Capítulo 86. Llevaré el luto en mi corazón
Una semana antes de la nueva fecha fijada para la boda, Assumpta fue en busca de su abuelo Pascual.
Al no encontrarlo en casa, se dirigió a la playa de Es Jonquet, donde él solía pasar el tiempo con sus amigos pescadores, reparando las redes.
Desde lejos lo vio sentado en la orilla mirando el mar.
Se acercó despacio y cuando estuvo a su lado lo saludó:
—¡Hola, abuelo! Necesito hablar contigo.
—¡Hola, Assumpta! ¿Quieres que vayamos a mi casa? —dijo él, levantándose.
—No es necesario. Podemos quedarnos por aquí, al aire libre —respondió ella.
Caminaron unos pasos hasta unas rocas. El sol del mediodía brillaba con la calidez propia de un día de principios de febrero.
Ella sacó un pañuelo del bolso y lo extendió sobre una roca para no ensuciarse el vestido.
Pascual esperó a que se sentara y luego se acomodó a su lado, mirando también hacia el mar.
El sonido de las olas acompañó las palabras de Assumpta cuando dijo:
—Abuelo, hay algo de lo que no te he hablado.
—¿De qué se trata?
—Después de pensarlo mucho, creo que a mamá le habría gustado que, a estas alturas, ya estuviera casada con Jaume. Llevaré el luto en el corazón, esté soltera o casada. Quisiera saber qué opinas —dijo ella, mirándolo de reojo, tratando de averiguar si comprendía lo que quería decir.
—¿Por qué me cuentas esto? Sé lo que es perder seres queridos, pero la vida sigue para quienes nos quedamos. Si quieres casarte, hazlo.
—Eso es lo que he venido a decirte. Jaume y yo hemos decidido casarnos este mes. He venido a invitarte a la boda, pero no me ofenderé si decides no venir.
—Iré a la iglesia para la ceremonia, aunque no asistiré al banquete ni a la celebración. Ya te lo dije en su momento y sigo manteniendo esa decisión.
—¿Por qué?
—Porque si tu abuela Lola no está en los festejos, yo tampoco debo estar. Es una cuestión de coherencia personal y mi decisión es definitiva —respondió él.
—La abuela Lola está en la península, mientras que tú estás aquí.
En ese instante, Pascual recordó al futuro suegro de Assumpta, don Antoni Anglada, y preguntó, con cierto interés:
—¿Asistirá el padre de Jaume?
—No creo que don Antoni venga a la boda. Ni siquiera ha mostrado interés en conocerme. Desde hace años vive en la posesión Son Carvall y les ha prohibido tanto a Jaume como a mi cuñada Magdalena acercarse allí.
Pascual sonrió al recordar que a él también le había prohibido el acceso al aljibe de Son Carvall, pero siempre encontraba la manera de saltarse la prohibición.
Cada vez que visitaba Son Carvall, lograba acercarse al aljibe para admirar los botes de colores: uno rojo, otro azul y el tercero amarillo, que habían sido construidos por su amigo mestre Pep.
—Recuerdo la posesión Son Carvall —comentó Pascual.
—¿Qué recuerdas? —preguntó Assumpta con curiosidad.
—No sé si tu madre llegó a mencionarte que fue en Son Carvall donde conocí y me enamoré de tu abuela.
—Nunca me lo dijo. ¿Cómo conociste a la abuela? —preguntó Assumpta, intrigada.
—Ella trabajaba como sirvienta para los Anglada, y yo me dedicaba a vender pescado, que transportaba en una carreta. A veces, los Anglada me hacían un encargo y se lo entregaba a tu abuela.
Aquella revelación le produjo una profunda incomodidad.
Nunca había imaginado que su abuela Lola hubiera servido en casa de los Anglada y, por primera vez, fue consciente de la distancia que separaba ambas familias.
Durante unos instantes se preguntó qué pensaría Jaume si llegaba a saberlo.
Quizás no le daría importancia, pero ella no lograba apartar de su mente la diferencia que existía entre su familia materna y los Anglada.
—Siempre pensé que habías trabajado en los barcos. Eres patrón —dijo Assumpta con desánimo.
—Antes de trabajar en los barcos, vendía pescado.
—No lo sabía. Mamá nunca me lo contó.
— Mestre Pep, precisamente, quien construyó las tres barquitas de colores para el aljibe de Son Carvall, me consiguió mi primer empleo como mozo de carga en un bergantín —explicó Pascual con una sonrisa nostálgica.
—Jaume me ha hablado de esos botes. Yo nunca he estado en Son Carvall —respondió Assumpta.
Pascual, sin saber que las pequeñas embarcaciones ya no existían, pues don Antoni las había incendiado en un arrebato de ira, seguía hablando de las barquitas con melancolía:
—Cada vez que iba a Son Carvall, me quedaba fascinado mirando los botes de colores flotando en el aljibe, hasta que tu abuela me decía que me marchara para evitar que don Antoni nos regañara.
—Abuelo, preferiría que Jaume no supiera que la abuela Lola trabajó como sirvienta de los Anglada —dijo Assumpta con cierta preocupación.
—No creo que sea prudente ocultárselo. Un matrimonio debe basarse en la confianza y la sinceridad. Además, podría enterarse por otras personas —respondió Pascual con un gesto de contrariedad.
—Insisto. No quiero que lo sepa —expresó Assumpta, con un tono de angustia.
—No te preocupes por mí. No seré yo quien se lo diga.
Assumpta ignoraba que aquel secreto acabaría llegando a oídos de Jaume y que, con el tiempo, tendría consecuencias que en ese momento no podía prever.
Desde el día en que ambas familias sellaron el compromiso habían transcurrido diecinueve meses marcados por el avance de la guerra y las dificultades crecientes de la vida cotidiana. Finalmente, Assumpta y Jaume se casaron el 7 de febrero de 1938, en plena Guerra Civil.
Muchos de los planes que habían hecho antes de la guerra no pudieron llevarse a cabo debido a la situación del país. Quizás la única excepción fue el hermoso vestido de novia y el delicado ramo de flores que llevaba Assumpta.
La ceremonia religiosa estuvo cargada de emoción, especialmente cuando ella avanzó por el pasillo central de la iglesia de Santa Eulalia hacia el altar, del brazo de su cuñado Alfonso.
El templo estaba más silencioso de lo habitual.
El eco de sus pasos sustituía la música alegre que Assumpta había imaginado meses atrás.
Por un instante, creyó oír una sirena lejana y sintió el impulso de volverse hacia la puerta.
Ni la abuela Lola ni la tía Paula pudieron asistir al enlace matrimonial.
Ambas enviaron un telegrama felicitando a la pareja y disculpándose por su ausencia, debido a la guerra y las dificultades para viajar a Mallorca.
Tampoco estuvo presente don Antoni Anglada, pero en su caso la razón era distinta: Jaume no se tomó la molestia de invitarlo.
El banquete no fue tan lujoso como lo habían planeado antes de la guerra, y los invitados fueron mucho menos numerosos.
Sin embargo, tras la ceremonia, los novios celebraron el acontecimiento con sus amigos más cercanos y disfrutaron de una merienda sencilla con chocolate caliente, cocas de patata y ensaimadas, preparadas en un horno cercano cuyo sótano también servía como refugio antiaéreo.
La pareja decidió renunciar a su luna de miel, no sólo debido a la guerra, sino también por el duelo por la muerte de los padres de la novia.