Los Herederos de Son Carvall (La saga de los Anglada 2) Capítulo 88. Leyendas marineras
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Capítulo 88. Leyendas marineras

Pascual estaba a punto de zarpar en su llaud hacia la costa de Calviá cuando vio a su nieta Assumpta acercándose por el pantalán. Sintió que había vivido aquella escena en otras ocasiones, con la única diferencia de que ahora era Assumpta y no Martina quien caminaba hacia él.

Bajó de la barca para saludar a su nieta y la observó con atención.

Volvió a reconocer en ella muchos gestos de Martina.

Aquella semejanza seguía despertando en él una mezcla de orgullo y tristeza.

No pasaba un sólo día sin recordar a su hija mayor, aunque ya había transcurrido casi un año desde su fallecimiento.

Desde entonces, la soledad lo oprimía como nunca antes.

Martina siempre había sido muy atenta con él; lo visitaba en su humilde hogar y nunca se avergonzó de él ni le preocupó que alguien de su misma clase social los viera juntos.

—Hola, abuelo, ¿ibas a pescar? Veo que llevas las cañas a bordo.

—Hola, Assumpta. Prefiero pasar un rato contigo.

—Entonces, ¿damos un paseo? —preguntó Assumpta.

Se dirigieron por el sendero que bordeaba la costa. Sin una razón clara, Pascual quiso compartir con Assumpta la creciente preocupación que lo acosaba al pensar en el final de su vida. La vejez lo inquietaba cada vez más.

—A veces temo envejecer y no poder valerme por mí mismo. Pero no le temo a la muerte. Eso no.

—¿Por qué me dices esto? A tus setenta y ocho años disfrutas de buena salud. Incluso vas a pescar solo —respondió Assumpta, intentando animarlo.

—Cuando llegue mi hora, no quiero que sientas tristeza.

He tenido una vida con altibajos, alguna satisfacción y duras desgracias: me refiero a la muerte de tu madre y a la pérdida de mi familia.

Los pocos logros que he conseguido han tenido un alto precio.

Lo único que he obtenido a cambio ha sido una vida en soledad.

—No estás solo. Puedes contar conmigo.

—Lo sé, pero añoro a tu madre.

—Yo también. No puedes imaginar cuánto —respondió ella.

—Sí puedo —dijo Pascual, con determinación y un leve atisbo de tristeza.

Durante su paseo, además de estos temas, también hablaron de cosas triviales. Luego regresaron al muelle y se despidieron frente al llaud, sin concretar un nuevo encuentro.

—Debo irme, abuelo. Me esperan en la parroquia.

Pascual conocía bien las responsabilidades de Assumpta y el compromiso que había asumido al hacerse cargo de las tareas de beneficencia que antes desempeñaba su madre.

Asintió con un leve movimiento de cabeza y se despidió de ella justo cuando las campanas de la iglesia de San Magín comenzaron a sonar.

Mientras observaba a su nieta alejarse, una extraña sensación de despedida se instaló en su ánimo.

Aquel tañido despertó en él una vaga premonición, la impresión de que no volvería a verla.

Desde ese día dejó de ir a la playa de Es Jonquet para reparar las redes con sus amigos pescadores del barrio.

En su lugar, comenzó a navegar a diario, impulsado por el deseo de aprovechar al máximo el tiempo que le quedaba.

Como patrón de barco, conocía bien la leyenda marinera que muchos de sus compañeros compartían sobre las gaviotas.

Decían que esas aves representaban las almas de los marineros fallecidos en el mar, que regresaban convertidas en gaviotas para advertir a los vivos sobre la llegada de tormentas.

Pascual anhelaba morir en el mar, con la esperanza de que su alma se transformara en una gaviota y así mantener un vínculo eterno con el mundo marino.

De hecho, deseaba que una tormenta feroz lo sorprendiera y lo obligara a navegar sin rumbo, dejándose llevar por las corrientes con su llaud a la deriva.

O incluso algo más espectacular, como que un rayo cayera sobre su barco y lo incendiara, como los héroes de las antiguas leyendas vikingas que partían hacia la inmortalidad envueltos en llamas.

Todas estas historias las había escuchado en las tabernas de los puertos, rodeado de marineros ebrios.

Sin embargo, esas tormentas y tempestades de su imaginación nunca se hicieron realidad.

Se desataban con fuerza, rugían y pasaban de largo, mientras que él regresaba siempre a la orilla, desilusionado y sin un sólo rasguño.

El destino decidió que la muerte sorprendiera a Pascual en su lecho, de la forma más simple. Su última noche en este mundo, se acostó como siempre, se sumergió en un profundo sueño y no despertó.

A la mañana siguiente, los pescadores, que solían verlo salir a navegar cada día, se alarmaron al ver su llaud amarrado al bolardo y decidieron ir a buscarlo a su casa.

Llamaron a la puerta y, al notar que no estaba cerrada con llave, entraron y encontraron su cuerpo sin vida.

Informaron a Assumpta, quien se encargó de los preparativos de los actos fúnebres de su abuelo: la misa, el entierro, e incluso mandó inscribir en su lápida, justo debajo de su nombre completo, el alto rango que había alcanzado con tanto esfuerzo y dedicación en su oficio:

PASCUAL SUREDA AMENGUAL

PATRÓN SUREDA.