Capítulo 92. Una cuestión de ideales
Los primeros rayos de luz matutina iluminaban las dehesas cuando Paula se despertó. Su esposo se había levantado hacía rato. Ella se vistió rápidamente con ropa adecuada para el viaje a Córdoba. Al cruzar el salón, escuchó las voces de su madre y Fernando en la cocina. Se dirigió hacia allí.
—Buenos días —saludó Paula.
—Buenos días, ¿qué planes tienes? —preguntó Fernando.
—Voy a Córdoba.
—Lo suponía. He dejado el coche en la puerta y he dado instrucciones al chófer para que te acompañe —respondió él.
—Gracias —dijo Paula.
—Por si acaso encuentras a Mateo, le he preparado una bolsa de comida —dijo Lola.
—Muy bien. Si lo encuentro se la daré —dijo Paula y añadió—: ¿Fernandito no ha bajado?
—Aún no. Voy a buscarlo —respondió Lola.
Lola fue a despertar a su nieto.
Aquel día, los cuatro se sentaron a desayunar como si fuera una mañana cualquiera, aunque no lo era.
Antes de marcharse, Paula fue al dormitorio a recoger su bolso, besó a su hija, ajustó el mosquitero sobre la cuna y bajó las escaleras, tratando de dar forma a la idea que le rondaba la cabeza y que involucraba al notario don Javier Merino.
Mientras se dirigía en coche a la capital, reflexionaba sobre su larga amistad con Mateo y Javier, los hombres más importantes en su vida además de su esposo. Siempre había sido sincera con los tres y se sentía con la suficiente confianza como para pedirles un favor a cualquiera de ellos.
El cielo despejado, visible desde la ventanilla del coche, le indicaba que sería un día caluroso, a pesar de que faltaban dos semanas para que concluyera el verano.
Ella estaba decidida a arriesgarse por Mateo, un impulso que contrastaba con la postura neutral que había mantenido durante la Guerra Civil.
En ese momento no deseaba ser imparcial, sino ayudar al hombre que había marcado su juventud y el verdadero padre de su hijo, que cada día se parecía más a él.
Cuando llegó al centro histórico de Córdoba, le solicitó al chófer que la dejara cerca de la catedral, alegando que iba a rezar allí. No quería comprometerlo ni darle pistas sobre su verdadero destino.
Caminó hacia el piso que Mateo tenía alquilado desde hacía muchos años. Antes de cruzar el umbral, miró a ambos lados para asegurarse de que nadie la veía; luego subió sigilosamente las escaleras hasta la primera planta y abrió la puerta con su llave, tratando de hacer el menor ruido.
Al entrar, la vivienda estaba casi a oscuras, pero reconoció la silueta de Mateo y percibió aquel aroma familiar que podría identificar en cualquier lugar.
Antes de encender la luz, cerró las cortinas para que nadie pudiera verlos desde la calle.
Mateo estaba sentado a la mesa con varios expedientes de casos actuales.
Llevaba el pijama puesto, tenía ojeras de haber dormido poco y el pelo desordenado.
Sus miradas se encontraron; la de ella reflejaba cariño y la de él mostraba gratitud.
—¿Cómo estás, Mateo? —dijo ella en voz baja, dejando la bolsa de comida sobre la mesa.
—Estoy bien.
Enseguida ella observó las ojeras que le marcaban el rostro. Parecía más cansado que en su encuentro en La Corredera.
—No has dormido nada, ¿verdad?
Mateo esbozó una sonrisa cansada.
—Lo intento, pero no te preocupes. Supiste interpretar el mensaje que te envié en la carta que le escribí a mi madre. Gracias por venir.
—¿Por qué te buscan las autoridades?
—Te juro que no lo sé. No se me ocurre ninguna razón. He ido con mucho cuidado en mi trabajo como abogado. Son tiempos muy difíciles para nuestra profesión.
—Conozco a alguien que creo que podría ayudarte.
—¿Quién es? No quiero que corráis ningún riesgo.
—Confío en esa persona. No te preocupes. Pero necesito que me entregues tus documentos oficiales. Tal vez podamos conseguir otros falsos —dijo Paula.
Él asintió y le entregó su documentación.
—Regresaré pronto. No sé si será mañana o pasado mañana, pero quédate aquí, no hagas ruido, no te acerques a la ventana y, sobre todo, no salgas a la calle. Te he traído comida —le indicó ella.
—Gracias —dijo Mateo, mientras buscaba el brillo de la mirada de Paula en la penumbra de la habitación, pero sólo vio sombras difusas.
Ninguno de los dos dijo nada durante unos segundos. Habían pasado demasiados años y habían sucedido demasiadas cosas para resumirlas en una conversación apresurada.
Paula recogió el bolso y pocos segundos después, se despidieron.
Mientras Paula bajaba las escaleras en silencio y salía a la calle, Mateo, sumido en la incertidumbre, no se atrevió a acercarse a la ventana para verla de nuevo. Tenía miedo. Un profundo desánimo lo invadió al volver a quedarse solo.
Después de reflexionar sobre las razones de su búsqueda, volvió a pensar una vez más que tuvo la osadía de criticar, ante sus colegas abogados, la Ley de Responsabilidades Políticas que consideraba un acto de venganza del régimen franquista.
Se dirigió a la cocina a tientas, rodeado de oscuridad.
Bebió un vaso de agua, pero aún no tenía hambre y dejó la bolsa de comida sin abrir.
Luego se fue al dormitorio y se acostó, mirando al techo, como si buscara respuestas en el vacío.
Pensó en otra posible razón por la que las autoridades podrían querer interrogarlo.
Había intentado visitar en la prisión a un amigo de la universidad, Antonio López Rodríguez, "Anto", pero los funcionarios le negaron el acceso.
Más tarde, intentó obtener información sobre su expediente en los juzgados, pero al ver que sus indagaciones llamaban demasiado la atención, desistió.
Se le ocurrió una tercera posibilidad: Armando.
El odio de su primo venía de lejos y se había agravado desde que inició su relación con Angelines y decidió vivir con ella sin casarse.
Mateo no pensaba permanecer en Córdoba para darle la oportunidad de utilizar su influencia en la Guardia Civil contra él, encarcelarlo y someterlo a un juicio militar.
Cuanto más lo pensaba, más convencido estaba de que Armando tenía algo que ver. Nadie lo odiaba tanto.
Paula caminaba por la calle, absorta en sus pensamientos sobre cómo llevar a cabo su plan. Se dirigió a la notaría de don Javier Merino para solicitar su ayuda. La secretaria aún no había llegado, así que don Javier le abrió la puerta personalmente.
Al verla en el descansillo de la escalera, el notario recordó cuándo y en qué circunstancias se habían visto las últimas veces: en 1923 durante la boda de Paula, en 1925 cuando falleció su padre y, recientemente, este mismo año, cuando le prestó el coche para ir a La Quintana, días antes del nacimiento de su hija, Adela.
Era evidente que, sus encuentros podrían contarse con los dedos de una mano. De algún modo, desde la muerte de su padre se había acentuado la distancia entre ellos.
No comprendía por qué sentía una mezcla de tristeza y añoranza por el simple hecho de haberse visto tan pocas veces en los últimos años.
Sintió la necesidad de cerrar la puerta, sólo para abrirla un momento después y comprobar que ella no estaba allí, que la imagen que tenía ante sí era un efímero espejismo de su mente.
Pero la realidad se impuso cuando ella se acercó, le dio un suave beso en la mejilla y entró en su despacho con resolución, sin esperar su invitación.
—¡Hola, Javier! Necesito tu ayuda.
Él le hizo un gesto para que se sentara y cerró la puerta tras de sí.
A través de los amplios ventanales, el sol iluminaba los árboles de la plaza, como si fuera un hermoso paisaje pintado con gran realismo en un lienzo.
—¡Hola, Paula! ¿Qué necesitas ahora de mí? —dijo él sin rodeos, no porque quisiera que Paula se marchara, sino porque intuía que había venido por un asunto delicado y quería abordarlo antes de que llegara su secretaria.
Paula echó un vistazo rápido a su alrededor. El despacho ya no era el mismo que recordaba de su infancia y adolescencia. Sólo el artesonado de madera permanecía inalterado. El aroma del aire había cambiado y la mesa de madera del despacho también era nueva.
—En realidad, no necesito ayuda para mí —aclaró Paula.
Don Javier ya no veía a Paula como la joven que solía buscar su consejo, sino que reconocía en ella a una mujer adulta, valiente y autónoma.
—¿Para quién me estás pidiendo ayuda?
—Para Mateo Morales. ¿Te acuerdas de él?
Don Javier no se sorprendió al oír ese nombre.
—¿Cómo podría olvidarlo? ¿En qué problema se ha metido Mateo? Te advertí que podría traerte complicaciones.
Paula no recordaba esa advertencia, pero no lo discutió. Le dijo con calma:
—Por favor, ayúdalo. Necesita un salvoconducto, documentos falsos o algo que le permita salir de este apuro —añadió en un susurro—: No sabemos por qué las autoridades lo buscan, de verdad.
Don Javier la miró en silencio.
—¿Te das cuenta de lo que me estás pidiendo?
—Sí.
—No se trata de redactar una escritura o acelerar un trámite. Si alguien descubre que he participado en algo así, puedo perder la notaría, mi reputación y quizás algo más.
—Lo sé.
—Entonces no deberías haber venido. Estás pidiéndome demasiado, Paula. Soy un notario público. Respeto la legalidad, y lo que me pides va en contra de la ley y de mis principios.
Paula sostuvo su mirada y guardó silencio unos segundos.
—He venido porque eres la única persona en quien confío para esto. Tengo los documentos originales de Mateo, por si las fotos u otra información pueden servir —dijo mientras se levantaba y los dejaba sobre la mesa.
—Paula, no puedo hacerlo.
—Nadie puede ayudarnos, excepto tú. Te lo pido por los viejos tiempos, por lo mucho que compartimos. Sabes que yo también te quise a mi manera, y aún te quiero.
—Paula, no empieces. No es necesario que recurras al pasado —respondió el notario con voz cargada de pesar.
—No he pretendido incomodarte —dijo Paula.
Don Javier apartó la vista hacia la ventana y, consciente del efecto que Paula ejercía sobre él, comprendió que, por más que encontrara argumentos para negarse, no tendría fortaleza moral para rechazar su petición.
Desde el momento en que ella entró en su despacho, una parte de él ya sabía cuál sería su respuesta.
—Está bien. Ven pasado mañana. Veré qué puedo hacer. Pero primero responderme a una pregunta: ¿alguna vez Mateo ha estado involucrado en delitos graves? Ya sabes a qué me refiero.
—Nunca. En todo caso, es una cuestión de ideales, ya que, como abogado, defendió en el pasado causas de personas que posteriormente fueron perseguidas —dijo Paula, dando por concluida la conversación. Se levantó para irse. Él la acompañó hasta la puerta y se despidieron con un simple adiós.
Don Javier conocía a Mateo desde su juventud, cuando el joven insinuaba ciertos ideales de justicia social, que luego aplicó en su carrera como abogado.
Podía entender la rebeldía de Mateo y Paula ante ciertos aspectos de la sociedad, aunque, por coherencia consigo mismo y como notario, nunca admitiría en público. Su reputación dependía de ello.
«Una cuestión de ideales», le había comentado Paula, y ahora él se preguntaba si debía arriesgarse por los ideales de otros.
Antes de que la secretaria llegara, guardó los documentos de Mateo en la caja de seguridad.
En ese instante, volvió a ver el sobre con el nombre escrito en mayúsculas y la inconfundible caligrafía de su padre: «PAULA SUREDA».
Quizás había llegado el momento de entregarle a Paula el dinero que su padre le había confiado, para que ella pudiera usarlo a su criterio.