Los Herederos de Son Carvall (La saga de los Anglada 2) Capítulo 97. Un futuro incierto
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Capítulo 97. Un futuro incierto

Mateo disfrutaba de su almuerzo en un restaurante cercano al taller de reparación de bicicletas de Arturo.

El local, de madera oscura y olor a vino derramado, era como tantos otros de aquel Madrid todavía marcado por la posguerra.

Justo cuando estaba a punto de levantarse para pagar la cuenta, lo vio entrar.

Ambos intercambiaron miradas y se reconocieron al instante.

Con un gesto de la mano, Mateo lo invitó a acercarse y compartir su mesa:

—¡Hola, Arturo! Te invito a tomar algo. ¿Qué te apetece beber?

Arturo aceptó:

—Un vino tinto.

Mateo se levantó, se dirigió hacia la barra y regresó con sendos vasos, uno para cada uno, que dejó sobre la mesa.

En ese instante vio pasar, a través de la ventana, a una mujer que reconoció de inmediato: era Amparo Puertas, tan atractiva que resultaba difícil no mirarla.

Sintió que aquella coincidencia de volver a encontrarse con Amparo y con Arturo formaba, de algún modo, parte de su destino.

Amparo entró en el establecimiento mientras Mateo le preguntaba a Arturo:

—¿Sabes conducir?

—Sí. ¿Por qué lo preguntas?

En lugar de responder, Mateo hizo un sutil gesto hacia Amparo.

—¿Conoces a esa señorita?

Arturo se giró para mirarla:

—Es Amparo. De adolescente siempre fue un tanto alocada, pero desde que falleció su padre y tuvo que hacerse cargo de la empresa de transportes de su familia, ha sentado la cabeza.

—¿Tienes novia o estás casado? —preguntó Mateo.

—¿Por qué haces tantas preguntas? Apenas nos conocemos —respondió Arturo.

—Tienes razón. Perdona —se disculpó Mateo.

—¿Y tú? —preguntó Arturo, observando la expresión de Mateo, que parecía particularmente interesado en la joven Amparo.

—Estoy soltero —respondió Mateo.

—Eres demasiado viejo para ella, José —dijo Arturo.

—¿Por qué dices eso? —preguntó Mateo.

—He notado cómo la miras.

—No la miro de ninguna manera —dijo Mateo, a la defensiva.

—La conozco bien y no está a tu alcance —insistió Arturo.

En ese momento ella se acercó, saludó a Arturo y después se dirigió a Mateo:

—Hola a ti también, José García. Te dije que Madrid no era tan grande.

—Ya que nos conoces, ¿por qué no te unes a nosotros? Yo invito.

Amparo aceptó y, durante casi quince minutos, mantuvieron una conversación trivial, hasta que Mateo sacó el tema que realmente le interesaba:

—Necesito un conductor para un taxi.

—¿Tienes un taxi? —preguntó Arturo.

—Aún no, pero quiero comprar uno y obtener las licencias pertinentes. Todo legal. Por cierto, ¿qué guardas en la cochera al lado del taller de bicis?

—Sólo trastos viejos.

—Podrías alquilármela para guardar el taxi cuando lo tenga.

—Si me ofreces un buen alquiler, podría aceptarlo.

Algo molesta por no recibir toda la atención, Amparo intervino:

—¿Taxis? ¿Me habéis invitado para hablar de taxis? ¿Y por qué no de camiones? Podríais comprar, en vez de taxis, un par de ellos.

—¿Para qué querríamos camiones? —preguntó Mateo, como si siguiera el juego de una curiosa broma..

—Si os interesa, puedo haceros socios de mi empresa de transportes. Tú, Arturo, podrías poner la cochera al servicio de mi negocio, y tú, José, en vez de taxis, podrías valorar comprar un camión. Seríais socios en proporción a lo que aportéis.

—¿Qué transportáis y qué rutas hacéis? —preguntó Arturo.

—Carbón, textiles y alimentos. Los traemos desde Portugal por rutas discretas. No vamos a los países en guerra.

—No tengo interés en el estraperlo. Va en contra de mis ideas —dijo Mateo.

—Yo tampoco quiero meter en mi cochera productos para el mercado negro —añadió Arturo.

—Yo no comercializo con los productos. Me limito a transportarlos y a cobrar por el servicio. Lo que mis clientes hagan con la mercancía, ya sea venderla en el mercado negro o regalarla a los pobres, no es de mi incumbencia.

—¿Por qué quieres socios? ¿No te va bien el negocio? —preguntó Arturo.

—Precisamente porque tengo trabajo asegurado para un par de camiones más y conductores dispuestos a cubrir las rutas.

—¿Nos metemos en el negocio del transporte? —preguntó Mateo a Arturo con una sonrisa leve.

Arturo siguió con lo que consideraba una idea remota:

—No lo sé. Tal vez prefiera seguir teniendo la cochera vacía. ¿Y a ti, José, te interesa el mundo del transporte de mercancías? —dijo Arturo.

—Son rutas largas. Tal vez sea más sencillo el transporte de viajeros. Pero sólo por curiosidad, Amparo, ¿qué te vendría mejor para tu empresa: un camión grande o dos pequeños? —preguntó Mateo, y era difícil saber por el tono de voz si hablaba en broma o en serio.

Al despedirse, Amparo les propuso a ambos:

—¿Lo pensaréis?

Arturo respondió con tono jovial:

—Por supuesto. Pero sólo entregaré las llaves de la cochera cuando tenga los papeles de socio de la empresa en mi poder.

—De acuerdo. ¿Y tú, José?

—Lo consideraré —dijo Mateo mientras caminaban hacia la salida del local.

Ella hablaba en serio. Se despidió de ambos en la calle y, al alejarse unos pasos, se volvió y gritó:

—Avisadme cuando tengáis las ideas claras. ¡No dejéis escapar esta oportunidad!

Entre vasos de vino y conversaciones informales, algo empezó a tomar forma entre ellos, aunque ninguno era consciente de hasta qué punto, en una ciudad donde todo parecía reconstruirse a tientas, aquello acababa de comenzar.