Los Herederos de Son Carvall (La saga de los Anglada 2) Capítulo 87. Festejar la situación
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Capítulo 87. Festejar la situación

Un mes después de que el general Franco firmara el parte con el que ponía fin a la Guerra Civil, la primavera brillaba en todo su esplendor y don Antoni Anglada consideró que aquel era un momento óptimo para regresar a Palma y celebrar la nueva realidad.

Se sentía tan lleno de optimismo y generosidad que pasó toda la mañana organizando los libros de su biblioteca.

Sacó de los estantes varias decenas de volúmenes de su difunta esposa y los apiló sobre una mesa.

Entre ellos había textos religiosos, libros de recetas de cocina mallorquina y varias novelas de autores que no lograban despertar su interés.

Al finalizar la clasificación, ordenó que llamaran al amo Gabriel. Tan pronto como llegó, le dijo:

—Búscame varias cajas para guardar los libros que he dejado sobre la mesa. Quiero llevarlos a Can Anglada. Ponlos en el maletero del coche y avisa a tu nieta de que nos vamos los tres a Palma.

—¿Necesita a Aina para organizar la biblioteca? —preguntó sorprendido el amo Gabriel.

—La necesito para arreglar los armarios y donar a la beneficencia ropa y zapatos. Quizás nos quedemos en Palma un par de días.

Horas más tarde, al llegar a Palma, don Antoni sintió que su ciudad natal lo acogía con un cálido abrazo tras tantos años de ausencia. En ese instante, cuando estaban a pocos metros de Can Anglada, se sorprendió al oír a Aina preguntarle:

—Don Antoni, ¿cree que yo podría aprender a conducir un coche?

El señor de Son Carvall dejó escapar una carcajada breve, más por sorpresa que por diversión, y respondió:

—Aina, tienes talento para muchas cosas, pero conducir… ¡Qué ocurrencias!

Ella no se atrevió a preguntar por qué. Tenía dos brazos y dos piernas, igual que él, pero, al ver la expresión de desaprobación de su abuelo, decidió no insistir y respondió:

—Creo que he dicho una tontería.

Don Antoni asintió con un gesto. Detuvo su vehículo frente a Can Anglada, le entregó las llaves de la casa al amo Gabriel y aguardó a que descendiera del coche y abriera la gran puerta de madera que daba acceso a la cochera.

En esos momentos, al encontrarse frente a la vivienda que pertenecía a su familia desde generaciones atrás, en su antiguo barrio, el de la nobleza palmesana, sintió renacer en su interior el orgullo de su linaje y su pertenencia a lo más ilustre del bando vencedor.

La guerra había reforzado su posición y su fortuna. No ocultaba su satisfacción; al contrario, sentía la necesidad de exhibirla en público. Aquella mañana decidió asistir a misa en Santa Eulalia y dejarse ver paseando por las principales calles y plazas de Palma.

Estacionó el automóvil, subió a la planta noble, introdujo la llave en la cerradura y abrió la puerta. Se volvió hacia Aina y Gabriel, que esperaban al pie de la escalera, y exclamó:

—¡Subid! ¿A qué estáis esperando? Hay que abrir y airear todas las estancias.

Gabriel había estado allí en ocasiones anteriores; sin embargo, para Aina era la primera vez.

—Yo me encargo —dijo ella con determinación, aunque, al entrar y observar la amplitud de los espacios y la cantidad de objetos, aclaró—: Todo esto no se podrá limpiar y organizar en un sólo día, don Antoni.

—Soy consciente de ello. Además, quiero que se vacíen los armarios y baúles de ropa y calzado para donarlos a la caridad —dijo don Antoni, y dirigiéndose a Gabriel, añadió—: Encárgate tú. Puedes usar el coche para transportar las cosas mientras doy un paseo antes de ir a misa.

—¿Desea que donemos todo a la beneficencia? ¿Está seguro? —preguntó Aina al abrir uno de los armarios repletos de vestidos femeninos.

—Puedes dejar media docena de vestidos de mi esposa, los más nuevos. Los guardaré como un recuerdo —dijo don Antoni, recordando cuánto había admirado siempre la elegancia con la que siempre se vestía Inmaculada.

Aina entró en el local de beneficencia de la parroquia y saludó a la joven que salió a atenderla. Era Assumpta, quien ahora ocupaba el lugar de su difunta madre.

—Traemos ropa de Can Anglada —dijo Aina, mientras su abuelo permanecía en la entrada, sin apartar la vista del coche estacionado justo enfrente, esperando instrucciones para descargar las cajas.

Assumpta intentó disimular su sorpresa al oír mencionar el nombre de Can Anglada, y preguntó:

—¿Qué tipo de ropa traen?

—De hombre, mujer y niños. También zapatos de invierno y verano —respondió Aina.

Assumpta se dio cuenta de que entre aquellas prendas podrían encontrarse algunas de su esposo y de su cuñada, pero decidió ser discreta y no mencionarlo.

—¿Dónde está la ropa y el calzado? —preguntó Assumpta.

—En el maletero del coche —respondió Aina, señalando el automóvil aparcado en la calle.

Assumpta miró hacia el exterior y, al ver al amo Gabriel, reconoció en él al hombre que, desde el inicio de la guerra, le había estado llevando a sus padres, en Can Villalonga, carros cargados de trigo, cereales, frutas y verduras.

Comprendió que el benefactor había sido su suegro, don Antoni.

Su madre lo sabía; tal vez incluso había llegado a un acuerdo con él.

Pero, ¿de qué le serviría revelar aquellos hechos del pasado a Jaume o Magdalena?

El silencio parecía ser la mejor opción cuando las palabras eran innecesarias o dolorosas. Su madre también le había enseñado eso.

Al concluir su trabajo en el local de la beneficencia, se le ocurrió que podría acercarse a Can Anglada, presentarse ante don Antoni, informarle de que era su nuera y agradecerle la generosa donación de ropa para los necesitados; pensó, sin embargo, que eso implicaría ignorar a Jaume y, de inmediato, desechó la idea.

Cuando regresaba a su casa, Assumpta vio por casualidad a don Antoni, cerca de la plaza de Santa Eulalia.

Ambos caminaban en la misma dirección; ella iba unos metros detrás de él.

En su porte distinguido se percibía la seguridad de un hombre poderoso y arrogante, lo que hizo que ella se sintiera, en cierto modo, vulnerable.

El mero hecho de pertenecer a la familia Villalonga y estar casada con su hijo, un Anglada, no bastaría para llamar su atención.

Lo siguió un par de calles hasta que lo vio detenerse en la terraza de un café.

Ella continuó su camino. Aquella fue la única ocasión en que tuvo la oportunidad de presentarse ante él, de decirle que era su nuera, pero tampoco se atrevió.

Don Antoni, sentado en la terraza del café, se fijó en Assumpta sin saber que ella formaba parte de su propia familia.

Aunque le resultó familiar, quizás como hija de algún vecino de su antiguo barrio, no logró reconocerla.

La contempló alejarse mientras esperaba a que el camarero le sirviera lo que había pedido.