a Paula mientras le desataba las manos.

Paula asintió con un movimiento de cabeza y ambos salieron a la calle en busca del vehículo. El guardia civil condujo de regreso a la casa de los Alhama. Cuando estaban a unos metros de la vivienda, detuvo el motor, desenfundó la pistola y se la mostró a Paula con un gesto amenazante:

—Si se le ocurre acusar a la Guardia Civil de lo que le ha pasado, una de estas balas le atravesará la cabeza. ¿Me ha comprendido, señora?

Paula asintió.

—Ahora puede irse y ya sabe... Calladita.

Al llegar a casa, la puerta estaba abierta. Fernando y Manuela la esperaban.

—He ido a buscarte a la Comandancia y allí no sabían nada de tu detención. ¿Dónde has estado? —preguntó el doctor con preocupación.

A pesar del dolor de los golpes y el creciente resentimiento que sentía, Paula los miró a ambos y respondió con voz firme y tranquila:

—Me han prohibido hablar sobre lo que me han hecho. Ahora sólo quiero ir a La Quintana.

Los tres salieron de la casa y, mientras Manuela cerraba la puerta con llave, Paula y Fernando subieron al coche estacionado al otro lado de la calle. Él le dijo con un atisbo de tristeza, aunque tratando de transmitir esperanza:

—No voy a pedirte que me cuentes lo que te ha pasado, si te han prohibido hacerlo. Pero, sea lo que sea, ten fe en que lo superarás.

—No estoy tan segura de poder superarlo —respondió Paula, pues en aquel momento sentía una mezcla de odio, miedo y desesperación por la humillante experiencia que había sufrido.

Cuando los tres estuvieron dentro del coche, Manuela le preguntó a su cuñada:

—¿Podemos hacer algo por ti?

Paula se acomodó en su asiento, cerró los ojos y respondió con voz temblorosa:

—Me maniataron y me golpearon. Debo tener moratones por todo el cuerpo. No puedo decir nada más. Por favor, arranca el coche, Fernando.

Unos segundos después, el vehículo avanzaba por la calle cuando Manuela le preguntó a su hermano:

—¿Paula está dormida?

—Acaba de desmayarse del dolor —respondió él.

No volvieron a hablar durante el resto del trayecto.

Al llegar a La Quintana, Lola salió a recibirlos. Se sorprendió al ver a Fernando llevando a Paula desmayada en sus brazos.

—¿Qué le ocurre? —preguntó con preocupación.

—La Guardia Civil la ha interrogado esta mañana. La han golpeado.

Acompañado de Lola y Manuela, el doctor llevó a su esposa al dormitorio y la acostó en la cama.

Los tres se miraron en silencio, compartiendo la misma ira, pero en la mirada de Lola también se podía distinguir temor e inquietud, ya que en ese instante relacionó el extraño comportamiento del caballo favorito de su hija con el interrogatorio al que la acababan de someter.

Unas horas antes, Facundo había acudido a verla, visiblemente angustiado, para informarle de que el caballo había comenzado de repente a dar coces y giros, pese a que aquella misma mañana se había mostrado tranquilo y contento mientras cabalgaba por el prado.

Le sugirió que, si no mejoraba, deberían llamar al veterinario para que lo examinara.

Ella misma se dirigió a las cuadras para comprobar aquel cambio inusual en su comportamiento.

Nunca había visto al animal tan inquieto, pateando sin motivo, como si intentara protegerse de un maltrato físico invisible.

Tuvieron que atarlo y administrarle un potente sedante hasta que finalmente quedó tendido en el suelo.

Ahora Lola tenía una posible explicación para el extraño comportamiento del caballo. Quizás había percibido que algo grave le estaba sucediendo a Paula y por eso había estado tan alterado. Ella no pudo evitar preguntarse si ambos hechos estaban relacionados.

Tal vez la leyenda de La Quintana, según la cual ciertos caballos establecían un vínculo especial con determinadas personas, como si fueran almas gemelas, se había manifestado de nuevo aquel día, aunque Lola no había logrado relacionar los hechos hasta aquel momento.

—Por favor, trae mi maletín —dijo el doctor dirigiéndose a Manuela. Luego se volvió hacia Lola y añadió—: Necesito estar a solas con mi esposa.

—Por supuesto. No estaré lejos. Llámame si me necesitas —respondió ella.

Al salir del dormitorio, Lola se dirigió a las cuadras. Intuía que el caballo aún seguiría tendido bajo los efectos del sedante y que no se recuperaría hasta que Paula también lo hiciera.

Mientras tanto, don Fernando examinó los hematomas y las lesiones provocadas por los golpes. Le aplicó un ungüento para aliviar el dolor y permaneció a su lado hasta que ella abrió los ojos. Entonces la oyó decir en voz baja: «Algún día me vengaré de Armando. Lo juro».

De inmediato, ambos escucharon con claridad el relincho del caballo de Paula. Aunque no fue tan potente como en ocasiones anteriores, ella interpretó que el animal compartía su deseo de vengarse de Armando, como si fuera un acto de justicia.

Oyó a su esposo decirle:

—Intenta dormir.

Ella hizo un leve gesto de asentimiento y se sumió en un sueño profundo.