Los Herederos de Son Carvall (La saga de los Anglada 2) Capítulo 89. Encuentro casual
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Capítulo 89. Encuentro casual

Mateo Morales y Angelines, tras dos años de convivencia sin haberse casado, tuvieron un hijo, al que llamaron Juan Mateo.

Después del nacimiento del niño y de disfrutar junto a su pareja de los primeros momentos íntimos familiares, Mateo se acordó especialmente de varias personas.

En primer lugar de su madre, Amelia, por la alegría que tendría con el nacimiento de Juan Mateo, su primer nieto.

En segundo lugar, pensó en su tía Carmeli por todo lo que había hecho por él durante su etapa de estudiante y, por extensión, en su primo Armando, que le había advertido que debía casarse con Angelines o, de lo contrario, lo mataría.

Lo veía muy capaz de buscar venganza para apaciguar el odio que siempre llevaba dentro.

Y, finalmente, recordó a Paula.

En la etapa final de su segundo embarazo, Paula, como de costumbre, acababa de dejar a su hijo en el colegio y, al regresar a casa, se detuvo un momento en medio de la plaza de La Corredera.

Le apetecía sentir cómo el sol de la mañana acariciaba su rostro con sus suaves rayos otoñales.

Cerró los ojos unos instantes. Al abrirlos de nuevo, vio a Mateo cruzando la plaza en diagonal.

Sin percatarse de su presencia, él pasó a pocos metros de ella, ensimismado.

Caminaba con paso firme, como si llegara tarde a algún sitio.

Aunque a Paula le parecía estar viendo una imagen extraída de un sueño, era real. Habían pasado trece años desde su último encuentro, en la víspera de su boda.

Ambos habían cambiado. Mateo tenía el cabello más corto y estaba más delgado, pero su aspecto era saludable y conservaba un aire juvenil a pesar de estar cerca de la cuarentena.

Usaba unas gafas de montura metálica que le daban un aire intelectual.

Ella se preguntó si seguiría siendo el mismo Mateo que había conocido; tal vez había encontrado la felicidad en los brazos de alguna mujer, quizás había superado las adversidades de la guerra con más fortuna que ella.

Al verlo pasar cerca, se dio cuenta de que su corazón latía con la misma intensidad que antes. Mateo no sólo era el padre de su hijo Fernando, sino también el amor que nunca había logrado olvidar.

Era un día agradable, lleno de luz, y aunque la plaza de La Corredera estaba protegida con sacos terreros, la claridad natural que iluminaba el lugar le parecía un regalo para la vista.

Sintió deseos de correr hacia él, abrazarlo y revelarle que tenían un hijo en común, pero algo en su interior la hizo detenerse.

Llegó a la conclusión de que era mejor dejar las cosas tal como estaban.

Se dio la vuelta para alejarse en dirección opuesta a la de él, pero, tras unos pocos pasos, se detuvo y, antes de perderlo de vista, como si una fuerza sobrenatural e inexplicable la guiara, gritó su nombre:

—¡Mateo!

Él se volvió hacia ella. Se acercaron el uno al otro, ambos con una emoción contenida.

—¡Hola, Paula! ¡Qué alegría verte de nuevo!

—¡Hola, Mateo! ¿Cómo estás?

—No me quejo, dadas las circunstancias. Estoy avanzando en etapas. Acabo de ser padre. Tengo un hijo con Angelines, que nació hace tres semanas. Por lo que veo, tú también tienes buenas noticias —dijo él, desviando su mirada con un gesto sutil hacia el vientre abultado de ella.

—Este es mi segundo embarazo. Tengo un hijo de doce años. ¿Y tú, te has casado? —preguntó Paula.

—Vivo con Angelines, pero no estamos casados —respondió Mateo, recordando que meses atrás, después de enterarse del embarazo de Angelines, se había encontrado en una encrucijada, debatiéndose sobre si debía casarse con ella, aunque finalmente desechó la idea del matrimonio.

—Al parecer, todo son buenas noticias. ¿Para cuándo esperas el feliz acontecimiento? —preguntó él.

—Para mediados de enero.

—Mis felicitaciones para ti y tu esposo. ¿Cómo le va a Fernando en el consultorio?

—Ahora trabaja en el hospital Provincial. Le va bien —respondió ella y cambió de tema—. ¿Todavía tienes el piso de “la catedral”?

Él recordó que Paula tenía una copia de la llave de aquel piso, pero no la invitó a reunirse allí, como solían hacer, ni le pidió que se la devolviera. Aunque anhelaba intensamente regresar con Paula a aquella cama de sábanas revueltas, como en sus años universitarios, sólo contestó:

—Sí. Sigo pagando el alquiler porque es asequible, pero no vivo allí. Vivo con Angelines en una casa de mis suegros, en el barrio de la judería. Aunque en el piso conservo algunos de mis expedientes. Los más delicados los destruí.

—No te pongas en riesgo. Ahora tienes un hijo. Debes pensar en él —dijo Paula, acariciándose el vientre, insinuando que ella sí pensaba en los suyos.

—Lo sé. Soy cauteloso. En nuestra profesión hay que serlo —dijo Mateo.

—Cuando comenzó la guerra, pensé que tú y tu familia os mudaríais a La Quintana.

—Ese ha sido siempre mi deseo, pero Fernando aceptó el trabajo que le ofrecieron en el Hospital y, además, nos requisaron el coche. Sólo he visto a mi madre en pocas ocasiones desde que comenzó la guerra, y ha sido gracias a la generosidad de don Javier Merino. A él no se lo han requisado.

—Eso es porque debe tener conexiones en las altas esferas militares —comentó Mateo.

—No lo sé, Mateo. No hago preguntas. La guerra me ha enseñado a ser prudente y a evitar la curiosidad —dijo ella.

—No hace falta ser curioso para estar informado sobre lo que ocurre. Las noticias llegan a través de los periódicos, a pesar de la censura, y los rumores nunca cesan. ¿Te has enterado del bombardeo en Cabra? Hay más de cien víctimas.

—Preferiría no hablar de la guerra. Debo marcharme.

—¿Qué prisa tienes? ¡Hay tanto de qué hablar!

Mateo deseaba prolongar su compañía, aunque sólo fuera unos instantes más, y seguir contemplándola.

Paula tenía ojeras y el cansancio se reflejaba en su rostro.

Llevaba la cara limpia, sin rubor en las mejillas ni color en los labios.

Pero era así, en su estado más natural, como más le gustaba a él.

—Ahora debo irme. Mi cuñada me espera en casa.

La única idea que se le ocurrió a él para retrasar la despedida fue preguntar:

—¿Has tenido noticias de mi primo Armando?

—No —respondió ella con tono cortante.

—Lo vi hace poco en un permiso que le dieron. Está intratable. La guerra ha alimentado su ego desmedido —dijo Mateo.

—Prefiero no hablar de él —dijo Paula.

—No es necesario que te lo diga, porque tú ya lo sabes, pero te lo diré igualmente: Paula, siempre te querré —le confesó Mateo de manera inesperada, incapaz de despedirse sin reiterarle sus sentimientos.

—Deja de decir eso. Ya no somos quienes éramos antes de la guerra. Tengo que irme, Mateo.

—Claro. Nos veremos otro día —respondió él, apartándose y dejándola marchar.

—Adiós, Mateo —dijo ella.

La Plaza de La Corredera fue testigo de aquella despedida, pero sólo el destino sabía si volverían a encontrarse.

Paula regresó a casa exhausta después del largo paseo.

Al subir las escaleras, resonaban en su mente las palabras de Mateo: «Siempre te querré».

Se acarició el vientre y sintió los suaves movimientos de su bebé.

Pensó en sus hijos y en el hijo recién nacido de Mateo; los tres niños eran motivo suficiente para mantener sus caminos separados.

No quería pensar en Mateo, pero tampoco sabía cómo liberarse de sus recuerdos.

Volvió a sentir la provocación del placer y la excitación cuando él la miraba; seguía amándolo.

Al despedirse de él con un simple: «Adiós, Mateo», había deseado hacerlo con un beso apasionado, como en tiempos pasados.

Todo aquello la envolvía en una sensación de culpa y, mientras se cambiaba de ropa en su dormitorio, se miró en el espejo del armario y vio un rostro distante y triste que apenas reconocía como el suyo.

Comprendió que sólo encontraría la paz si lograba borrar a Mateo de su mente. Entonces lloró en silencio.

Unos minutos después, Paula entró en el salón de su casa. Manuela estaba bordando con un bastidor. Al verla, le preguntó:

—¿Has estado llorando, Paula?

—Sí, de dolor —respondió con firmeza. En realidad, se refería al sufrimiento de su corazón, aunque no podía admitirlo.

—No te preocupes, el dolor de espalda se te pasará. ¿Es por el peso del embarazo? —dijo Manuela.

—Sí. Es por eso —dijo Paula, aunque esta vez no fue del todo sincera.