Capítulo 94. Cautela
Don Javier estaba en su oficina, acompañado de Paula. Ajustó la combinación de la caja fuerte, la abrió y sacó dos sobres: uno con el salvoconducto y la identificación falsa de Mateo; el otro, a nombre de Paula, cuyo contenido ella desconocía. Entonces él le explicó brevemente:
—Mi padre dejó este dinero para ti. Me pidió que te lo entregara cuando lo considerara oportuno. Tal vez ese momento ha llegado, si crees que Mateo lo necesita. Haz lo que consideres conveniente. El dinero es tuyo.
—Ya he reunido suficiente dinero para Mateo. Podrá mantenerse sin trabajar durante tres o cuatro meses —respondió ella.
—Con lo que hay en ese sobre, no tendrá que preocuparse por trabajar en meses —afirmó él.
Paula abrió el sobre sin mostrar sorpresa; conocía las extravagancias de don Ramón. No dudó un instante en que se lo daría a Mateo. Estaba decidida a hacerlo: creía que se lo merecía después de haber trabajado toda su vida y verse obligado, al pasar de los cuarenta, a empezar de nuevo.
—¿De dónde salió todo este dinero? ¿Por qué tu padre me lo dejó a mí y no a ti?
—Porque consideró que era justo. Lo ganaste en una carrera de caballos con un pura sangre de La Quintana. Eso fue lo que me dijo. ¿No lo recuerdas?
—Claro que lo recuerdo, fue la única en la que participé. Gané con mi caballo.
—Entonces el dinero es tuyo —dijo él.
—No pensé que tu padre pudiera ganar tanto con aquella apuesta. Fue una carrera privada, no en el hipódromo.
—Pues lo ganó. Aquí tienes la prueba.
—Creí que no era más que un entretenimiento entre aristócratas y gente adinerada que apostaba pequeñas sumas para animar el evento.
—Paula, no le des más vueltas. Acéptalo. Es tuyo —repitió.
Paula no discutió y guardó los dos sobres en su bolso. Se despidió de Javier con un abrazo cálido y afectuoso. Luego se dirigieron hacia la salida y, antes de abrir la puerta, él le susurró al oído:
—Durante tres días conservaré los documentos originales de Mateo, por si decide cambiar de opinión y entregarse. Después los destruiré. Son pruebas comprometedoras. ¿Lo entiendes?
Ella asintió.
—¿Quieres que te acompañe? Llevas mucho dinero encima.
—No quiero que nos vean juntos. Si algo sale mal, es mejor que no nos relacionen.
Se despidieron en el vestíbulo de la notaría.
El aire que entraba desde la calle estaba cargado de polvo seco.
Enseguida, don Javier subió las escaleras hasta su oficina y cerró la puerta tras de sí.
Le costaba respirar, pero no era el polvo lo que lo asfixiaba, sino la incertidumbre de no saber cuándo volvería a ver a Paula ni en qué circunstancias.
Cerró la caja de seguridad, se sirvió un vaso de whisky y se acomodó en el sillón para beberlo. Después lavó el vaso, lo secó y lo dejó en su sitio. No quería que su secretaria lo encontrara con el vaso en la mano ni percibiera el olor del alcohol en su aliento.
Se preguntó si había tomado la decisión correcta, tanto al ayudar a Mateo como al desprenderse del sobre con el dinero, que hasta entonces había considerado el último vínculo que lo unía a ella. Le pareció oír de nuevo la voz de su padre: «¡Por el amor de Dios, Javier! ¡Deja de pensar en Paula!»
Paula caminaba a paso ligero. Sentía el calor de los adoquines bajo sus pies.
Al cruzar la calle, tres chicos aparecieron en la esquina empujando una carreta llena de objetos viejos y le gritaron: «¡Apártese, señora, que vamos a pasar!
». Ella se arrimó a la pared y, de forma instintiva, apretó el bolso contra su cuerpo.
Dentro llevaba el dinero y los documentos para Mateo.
Con el corazón acelerado, llegó al piso donde él la esperaba. Subió las escaleras aún con el recuerdo del abrazo de despedida de Javier, que había durado unos segundos más de lo habitual, y el eco de su voz resonando en su mente: «Cuídate, Paula».
Sacó la llave del bolso, abrió la puerta y, al entrar en el piso, inspiró hondo mientras escuchaba a Mateo preguntarle con preocupación:
—Hola, Paula. ¿Cómo te ha ido?
—Bien. Lo traigo todo. Pero no puedes irte de viaje con ese aspecto. Pareces un vagabundo. Debes dar la impresión de ser alguien con recursos.
—¿Quieres que parezca una persona con recursos pero sin tenerlos? Me voy con los bolsillos vacíos. Todo lo que tenía se lo dejé a Angelines.
—Te traigo dinero. Toma —dijo ella, y le entregó los dos sobres.
Mateo abrió el primero y contempló su nuevo documento de identidad y un carnet de conducir, ambos falsificados.
—José García García. ¿Por qué ese nombre?
—No lo sé. Tal vez porque es un nombre muy común y no llamarás la atención.
—Hay un billete de tren hacia Madrid. ¿Por qué Madrid?
—Porque me lo recomendaron. Madrid es muy grande. Allí nadie te reconocerá —dijo ella.
Mateo abrió el segundo sobre y preguntó asombrado al ver la cantidad de dinero.
¿Dónde conseguiste todo esto?
—Lo gané en una carrera de caballos.
—¿Desde cuándo apuestas en carreras?
—No hagas tantas preguntas. También tienes la dirección de una pensión en Madrid. Te alquilarán una habitación sin pedir explicaciones.
—No sé qué decir. La persona que me ayuda ha pensado en todo. ¿Quién es? —dijo él.
Ella le lanzó una mirada seria y repitió:
—No preguntes.
—Está bien. Aprecio todo lo que haces por mí.
—Venga, va. Quítate el traje. Voy a plancharlo. Será lo último que haga por ti —dijo ella.
Por primera vez desde que se vio envuelto en aquella situación, Mateo sintió cierto optimismo; creyó que todo saldría bien.
—No sé cómo agradecerte todo lo que has hecho por mí. Bueno, sí lo sé, aunque quizás no sea el mejor momento —respondió él, mirándola con intensidad.
Ella decidió restar importancia a aquella mirada.
Mateo no insistió. La dejó planchando en el salón mientras él iba al dormitorio a hacer la cama.
Unos minutos después regresó a su lado. El silencio, roto únicamente por el deslizamiento de la plancha sobre la tela, se volvió tan tenso como si anunciara una despedida inevitable.
—Póntela para que pueda verte —dijo ella, mientras daba los últimos retoques a la chaqueta sin levantar la vista.
Mateo permaneció inmóvil observándola unos segundos, consciente de que se aproximaba el momento de separarse.
Después se acercó, le quitó la plancha de las manos y la dejó a un lado.
Luego la abrazó por la cintura, acercó sus labios a los de ella y se besaron con la misma pasión de sus años de estudiantes.
Más tarde se recostaron sobre la cama recién hecha. Entre caricias y confidencias, recuperaron la intimidad compartida en el pasado, como si durante unas horas nada hubiera cambiado entre ellos.
A pocos días del final del verano, el aroma de sus cuerpos se mezclaba con el calor de septiembre mientras Mateo susurraba: «Te quiero, Paula. Siempre te querré». Ella respondió con un leve asentimiento que bastó para expresar que también lo amaba.
El sol de la tarde aún no había desaparecido tras los tejados de los edificios cercanos. La luz cálida se filtraba por los visillos del dormitorio y envolvía la habitación en una atmósfera acogedora.
A pesar de la incertidumbre que les aguardaba, Paula y Mateo hicieron el amor y recuperaron la complicidad que había definido su relación. Durante aquel tiempo compartido, encontraron un instante de felicidad mientras todo lo demás parecía desaparecer a su alrededor.
—¿Podré escribirte? —preguntó él.
—Definitivamente, no. Debemos esperar a que termine esta persecución —respondió ella. Lo abrazó con fuerza y dejó que las lágrimas, contenidas durante días de ansiedad, rodaran por sus mejillas. Lloró por ellos dos, por la guerra y sus consecuencias.
—No llores. Regresaré pronto —dijo él secando, con la yema de los dedos, las lágrimas a la única mujer que había amado de verdad.
—No lloro, sólo ha sido un instante —respondió ella con serenidad. Miró el reloj y añadió—: Debo darme prisa. El chófer me recogerá a las seis. Quiero estar en casa para la cena. Tengo una niña a la que apenas he podido atender en los últimos cuatro días.
Al mirarlo a los ojos, ella percibió su tristeza. Él también tenía una mujer y un hijo que lo esperaban.
—Lo siento, Paula. ¿Puedo pedirte un favor?
—Dime.
—¿Le dirás a mi madre que siga pagando el alquiler de este piso? Es una cantidad pequeña. Algún día regresaré.
—Por supuesto, se lo diré.
—Y otra cosa. Si Angelines te pregunta, cuéntale lo que consideres necesario.
—Le diré a ella y a quien pregunte que te has ido a Barcelona.
Estoy convencida de que algún día volverás y podrás explicarle tú mismo la verdad —dijo ella mientras terminaba de vestirse.
Después corrió los visillos y las gruesas cortinas de la ventana del dormitorio que daba a la calle y encendió la lámpara de la mesita de noche.
—Gracias —respondió él y añadió con curiosidad—: Sólo una pregunta más: ¿Por qué crees que el notario nos ayuda?
—¿Por qué piensas que ha sido él?
—No se me ocurre nadie más —contestó Mateo.
—No es lo que imaginas, Mateo. Don Javier Merino siempre ha sido un caballero conmigo.
—No he querido decir eso... Lo siento. No era mi intención ofenderte.
—No importa. Cena algo y mañana temprano dirígete a la estación. El tren sale a las ocho. No lo pierdas, José García. Acostúmbrate a tu nuevo nombre —dijo ella y, antes de salir por la puerta, le lanzó un beso de despedida.
Al quedarse solo, todavía podía percibir en el dormitorio y en las sábanas revueltas la calidez y el delicado aroma del cuerpo de Paula.
El recuerdo de aquella última tarde juntos lo acompañaría durante los meses venideros como un eco de esperanza de que algún día volvería a buscarla; quería creer que aquello no había sido una despedida definitiva.
En ese instante no escuchaba a la razón, que le decía que debía regresar para cuidar de Angelines y criar al hijo que tenían en común; en su corazón sólo latía el inmenso amor que sentía por Paula. Sólo eso.