Los Herederos de Son Carvall (La saga de los Anglada 2) Capítulo 93. Preocupación
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Capítulo 93. Preocupación

Paula pasó gran parte de la mañana en La Quintana, ocupada en ordenar el dormitorio de su hija Adela.

Descolgó las cortinas, colocó la ropa en el armario y, por último, limpió con un paño los objetos de la cómoda: un peine, un espejo y un joyero de madera.

Con estas tareas buscaba que el tiempo avanzara más rápido y que llegara el día siguiente, cuando regresaría a la capital para continuar ayudando a Mateo.

La tarde llegó sin que Paula apenas lo notara. Mecía a Adela en el balancín, bajo el emparrado, y le cantaba una nana cuando Amelia llegó de visita. Dejó entonces a la niña con su cuñada Manuela y salió a recibirla.

—Hola, Amelia. Mi madre y mi cuñada están en el salón. ¿Quieres entrar y tomar algo con nosotras?

—Hola, Paula. Sólo he venido a traerte dinero para Mateo —respondió Amelia, entregándole un sobre.

—Cuando lo vea, se lo daré —aseguró Paula mientras lo aceptaba.

—Gracias, Paula. Pero es mejor que me vaya.

Lola, que las había oído, se acercó con la intención de convencerla.

—Amelia, quédate unos minutos, aunque sea para tomar un café.

—¿Tenéis café? Es un lujo. Hace mucho que no lo pruebo —comentó Amelia mientras las tres se dirigían al salón, donde Manuela estaba con Adela dormida en brazos.

—Pasa y siéntate. Yo preparo el café; siempre digo que me sale mejor que a todas vosotras —afirmó Lola.

—Voy contigo. Quiero ver cómo lo haces —añadió Manuela. Dejó la niña dormida en su canastilla y siguió a Lola a la cocina.

Paula y Amelia se quedaron en el salón. A pesar de su preocupación, esta última confiaba en aquellas mujeres. Sentía que su hijo estaba en buenas manos. Señaló el sobre y dijo:

—Es todo lo que he podido reunir. Dile que debe marcharse lejos.

Paula asintió con un gesto. No le contó a Amelia que entre ella y su madre habían reunido más dinero y que Mateo no se marcharía con las manos vacías.

Manuela entró en la estancia con las tazas y las cucharillas, las colocó con cuidado sobre la mesa y dijo:

—La verdad es que a Lola el café le sale exquisito y, cuando escasea, sabe aún mejor.

Las cuatro mujeres se sentaron alrededor de la mesa. El aroma del café recién hecho suavizaba por unos instantes las preocupaciones de aquellos días.

—No puedo dejar de pensar en Mateo —dijo Amelia, removiendo el café—. Si lo detienen... no quiero que lo envíen al convento de San Cayetano. Dicen que lo han convertido en una prisión y utilizan a los presos como mano de obra; los tratan peor que a animales.

—La gente habla de las cárceles —dijo Lola en voz baja—. Dicen que están llenas.

—Llenas y peor que eso. He oído que muchos presos apenas reciben comida suficiente. Lo sé por Carmeli —añadió Amelia como un simple reflejo de la realidad, pues esa escasez se había vuelto habitual desde el final de la guerra. Todos la atribuían a las nuevas políticas económicas del régimen.

Lola le dirigió una mirada a Amelia, llena de preocupación, antes de decir:

—También he oído historias parecidas. Hay quien asegura que los alimentos desaparecen antes de llegar a los reclusos.

Paula asintió en silencio. Aquellos rumores circulaban desde hacía años por toda la provincia y alimentaban el miedo de muchas familias.

—Lo único que sé —dijo Amelia— es que no quiero ver a mi hijo allí dentro.

Paula comprendía perfectamente aquel temor.

Nunca había sentido interés por la política y durante sus años de estudiante había procurado mantenerse al margen de los debates ideológicos.

Sin embargo, ayudar a Mateo se había convertido para ella en una cuestión personal que la empujaba a arriesgarse, incluso a comprometer a don Javier Merino.

Al escuchar todo aquello, Lola sintió una profunda tristeza.

Durante los años que llevaba viviendo en Córdoba había visto desaparecer a demasiadas personas: vecinos, jornaleros, conocidos.

Muchos habían regresado, pero otros seguían ausentes.

Pensó en Mateo y deseó que no acabara formando parte de esa larga lista.

Las cuatro mujeres apuraron el café. Cuando Amelia terminó el suyo, dijo:

—Debo irme. Gracias por todo.

—No hay nada que agradecer. Te acompaño a la puerta —respondió Paula.

—No te molestes. Conozco el camino —respondió, mirando a Paula con nostalgia, recordando a la niña de once años que siempre acompañaba a su hijo Mateo, dos años mayor.

Sabía que en el corazón de Paula aún quedaban huellas de aquella amistad.

Observó el sobre sobre la mesa, pero guardó silencio; confiaba plenamente en ella.

Siempre había demostrado una determinación y una astucia que la convertían en una líder natural y, sobre todo, en alguien digna de confianza.

Tras despedirse de Amelia, Paula vio a su madre y a su cuñada salir a pasear con la pequeña Adela. Tomaron el sendero hacia los naranjales. Aprovechó entonces para montar su caballo. Necesitaba estar con él, pues en los últimos días, centrada en Mateo, apenas le había prestado atención.

Se calzó las botas, se vistió adecuadamente y se dirigió a las cuadras.

Ensilló ella misma a su caballo, que mostró su alegría al verla.

Salió de los establos y puso rumbo en dirección opuesta a los naranjales, para evitar que su madre la viera, ya que las leyendas de La Quintana seguían presentes en su vida.

Aun así, ese día necesitaba más que nunca la soledad.

Quería llegar hasta los confines de aquellas tierras que, irónicamente, no tenían límites para ella.

Cruzó los olivares hasta alcanzar las dehesas viejas. Mantuvo un diálogo silencioso con el caballo, contándole sus planes para ayudar a Mateo, como si el animal pudiera entender sus inquietudes. El tiempo pasó con rapidez y, ante el riesgo de que su madre la descubriera, decidió regresar.

En las tierras de la Quintana, junto a su caballo negro, Paula solía encontrar respuestas a sus inquietudes.

Aquel día, de regreso a las cuadras, se preguntó si hacía bien ayudando a Mateo.

Sintió entonces una certeza íntima: él merecía la libertad, pues no había cometido ningún delito.

Incluso se sorprendió imaginando una huida junto a él.

Esa idea, aunque improbable, la llenó de esperanza y le permitió evadirse hasta sentir que vivía otra vida.

Así era la experiencia de cabalgar a solas con su caballo.

Al entrar en las cuadras, vio el coche de su esposo: ya había vuelto después de recoger a su hijo en el colegio.

Fernandito estaba en la cocina, sirviéndose un vaso de leche, cuando la vio aparecer vestida de amazona. Esperó a que entrara por la puerta lateral, como de costumbre, y en cuanto lo hizo le preguntó con tono serio:

—¿Sabe la abuela que has salido sola a cabalgar?

—No. Y no tiene por qué saberlo si tú no se lo dices.

—No lo haré. No soy un chivato.

No era la primera vez que el muchacho la esperaba con inquietud y la protegía con su silencio.

—Sé que eres discreto —respondió ella, aliviada. Se acercó, le besó la frente y añadió—: Algún día mi caballo será tuyo.

—No hagas promesas que no pienses cumplir —replicó él.

—Mi caballo será tuyo —afirmó Paula con rotundidad, como si aquella certeza naciera del propio animal, cuya longevidad de veintiséis años parecía otorgarle una intuición especial, capaz incluso de anticipar el futuro y transmitírselo a ella misma.

—Te creo. Date prisa y cámbiate. La abuela y Manuela vienen por el sendero —advirtió Fernandito.

—¿Y tu padre? ¿Está arriba?

—No te preocupes. Está en las cocheras, pero no tardes; enseguida vendrá.

Paula no contestó. Subió deprisa a su habitación, convencida de que aquellas salidas a caballo eran un remedio que mantenía su cuerpo en forma y su mente despejada, mientras todo a su alrededor parecía vibrar de otro modo.

Se preguntó entonces si su caballo era su alma gemela, como había insinuado su madre al hablar de las leyendas de La Quintana. Quizás lo fuera.