Capítulo 96. Tres días
Tres días. Ese era el plazo que don Javier Merino había fijado para que Paula reclamara los documentos de identificación de Mateo antes de que él decidiera destruirlos. Ella no regresó para informarle sobre la fuga de Mateo, lo que, a su juicio, era una señal positiva para él.
A la hora del almuerzo, don Javier aguardó a que su secretaria se marchara antes de abrir la caja de seguridad de su despacho y extraer el sobre con la documentación que debía destruir.
Lo guardó en su maletín de cuero, entre documentos notariales.
Se sentía inquieto. Las autoridades nunca lo habían interrogado, ni habían registrado su oficina ni su hogar, ya que hasta entonces no había dado motivos para ser investigado.
Cerró la notaría con llave, bajó las escaleras y salió a la calle. Se dirigió directamente a su casa para destruir las pruebas que lo vinculaban con la fuga de Mateo Morales. Pensó que, afortunadamente, la sirvienta no estaba.
Entró en el salón y cerró las cortinas para evitar que lo vieran desde la casa de enfrente.
Apenas una tenue penumbra entraba del exterior, pero bastaba para distinguir los contornos de los objetos y sacar el sobre del maletín, que dejó sobre el borde de la chimenea.
Buscó en el cesto de la leña algunas ramas secas, restos del invierno pasado, suficientes para encender una hoguera pequeña.
Se arremangó la camisa, se arrodilló frente a la chimenea y, sin perder tiempo, quemó el sobre con todo su contenido.
Permaneció unos minutos observando el poder destructivo del fuego mientras los documentos de identidad de Mateo se convertían en cenizas.
No pudo evitar preguntarse en qué momento había dejado de actuar como notario para comportarse como un viejo amigo dispuesto a sacrificar la prudencia en nombre del afecto.
Durante años había creído que la rectitud consistía en obedecer la ley; aquel día comprendió que también existían lealtades capaces de enfrentarse a ella.
Desde ese instante sintió que la ansiedad que lo había alterado en días anteriores comenzaba a desvanecerse, al igual que el humo que escapaba por la chimenea.
En realidad, deseaba dejar atrás aquel asunto en el que sólo se había involucrado por su amistad con Paula, ya que siempre estaría dispuesto a hacer cualquier cosa por ella, incluso cruzar la línea de la ley y poner en riesgo su reputación y su seguridad.
Don Javier creía que entre Mateo y Paula existía un amor profundo. A veces sentía celos de esa pasión, porque sabía que nunca podría despertar en una mujer emociones tan intensas como para que arriesgara la vida por él.
Pensaba en Paula cuando oyó pasos en las escaleras. Era la sirvienta que regresaba. Antes de que ella entrara por la puerta, don Javier abrió la del balcón. La luz y el aire llenaron la sala mientras las cenizas reposaban en la chimenea apagada.