Los Herederos de Son Carvall (La saga de los Anglada 2) Capítulo 90. Existe una oportunidad
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Capítulo 90. Existe una oportunidad

En un momento de intimidad, Paula le confió a su esposo lo que había estado meditando durante varios días:

—Fernando, desearía que nuestro hijo naciera en La Quintana, y que estuvierais presentes, mi madre y tú. No quiero volver a dar a luz en circunstancias similares a las que viví cuando nació nuestro primer hijo, sólo con la comadrona y Manuela. Quiero que me asistas tú. No soy tan joven como antes.

—Nada me haría más feliz que complacerte, pero ahora mismo no podemos ir a La Quintana.

—Lo sé… —dijo ella, dejando que la alegría se reflejara en su sonrisa.

En ese momento llegó don Javier Merino de visita. No lo oyeron llegar. Manuela acudió a recibirlo y les pilló por sorpresa cuando él les preguntó:

—Buenas tardes. Disculpad la intromisión. Me ha parecido oír que estáis hablando de la guerra.

—¡Hola, Javier! Le estaba diciendo a Fernando que me gustaría dar a luz en La Quintana, pero la situación actual de la guerra lo dificulta —aclaró Paula.

Manuela entró detrás de don Javier. Ambos se sentaron en el sofá, uno al lado del otro. El notario, consciente de la situación política del momento, comentó:

—El triunfo de Franco parece indiscutible, pero la reciente ofensiva de las tropas republicanas en la sierra norte de Córdoba complica más la situación que en meses anteriores.

Manuela intervino:

—Por lo que parece, es preferible no hacer planes para dar a luz en La Quintana.

—Aún existe una posibilidad. Puedo intentar conseguir un salvoconducto para que podáis trasladaros sin temor a La Quintana. Sólo tenéis que avisarme con antelación del día que queráis partir y tendréis el salvoconducto y mi coche a vuestra disposición.

—De ninguna manera, Javier. Tú necesitas el coche —respondió Paula.

—No tanto. Me gusta caminar. Además, si realmente lo necesitara, podría usar el de mi padre. Lo tengo guardado en la cochera y apenas lo utilizo.

Paula no había visitado a Javier en la notaría desde hacía tiempo. A veces sentía que traicionaba su amistad, pero era un sentimiento pasajero que solía dejar pasar. Escuchó a su esposo preguntarle:

—¿Qué opinas, Paula?

El matrimonio intercambió miradas de ilusión.

—Eso sería maravilloso, Fernando —respondió ella, y luego se dirigió a Javier—: Muchas gracias. Nos haces un gran favor.

—No es nada. Cuando lleguéis a La Quintana, saluda a tu madre de mi parte.

Paula asintió.

—¿Cuándo queréis partir? —le preguntó Manuela a su hermano.

—Después de Reyes —respondió don Fernando, y añadió—: No creo que nuestro hijo nazca en esta primera quincena.

—En ese caso, Fernandito tendrá que quedarse conmigo. El niño tiene que asistir al colegio —observó Manuela.

—Sí, es lo mejor —convino el doctor.

—No estoy segura de que valga la pena escribir a mi madre para avisarla de nuestra llegada —comentó Paula, consciente de que la censura en el correo causaba retrasos en la entrega de las cartas. Muchas llegaban desorganizadas, y a veces las más antiguas llegaban después que las más recientes.

—No creo que valga la pena gastar dinero en el franqueo; nosotros llegaremos antes que la carta —comentó don Fernando en tono humorístico. Se mostraba contento.

—Tienes razón —asintió Paula con una risa.

Don Javier Merino sonrió de ver a Paula tan radiante en su segundo embarazo y tan feliz de poder volver a La Quintana.

El 13 de enero, tras despedirse de Manuela, Paula y Fernando se dirigieron al cortijo La Quintana, en el automóvil de don Javier. Llegaron por la tarde y sin previo aviso, por lo que Lola se sorprendió al verlos.

Tras un emotivo reencuentro, Paula experimentó una profunda inquietud.

Su inminente parto había pasado a un segundo plano debido a la muerte de Martina.

Aunque había llorado en soledad por la pérdida de su hermana, su duelo permanecía latente y, al reencontrarse con su madre, cobraba una nueva intensidad.

Deseaba afrontar aquella pérdida con la mayor fortaleza posible, expresarle a su madre sus sentimientos y ofrecerle su apoyo. Pero Lola se adelantó al decirle:

—Paula, recibí vuestro telegrama y días después me llegó el de Assumpta.

Ha sido la peor noticia de mi vida. He llorado todo lo que debía llorar.

Por lo tanto, a partir de ahora, quiero que celebremos la nueva vida que está por llegar.

Estoy aquí para lo que necesites y no te imaginas la emoción que siento por conocer a mi nuevo nieto.

Paula asintió en silencio. Le temblaba la barbilla, pero logró contener las lágrimas.

Unas horas más tarde, durante la cena, Paula preguntó:

—Mamá, ¿habéis pasado dificultades a causa de la guerra?

—Además de que bombardearon el pueblo y hubo una víctima mortal, aquí en el cortijo no hemos tenido incidentes graves. Algún robo menor, pero en el cortijo El Zamacal, sí —respondió Lola.

—¿Qué sucedió en El Zamacal? ¿Los Aguirre están bien?

—Están bien. Al parecer, un grupo de requetés les incautó carros y caballos. No sé cuántos.

—¿Requetés? ¡Vaya! Doña Matilde es la más devota y monárquica del pueblo —comentó Paula.

—Así es, hija. La cuestión es que ni doña Matilde ni su hijo, don Ricardo, han dicho nada ni han solicitado nuestra ayuda.

Son orgullosos. A nosotros nadie nos ha molestado, pero tampoco presumimos de lo que tenemos.

Los mejores carruajes están guardados en las cocheras, y cuando vamos al pueblo utilizamos el carro viejo.

—¿Ese carro no es para transportar alimentos?

—Eso es. Lo utilizamos para llevarle al párroco sacos de patatas, cereales, legumbres y naranjas que compartimos con los vecinos más necesitados. Quizás por eso no hemos tenido problemas. No pueden robarnos lo que ofrecemos con generosidad.

—Eso es cierto —respondió don Fernando.

—Además, he decidido que antes de permitir que nuestros caballos sean utilizados para la guerra, los liberaré. Tal como hizo hace años nuestro antiguo capataz, Gerardo Morales. Los caballos sobrevivieron cerca de los arroyos y la fuente de piedra.

—Harás muy bien —opinó Paula. Enseguida cambió de asunto e hizo una pregunta de cortesía—: Por cierto, mamá, ¿qué sabes de Assumpta?

—Sólo sé que tuvo que aplazar la boda. Le envié una carta a principios de año, pero no he recibido respuesta. Supongo que, cuando se case, nos escribirá.

Paula sospechaba que Assumpta ya estaba casada y que sería extraño volver a recibir noticias suyas. Pensaba que el escaso contacto que habían mantenido en el pasado, se debía a la intervención de Martina, pero no compartió su opinión y decidió concederle un margen de confianza a su sobrina.

—Por supuesto, te escribirá. Eres su abuela.

—Ya debería haberlo hecho. Desde que Martina y Sebastián fallecieron hace un año, no he tenido noticias de Assumpta. Quizás sea a causa de la guerra. Han cambiado tantas cosas y el correo es tan irregular.

La confianza de su madre en Assumpta irritó a Paula y, para evitar que se hiciera ilusiones, le dijo con firmeza:

—Mamá, aunque la guerra pueda ser un buen pretexto, no sirve para todos los casos. No excuses a Assumpta. Si no te escribe, es porque no quiere hacerlo. Siempre ha sido una chica independiente, demasiado segura de sí misma.

—No seas tan dura con ella. Es tu sobrina y la única que se preocupa por Pascual. Según tengo entendido, se retiró y ahora vive en Palma.

—Cuidar de su abuelo… siempre me ha parecido más un deber que un mérito —dijo Paula, encogiéndose de hombros, aunque en su voz había un leve matiz de duda.

—Tiene mérito, porque además debe atender las responsabilidades de una mujer casada —dijo Lola.

—Puede que casarse con un Anglada la haya vuelto aún más altanera.

—Basta, Paula. Debemos aceptar a Assumpta tal como es.

—Tienes razón —se disculpó—. Quizás estoy siendo injusta.

—No creo que su matrimonio con un Anglada tenga tanta importancia. A veces, cuando miro hacia atrás, me parece irónico que mi nieta se haya casado con el hijo de don Antoni Anglada, considerando que en su momento fui la sirvienta de su familia, aunque eso ocurrió antes de que Jaume Anglada naciera.

—¡Paradojas de la vida! —dijo Paula acariciándose el vientre.

No volvieron a hablar de Assumpta aquella noche. Se retiraron a dormir temprano.

Al acostarse, Paula permaneció unos minutos despierta, consciente de dónde estaba. El olor de las sábanas recién lavadas y el sonido lejano de los animales del cortijo le devolvían una sensación de seguridad que creía perdida.

A la mañana siguiente, Paula oyó el añorado canto de los gallos de La Quintana y se levantó sintiéndose descansada, después de haber disfrutado de un sueño reparador que no tenía desde hacía mucho tiempo.

Salió torpemente de entre las sábanas y, al mirarse en el espejo, se dio cuenta de que su rostro estaba más hinchado que el día anterior.

En ese momento sintió una fuerte contracción que le indicó que el parto estaba cerca.

Ella misma fue a buscar a su esposo, que se estaba afeitando en el cuarto de baño.

Paula tenía treinta y nueve años y su esposo cincuenta y dos cuando, el 15 de enero de 1939, don Fernando asistió a su esposa en el parto sin complicaciones y nació su segundo hijo. Fue una niña a la que decidieron llamar Adela, en honor a la abuela paterna de Fernando.

Con ternura, Lola lavó a su nieta con agua tibia y jabón suave, la vistió con delicadeza y la envolvió en una suave y cálida manta de lana antes de entregársela a Paula.

Con el dulce aroma del recién nacido aún impregnado en sus brazos, Lola salió del dormitorio, dejando al matrimonio a solas con su nueva hija.

En ese momento, sintió el deseo de compartir con Assumpta su inmensa felicidad por ser abuela por tercera vez.

Le escribió una larga carta para informarle del nacimiento de Adela y le pidió que se lo comunicara a Pascual, sin saber que su marido, a quien no había visto en años, había fallecido dos meses antes.