Capítulo 85. Navidades amargas
Tres días después de celebrar su trigésimo séptimo cumpleaños, Paula estaba poniéndose el vestido nuevo que su cuñada le había confeccionado con su máquina de coser.
En ese momento, estaba sola en casa. Fernando trabajaba en el hospital y Manuela había ido a esperar a Fernandito a la salida del colegio.
De repente, se oyeron dos golpes firmes en la puerta.
Antes de abrir, se tomó un instante para abrocharse los puños del vestido.
Era el cartero, un hombre de mediana edad, cordial y conocido desde hacía años, aunque aquel día, a diferencia de otras veces, la saludó con una seriedad que le hizo sospechar que traía malas noticias.
Paula cogió el telegrama, se despidió de él y cerró la puerta con la mano temblorosa.
Las palabras resonaron en su mente mientras las releía una y otra vez, como si necesitara convencerse de la realidad que el mensaje revelaba. Entonces se abandonó al llanto, un llanto sincero y desgarrador.
Durante varios segundos, Paula se quedó mirando la imagen de Martina con profunda nostalgia.
En la fotografía aparecía tan joven y radiante que parecía absorber toda la atención, como si en aquel retrato familiar sólo existiera su hermana.
Sin soltar el portarretratos, se levantó y fue al cuarto de baño en busca del frasco de pastillas para el dolor de cabeza.
Tomó una, se quitó los zapatos y se dejó caer en la butaca del salón, abrazada al portarretratos.
Cuando don Fernando llegó una hora después, Paula seguía en la misma posición; él le tocó suavemente el hombro, observó sus ojos hinchados y preguntó sin rodeos:
—¿Por qué has estado llorando?
Paula se aclaró la garganta antes de responder:
—Martina y Sebastián han muerto en un accidente de tráfico. Tenemos que enviar un telegrama a mi madre. No estoy segura de que Assumpta lo haya hecho.
Le costó encontrar las palabras, pero las pronunció con la mayor dignidad que pudo reunir.
—Yo me encargaré —respondió él.
Luego se acercó a su esposa y la abrazó con ternura, en silencio; sobraban las palabras.
Lola, que había cumplido los setenta y seis años sin celebraciones de ningún tipo, se repetía constantemente que, a pesar de su edad, su mente seguía siendo lo bastante aguda para gestionar el cortijo, aunque el cuerpo ya no respondiera con la misma fuerza de antes.
Su yerno le había diagnosticado años atrás un leve problema cardíaco.
Tal vez por eso sentía cada día más fatiga y deseaba que la guerra terminara pronto, para que Paula pudiera compartir con ella las responsabilidades del cortijo.
En medio del conflicto bélico, su único anhelo era que los días transcurrieran con la mayor monotonía posible, porque cuanto menos supiera sobre la barbarie de la Guerra Civil, más tranquila se sentiría y menos sufriría su corazón.
Como cada día, Lola salió a pasear por el naranjal, aunque antes pasó por la cocina para coger un cuchillo con el que pelar una naranja.
Caminó por el sendero que la conducía directamente a los naranjos, arrancó una fruta del árbol y se sentó en un banco de madera cercano.
No se dio cuenta de la llegada del cartero hasta que su joven sirvienta, Sole, que había ocupado el puesto de Amelia tras su retiro, apareció por el sendero con un sobre en la mano.
En un gesto instintivo, como si no quisiera enfrentarse al contenido del telegrama, Lola desvió la mirada hacia el naranjal.
Hasta entonces, la mañana había sido espléndida, con los suaves matices invernales que la hacían tan agradable, pero pronto el día se volvió sombrío al sentir que un mal presentimiento le recorría el cuerpo y le helaba el ánimo.
Lola tomó el sobre, pero lo dejó sobre su regazo sin abrirlo, mientras su mirada se perdía en el horizonte.
—¿No va a leerlo? —preguntó Sole con confianza.
—Sí, claro. Debería —respondió Lola, con un tono tan neutro que la sirvienta no supo si se trataba de una respuesta vacía o de un deseo sincero.
La verdad era que Lola no quería abrir el telegrama. Temía que trajera malas noticias y no estaba segura de que su corazón, ya frágil, pudiera soportarlas. No quería morir bajo un naranjo; prefería hacerlo tranquila, en su cama.
—¿Quiere que termine de pelar la naranja? —preguntó la joven al ver el cuchillo sobre el banco, junto a la fruta intacta.
—He perdido el apetito. Regresemos a casa. Allí leeré el telegrama.
En ese momento, una escuadrilla de aviones de combate sobrevoló La Quintana.
Ambas permanecieron quietas bajo los árboles, esperando a que el ruido ensordecedor de las aeronaves se desvaneciera y los sonidos naturales del campo recuperaran su lugar.
Lola llevaba el sobre en la mano como si fuera una carga pesada mientras caminaban de regreso a la casa.
Al llegar al salón, se dejó caer en el sofá.
—¿Quiere que la deje sola? —preguntó Sole, preocupada.
—Prefiero que te quedes. Siéntate aquí, a mi lado —respondió Lola con una voz que sonaba más a una súplica que a una orden.
Lola abrió el telegrama y lo leyó. Era de su yerno, Fernando, y contenía la noticia más devastadora que había recibido en su vida.
Su rostro cambió por completo, hasta el punto de que su mirada, cargada de tristeza, parecía perderse en el vacío y desdibujar cuanto la rodeaba: la figura de Sole se convirtió en una sombra borrosa; después todo fue oscuridad.
Ni siquiera se dio cuenta de que había cerrado los ojos.
—¿Qué ha pasado? —preguntó la sirvienta, con voz suave.
Lola abrió los ojos y respondió con un hilo de voz:
—Hace dos semanas que murieron en un accidente de coche.
—¿Quiénes? —preguntó Sole.
—Mi hija Martina y mi yerno Sebastián.
Lola no lloró. La sirvienta tampoco; no conocía a los fallecidos. Por eso Lola le había pedido que se quedara: para no tener que llorar delante de ella. Prefería hablar:
—Anteayer estuve pensando en Martina. La imaginaba organizando la boda de mi nieta Assumpta.
Sole iba a hacer una pregunta, pero se detuvo al ver que Lola hacía un gesto con la mano, como si intentara ordenar algo en su mente. Al no recibir respuesta, insistió:
—¿Qué iba a decirme?
—Martina tenía sólo cuarenta y siete años —dijo Lola y, tras un largo suspiro, añadió con tristeza—: ¡Qué navidades tan amargas!
Recordó la primera Navidad que pasó sin reunir a sus hijas.
Habían transcurrido veintiséis años desde entonces.
Fue en 1911, cuando Martina se casó y se marchó de luna de miel.
Al mismo tiempo, Paula y ella emprendieron su largo viaje, de Mallorca hasta La Quintana.
Desde entonces, habían transcurrido veintiséis años.
Miró a la sirvienta con gratitud y le pidió que la dejara sola.
La joven salió del salón y cerró la puerta tras de sí.
Fue entonces cuando Lola comenzó a llorar por la muerte de Martina y Sebastián, por la ausencia de sus seres queridos y por la sensación de que los años habían pasado sin que ella apenas lo advirtiera, dejándole una profunda inquietud ante su propia vejez y la soledad impuesta por la guerra.
Cuatro días después, tras haber vivido las peores Navidades de su vida, cuando aún sentía en el pecho el dolor desgarrador por la ausencia de los suyos, Lola oyó ladrar al perro.
Se puso las gafas y se asomó al ventanal para ver quién era.
No vio a nadie, pero reconoció la bicicleta del cartero apoyada contra la pared. Fue a recibirlo.
El joven le traía el telegrama que Assumpta había enviado desde Mallorca. Llegaba con retraso. Lola ya había recibido la misma noticia dos veces y, por extraño que pudiera parecer, ese segundo telegrama le causó un impacto aún mayor, más doloroso incluso que el primero.