Capítulo 95. La esencia de una idea
En su última noche en Córdoba, Mateo intentaba asimilar que, a partir de ese momento, adoptaría una nueva identidad: José García y tendría la oportunidad de iniciar una nueva vida.
No conseguía dormir. Se levantó de la cama y fue a la cocina a por un vaso de agua. Un ligero sudor le perlaba la frente. Se sentía solo y asustado, atrapado en una pesadilla.
A las dos de la madrugada comenzó a llover. Seguía sin poder conciliar el sueño debido al sonido de la lluvia y pasó el tiempo revisando por enésima vez los expedientes judiciales de sus clientes para destruir cualquier documento comprometedor.
A las seis de la mañana desayunó, lavó los platos, estiró las sábanas y la colcha, cogió la maleta y, finalmente, salió del piso.
Antes de cerrar la puerta, dudó si volver a entrar para echar un último vistazo, pero al instante se convenció de que todo estaba en orden.
Cerró la puerta, se guardó la llave en el bolsillo y salió a la calle procurando que nadie lo viera.
Caminó presuroso, temiendo que alguien lo siguiera.
Dos horas después estaba sentado en un vagón de pasajeros con destino a la capital de España. Viajaba convertido en un supuesto empresario ambicioso, con una considerable suma de dinero y un espíritu optimista gracias al triunfo de un caballo del cortijo La Quintana.
Mateo siempre había creído en la leyenda de la maldición de las cuadras de La Quintana, que condenaba a años de mala suerte a quienes maltrataran a los caballos del cortijo.
En aquel momento crucial de su vida imaginó que estaba viviendo el efecto contrario: el comienzo de una etapa afortunada.
Tal vez aquella fuera la recompensa por sus años de esfuerzo, dedicación y buen trato hacia los caballos del cortijo.
Pensando en Paula y en los caballos, murmuró en voz baja una expresión de gratitud. A pesar del traqueteo del tren, una mujer sentada a su lado, algo más joven que él, lo oyó y le preguntó:
—¿Con quién hablas?
—Con mi ángel de la guarda —respondió él, intentando mantener un aire de naturalidad y cautela.
Ella sonrió.
—Nunca hablo con mi ángel de la guarda. Yo sólo le rezo.
—Tienes razón —dijo él mientras se persignaba de manera teatral.
Aquello despertó la curiosidad de la mujer, que se presentó con amabilidad:
—Soy Amparo Puertas.
—Yo soy José. José García.
El viaje, de más de nueve horas, resultó más largo de lo previsto debido al estado de las vías ferroviarias. Al llegar a Madrid, el tren redujo la velocidad antes de entrar en la estación y se detuvo con un fuerte chirrido.
Mientras Mateo caminaba por el pasillo del vagón, dispuesto a bajar, Amparo le susurró al oído:
—No me engañas, José García. Tú nunca has ido a misa ni eres de los que rezan. En fin... ya nos veremos un día de estos.
Mateo respondió, sorprendido:
—Madrid es muy grande.
—En realidad, no lo es tanto. Siempre se encuentra lo que se busca —replicó ella y soltó una risa franca.
Mateo descendió del vagón de pasajeros. Al pasar junto al de carga, que transportaba ganado, el olor a heno lo envolvió.
Aquel aroma le recordó su juventud en el cortijo La Quintana.
De pronto acudió a su mente una conversación trivial con Paula.
Entonces tenían doce y catorce años, respectivamente, y habían hablado de las distintas formas de ganar dinero en el futuro.
Como un juego, surgió la idea de montar un negocio de alquiler de bicicletas.
Veinticuatro años después, aquel proyecto lejano volvía a cobrar sentido.
Contaba con suficiente capital: podía comprar más de una docena de bicicletas e incluso un par de coches.
Podría alquilar las bicicletas por días o por horas, y los coches, por kilómetros.
Podía hacer muchas cosas, excepto ejercer de abogado.
Esa etapa de su vida había quedado atrás, pero tenía la oportunidad de empezar de nuevo como empresario.
Salió de la estación de Atocha y se dirigió al hostal cuya dirección llevaba anotada.
Preguntó a varios transeúntes si iba en la dirección correcta.
Durante el trayecto vio un taller de bicicletas.
Un hombre de unos treinta años estaba sentado en el suelo frente a una bicicleta invertida, ajustando la cadena y haciendo girar las ruedas con el pedal.
El sonido metálico le pareció un buen presagio.
Dio un paso atrás, asomó la cabeza en el taller y luego entró.
—Buenos días. ¿Podrías alquilarme una bicicleta? Necesito ir aquí —dijo, mostrándole al joven el papel con la dirección escrita.
—Lo siento, amigo. No alquilo bicicletas. No son mías. Sólo me encargo de repararlas —respondió, señalando con un gesto la media docena de bicicletas colgadas en ganchos en las paredes—. Las dejo como nuevas. ¿No te parece?
—Me parece que están perfectas —aventuró Mateo.
—Además, no creo que nadie se dedique a alquilar bicicletas. No volvería a verlas.
—Entiendo —dijo Mateo con cierto desánimo, que el joven notó de inmediato, así que añadió:
—No te preocupes. El hostal que buscas está a doscientos metros de aquí, justo al doblar la esquina.
—Gracias. Soy José García —se presentó Mateo.
—Yo soy Arturo Perales. Lo pone en el letrero de la fachada: “Taller de bicicletas Arturo Perales”.
Mateo se despidió y salió a la calle.
En el hostal le asignaron a Mateo una pequeña habitación en la segunda planta.
Abrió la maleta y colgó en el armario la única ropa que llevaba: un traje formal, un par de zapatos, dos camisas, una muda de ropa interior y un abrigo, consciente de que había llegado a Madrid para quedarse el tiempo que fuera necesario.
La imagen de Angelines, su hijo y su madre acudió a su mente.
Sin saber por qué, también recordó a Amparo Puertas y Arturo Perales, las primeras personas con las que había hablado al llegar a Madrid.
Era como si el destino se desplegara ante él, inevitable y misterioso, aunque empezaba a mostrarle los elementos con los que forjar su futuro.
Se lavó con agua de la jofaina y con una pastilla de jabón ya usada, se cambió de ropa y se tumbó en la cama.
Al cerrar los ojos, visualizó el letrero del taller de bicicletas, formado por tres tablas de madera de diferentes tamaños.
En la parte superior estaba escrito "Taller", en el centro, "de bicicletas"; y en la inferior, "Arturo Perales".
En su imaginación añadió "y alquiler" a la parte superior.
Aquella era la idea que había surgido en su infancia para ganar dinero y que ahora intentaba hacer realidad gracias a su experiencia como abogado y al capital del que disponía.
Pero reconoció que tal vez Arturo tenía razón.
Si decidía alquilar bicicletas, algunas no serían devueltas.
Con cierto abatimiento, pensó que su negocio había fracasado antes de empezar.
Eran las seis de la tarde, un buen momento para descansar, pues estaba agotado por el viaje y se dejó arrastrar por un breve sueño de apenas media hora.
Cuando despertó, el calor de la tarde se había suavizado y, a través de la ventana entreabierta, una suave brisa de septiembre acariciaba las cortinas, mientras una nueva idea de negocio comenzaba a abrirse paso en su mente.
Salió a pasear por Madrid. Al pasar frente al taller de bicicletas vio que estaba cerrado.
Recorrió el mismo camino de unas horas antes; se dirigía a la estación de Atocha.
Si hubiera creído en el destino, habría pensado que algo invisible lo guiaba, pues sería allí donde comenzaría a construir su futuro empresarial.
Entró en la estación alrededor de las ocho de la tarde.
Se sentó en uno de los bancos y observó el constante ir y venir de los pasajeros con sus maletas.
Algunos parecían seguros de sí mismos; conocían la estación.
Otros, recién llegados a Madrid, mostraban la misma confusión que él había sentido al principio.
En comparación con Córdoba, Madrid le parecía una ciudad enorme, vibrante y voraz.
No todos los viajeros podían hacer lo que él había hecho: caminar desde Atocha hasta su destino final.
Reflexionó sobre la importancia de los taxis como medio de transporte para llevar al viajero, desde la estación hasta su destino, de puerta a puerta.
Decidió subir a uno de ellos y le pidió al taxista que lo llevara a recorrer el centro de Madrid.
Durante el trayecto, de unos veinte minutos, Mateo descubrió gracias a él que los taxis habían coexistido con los tranvías en Madrid durante tres décadas, pero que la guerra había afectado gravemente al sector y reducido considerablemente la flota.
Eran tiempos difíciles: escaseaban los alimentos, las jornadas laborales eran largas y faltaban piezas para reparar los vehículos antiguos.
El taxista también le habló de la normativa que regulaba el sector y le aseguró que tenía toda la documentación en regla.
Esa noche Madrid ya no le parecía tan amenazante como al llegar.
Las calles, plazas y avenidas comenzaban a grabarse en su memoria no sólo como la experiencia de un turista, sino como la de alguien que necesitaba conocer la ciudad para su futuro negocio.
No le preocupaba conducir un coche; sabía hacerlo.
Incluso don Javier Merino había tenido la previsión de conseguirle un permiso de conducir falsificado.
Regresó al hostal caminando, reflexionando una y otra vez sobre lo mismo, mientras llevaba en el bolsillo todo el dinero que deseaba invertir cuanto antes en aquel nuevo proyecto que lo llenaba de expectativas.