Los Herederos de Son Carvall (La saga de los Anglada 2) Capítulo 91. Luna llena
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Capítulo 91. Luna llena

Después de la guerra, el doctor don Fernando Alhama buscó un nuevo rumbo para su vida. Deseaba dejar atrás el sufrimiento por la pérdida de varios de sus colegas. Era consciente de que muchos médicos habían sido perseguidos y algunos incluso ejecutados durante la represión franquista.

En aquellos meses inciertos, regresar a La Quintana le pareció la mejor manera de rehacer su vida lejos del recuerdo constante de la guerra.

Paula, además, necesitaba cuidar de su anciana madre y atender las cuestiones del cortijo de forma más directa y activa. Poco a poco, la familia fue recuperando cierta sensación de calma en medio de la nueva rutina del campo.

Una tarde de principios de septiembre, don Fernando llegó a La Quintana con un periódico doblado bajo el brazo.

Entre sus páginas ocultaba una carta de Carmeli para su hermana Amelia.

Tras el final de la guerra, Amelia había regresado a su casa del pueblo y, aunque ya no trabajaba como sirvienta en La Quintana, había retomado la costumbre de visitar semanalmente a Lola para disfrutar de un rato de charla con ella.

El doctor se acercó al emparrado donde se encontraban Lola, Paula y Amelia.

Tras saludar a las señoras, le entregó la carta a Amelia y se retiró, dejándolas solas.

Amelia se apresuró a leer la carta. Luego la leyó una segunda vez antes de levantar la vista.

No pudo disimular su inquietud cuando expresó, angustiada:

—Carmeli me dice en su carta que la Guardia Civil está buscando a mi hijo. Al parecer, Mateo planea esconderse en “la catedral”. No lo entiendo. ¿Cómo es posible que se oculte allí?

Durante unos segundos nadie habló hasta que Lola sugirió:

—Tenemos que ir a buscarlo y ofrecerle refugio aquí, en La Quintana. Al menos hasta que averigüemos por qué lo buscan.

Paula comprendió el significado de ocultarse en "la catedral".

El mensaje estaba destinado a ella. "La catedral" era el nombre que ambos habían asignado al piso que Mateo tenía alquilado cerca de la catedral.

Ella tenía una copia de la llave. Pensó que Mateo estaba escondido allí, en el lugar que había sido testigo de sus encuentros secretos en el pasado.

—Mañana iré a Córdoba a buscarlo. Preguntaré a sus amistades —dijo Paula.

—Ten cuidado, hija —advirtió Lola con tono maternal.

Don Fernando se unió a ellas minutos después y preguntó:

—¿Hay alguna novedad?

—Doctor, la carta era una advertencia. Mateo podría tener problemas. Paula irá a buscarlo mañana —respondió Amelia.

Después de esas palabras, Amelia se sintió impotente por no saber por dónde empezar a buscar a su hijo, pero al mismo tiempo reconfortada al confiar plenamente en Paula.

Don Fernando no dijo nada. Comprendió lo que implicaba “tener problemas”. Se dirigió al salón mientras Amelia se despedía.

Un par de horas más tarde, como era su costumbre, don Fernando se sentó a la mesa para cenar.

Mientras aguardaba a que sirvieran la comida, abrió el periódico, leyó los titulares más importantes y hojeó algunas páginas, pero no pudo concentrarse en la lectura porque le preocupaba que Paula se viera implicada en cualquier asunto turbio relacionado con Mateo.

Conocía muy bien a su esposa y sabía que, una vez tomaba una decisión, era inútil intentar disuadirla.

Lola y Paula estaban en la cocina preparando los platos para la cena.

Desde el salón, don Fernando las oyó susurrar entre ellas, aunque no logró distinguir de qué hablaban.

Poco después, ambas terminaron de poner la mesa justo cuando Fernandito bajaba de su habitación para cenar en familia.

Entonces, el doctor plegó el periódico, lo dejó a un lado de la mesa y esperó a que Paula, en algún momento durante la cena, compartiera su plan para encontrar a Mateo; pero ella, quizás por la presencia del niño, se mantuvo en silencio.

Lola sirvió la cena y se sentó al lado de su nieto. El silencio de aquella noche lo envolvía todo, interrumpido únicamente por el sonido de los cubiertos al chocar contra los platos.

El doctor miraba de reojo a Paula. Ella estaba abstraída y, de manera mecánica, pinchaba la comida con el tenedor y masticaba sin ganas. Su silencio no era casual; parecía el reflejo de una gran preocupación.

Lola, por su parte, se mostraba inquieta y alternaba la mirada entre su yerno y su hija. En La Quintana volvía a sentirse aquella particular tensión, que no habían experimentado desde antes de que finalizara la guerra. Ni siquiera el niño hablaba.

Lola terminó de cenar y, tras un breve momento de reflexión, dijo:

—No deberías ir sola, hija. Te acompañaré.

—¿A dónde tienes que ir, mamá? —preguntó el niño, curioso.

—A la capital, cariño. Asuntos del cortijo —respondió Paula, con una calma forzada que intentaba transmitir seguridad.

Lola aguardó la reacción de su yerno, pero el doctor no mostró intención de acompañar a Paula ni se pronunció sobre la situación de Mateo.

—Insisto. Yo te acompañaré —afirmó Lola.

—Iré sola, mamá. Tú tendrás que quedarte al cuidado de Adela. Manuela no regresará de la capital hasta mañana por la tarde —replicó Paula, mostrando la determinación de quien sabe lo que tiene que hacer.

—Fernando, ¿qué opinas de este asunto? —preguntó Lola, mirando a su yerno en busca de apoyo.

—Confío en Paula —respondió él, y le lanzó una mirada cómplice a su esposa, como si hubieran llegado a un acuerdo silencioso.

Lola buscó una excusa para poner fin al tema:

—Estoy agotada. Me voy a dormir. Fernandito, tú también. Ya es muy tarde. Da las buenas noches —ordenó Lola.

El niño obedeció.

Don Fernando, al quedarse a solas con su esposa, retomó el tema que había quedado pendiente para discutirlo en la intimidad.

—No tengo argumentos para persuadirte de que no te involucres en los asuntos de Mateo. Sólo te pido que actúes con precaución. Tenemos una familia y unos hijos a los que debemos proteger.

—No te preocupes. La guerra ha terminado y lo peor ya ha pasado —respondió ella, aunque en el fondo sabía que aquel argumento no garantizaba la paz en sus vidas.

—Esto no significa que debamos ignorar la realidad.

Los tiempos difíciles seguirán para algunos —comentó el doctor, deseando que la situación de Mateo no afectara a Paula.

No le molestaban los sentimientos de su esposa hacia él; era consciente de que se habían querido desde pequeños.

Sentía respeto y admiración por Mateo. Lo consideraba un hombre valiente por mantener su profesión de abogado en un contexto social y político tan complejo.

A través de la ventana abierta del salón se filtraban el aroma de los jazmines y la luz de la luna, que iluminaba los frondosos árboles de las dehesas.

En La Quintana, la calma de las noches de verano se percibía en el ambiente, con una sensación pacífica que parecía traer el final de la guerra.

Sin embargo, para muchos hogares españoles no era un tiempo de paz, sino una lucha constante por sobrevivir a la victoria del bando contrario de la mejor manera posible.

—Paula, ¿eres consciente de lo que le sucedería si lo arrestaran? —preguntó él.

—Es posible que lo torturen. ¿Qué debo hacer cuando lo encuentre? Mi madre dice que lo traiga aquí.

—No puedes traerlo aquí. Es el primer lugar donde lo buscarán. Es un abogado reconocido en Córdoba. Debe marcharse lejos. Necesita documentación falsa, cambiar su nombre y su profesión. Esto es complicado.

—Tú mismo lo has dicho. Es un abogado reconocido en Córdoba. Puede defenderse.

—¿Defenderse de qué? ¿Con qué fundamento? Ahora no, Paula. En España, en este momento, no existe defensa posible para quienes no están completamente alineados con Franco.

—Puede irse al extranjero, a Francia —dijo ella, con los ojos llenos de esperanza, aferrándose a la idea de una posible salida.

—¿No has leído las noticias? —preguntó Fernando.

—No.

Él cogió el periódico y hojeó las páginas hasta llegar al párrafo en el que se explicaba que, tres días antes, el 1 de septiembre, la Alemania nazi había iniciado la invasión de Polonia.

El 3 de septiembre, Francia y Gran Bretaña habían declarado la guerra a Alemania.

Se lo tendió a Paula sin decir nada. Ella lo leyó en silencio y levantó la vista, helada de sorpresa.

—¡Santo Dios! Otra guerra… —susurró Paula.

—Hazme caso. Dile a Mateo que debe abandonar Córdoba por el bien de todos. Si se queda, pondrá en peligro a su madre y a sus amigos —dijo el doctor, pensando en el riesgo que corría su propia familia, y añadió—: Si nos vinculan con él y descubren que lo estamos ayudando, estaremos en peligro.