Los Herederos de Son Carvall (La saga de los Anglada 2) Capítulo 84. Desconcierto indescriptible
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Capítulo 84. Desconcierto indescriptible

En el cementerio de Palma, durante el sepelio de doña Martina y don Sebastián, un frío intenso envolvía a los familiares y amigos reunidos para rendirles un sincero homenaje de despedida.

Pascual, solitario y poco sociable, estuvo presente en el entierro de su hija y de su yerno.

Se afeitó la barba de varios días, se aseó y se puso su único traje oscuro, el abrigo y un sombrero de fieltro para protegerse del frío.

Optó por usar bufanda y guantes, aunque no era su costumbre, convencido de que aquellos accesorios le darían un aire de mayor respetabilidad, pues su presencia era lo único que podía ofrecerle a su nieta en aquellos momentos difíciles: un abuelo que no pareciera un viejo patrón de barco que, a esas alturas, apenas servía para reparar redes ajenas.

No quería convertirse en el centro de atención, pero no pudo negarse cuando Assumpta lo vio en el cementerio, se acercó y le dijo: «Gracias por venir, abuelo.

Te necesito a mi lado. Ven conmigo». Después de aquellas palabras, Pascual se aferró con torpeza al brazo de su nieta, que lo condujo hasta un lugar destacado frente a la sepultura familiar.

Sin saber qué decir, permaneció en silencio mientras intentaba ocultar su aflicción y su desánimo.

Quería agradecerle a Assumpta su consideración y cariño, aunque también deseaba hacerle entender que ella se equivocaba respecto a él; no merecía tanto afecto por su parte.

Al concluir el entierro, los asistentes se retiraron después de ofrecer palabras de consuelo a los familiares.

Junto a Assumpta sólo permanecieron las dos personas más cercanas a ella: Jaume y su abuelo Pascual.

Este último se apartó unos metros para sentarse en un banco de piedra.

Ella lo siguió, mientras su prometido aguardaba a cierta distancia, respetando la intimidad entre abuelo y nieta.

—Sé lo poco que te agrada la gente. Gracias por venir. Ha sido un gesto generoso de tu parte —dijo Assumpta.

—No soy tan buena persona como piensas. Creo que Dios me castiga con la pérdida de tu madre —respondió Pascual.

—Lo que ha sucedido no es un castigo, sino una tragedia. No es culpa tuya ni de nadie. Siempre has sido atento y bueno conmigo —dijo ella, mientras ambos sentían la amarga certeza de lo inevitable.

—Ahora lo que soy es viejo. Ni siquiera tendría fuerzas si decidiera hacer algo malo.

No intercambiaron más palabras aquel día. Pascual pensaba que su nieta podía cuidar de sí misma y, además, sabía que ella contaría con él si alguna vez lo necesitaba. Lo mejor era mantenerse cerca, sin invadir su espacio, ofreciéndole apoyo sin convertirse en una carga ni un estorbo.

Después del entierro, Jaume acompañó a Assumpta de regreso a su casa. Al llegar al portal, ella le dijo que necesitaba estar sola y se despidieron en la calle.

Cuando Assumpta entró en su hogar, el atardecer iluminaba las habitaciones con una luz suave que se filtraba por las puertas y ventanas abiertas al amplio balcón.

La claridad bastaba para distinguir los contornos de los muebles y de los umbrales sin peligro de tropezar.

Se movía por la casa como un eco silencioso de lo que quedaba de su familia.

En medio de aquel silencio, su respiración sonaba extrañamente intensa.

Tenía la boca seca por todas las palabras de agradecimiento que había tenido que pronunciar ante la multitud que acudió a ofrecerle sus condolencias.

Entre ellos había personas de la alta sociedad y otras más humildes que conocían a su madre por su labor benéfica en la parroquia, donde recogía ropa de familias acomodadas para repartirla entre los más necesitados.

Entró en la cocina, se sirvió un vaso de agua y bebió un sorbo para aliviar la sequedad de la garganta.

Sobre la mesa encontró el plato de la cena, cubierto con otro, que la sirvienta había dejado preparado antes de marcharse.

Lo dejó intacto; no tenía hambre. Después se dirigió al despacho de su padre.

Se acomodó en el sillón, apoyó los brazos sobre el escritorio y descansó la mejilla sobre ellos.

Los aromas de la estancia le parecían un lazo invisible con el pasado.

Su vida continuaba, pero ya no era la misma.

Aquel hogar le ofrecía una sensación de amparo.

Ya no sería necesario mudarse a la casa que Jaume había alquilado.

A partir de ese momento, la casa de sus padres se convertiría en el refugio de su nueva familia, el lugar donde crecerían los hijos que algún día tendría con él.

Miraba a su alrededor con una percepción distinta. Las habitaciones le resultaban diferentes, aunque seguían siendo las de siempre. Sabía que, antes de que ella naciera, su padre había decidido unir dos estancias para crear espacios más amplios y luminosos, abiertos al patio central.

Aún se distinguía en el suelo la marca del antiguo tabique.

Las baldosas no eran exactamente iguales y su madre había disimulado la diferencia con una alfombra.

¿Por qué se fijaba en esas cosas precisamente aquel día?

Tal vez porque, en medio del dolor, los pensamientos cotidianos acudían a su mente como un consuelo discreto frente a la pérdida de sus padres y al temor de la soledad.

Pensó entonces en su boda, prevista para dentro de trece días.

Jaume le había propuesto aplazarla unos meses, y ella había aceptado.

Se levantó, salió del despacho y se dirigió al dormitorio de sus padres.

Contempló la cama bien hecha y las cortinas corridas.

Tal vez no era el momento más oportuno para detenerse en ese tipo de pensamientos, pero sintió un leve consuelo al imaginar algunos cambios: colocar el cabecero de la cama de matrimonio contra la pared frontal, desplazar ligeramente el armario para ganar espacio y rescatar unas antiguas cortinas guardadas en los baúles del desván, que siempre le habían parecido más hermosas que las actuales.

De repente, le resultaba extraño pensar en todo aquello y no haber incluido en sus reflexiones a su abuela Lola y a su tía Paula. Debía comunicarles la tragedia, pero la guerra dificultaba las comunicaciones por carta y telegrama.

Cogió papel y pluma y escribió dos breves telegramas: uno a su abuela Lola, al cortijo La Quintana, y otro a su tía Paula, a la casa de los Alhama, en Córdoba, en los que informaba de la dolorosa noticia y del aplazamiento de su boda.

Se sentía completamente exhausta; había sido una jornada devastadora. Se sentó en el borde de la cama, atrapada en el desconcierto indescriptible que deja la muerte, mientras la casa se sumía poco a poco en la penumbra.

Los rostros de quienes habían asistido al entierro regresaban a su mente como sombras persistentes; oía de nuevo las palabras de condolencia, sentía el abrazo cálido de Jaume y, al mismo tiempo, de forma contradictoria, había deseado que él la dejara sola.

No terminaba de comprender por qué. Tal vez necesitaba reencontrarse consigo misma y con el silencio de aquella casa que ya no albergaba a su familia.

Se levantó y se acercó a la ventana que daba a la calle.

La luz temblorosa de las farolas parecía danzar ante sus ojos mientras contemplaba el cielo encapotado sobre los tejados vecinos.

Cerró la ventana y, recordando las palabras que su abuelo le había dicho aquella misma tarde: «No soy tan buena persona como piensas...

», se susurró a sí misma: «Yo tampoco lo soy.

Siempre he sentido que hay en mí una sombra de resentimiento... ».

Aunque había redactado los telegramas, no los enviaría hasta dos semanas después.

Con su abuela Lola siempre había mantenido una relación afectuosa, pero al pensar en su tía Paula sintió aquella vieja incomodidad que nunca había logrado comprender del todo.

Entre ambas habían existido desencuentros por motivos que ninguna habría sabido explicar.

Quizás por eso, precisamente en aquellos días tan difíciles, fue incapaz de reunir el ánimo necesario para contactar con ella.

Regresó al dormitorio, se recostó en el lado de la cama que había ocupado su madre, se cubrió con una manta y se abandonó al descanso, vencida por el cansancio.

Cinco días después de la trágica pérdida de su hija, Pascual aún mantenía varios periódicos sin abrir sobre la mesa. Los había comprado al día siguiente del accidente, pero le faltaban el ánimo y la concentración necesarios para adentrarse en sus páginas.

Finalmente, cogió un ejemplar de "El Diario La Almudaina" y otro de "El Correo de Mallorca", pensando que tal vez en alguno de ellos se mencionaría el accidente, dado que su yerno era un arquitecto palmesano de reconocido prestigio.

Los hojeó con detenimiento, pero en ninguno encontró referencia alguna al suceso.

Ambos periódicos se centraban en la evolución de la guerra: informaban de catorce aviones que habían entrado por Sóller y otros diez por el sur, todos con rumbo a Palma, así como de las bombas que arrojaron, causando la destrucción de viviendas y víctimas mortales en la zona de la puerta de San Antonio y en el barrio obrero de Pere Garau.

Las labores de rescate se prolongaron durante más de un día, y algunos supervivientes permanecieron atrapados bajo los escombros durante largas horas.

Las páginas estaban repletas de noticias bélicas, pero él buscaba algo distinto: una explicación que diera sentido a la irreparable ausencia de su hija mayor.

Llegó a pensar que quizás un bombardeo había alcanzado el vehículo en el que viajaban ella y su esposo, provocando el fatal accidente.

Aquella hipótesis le habría ofrecido una justificación convincente.

Sin embargo, no halló ninguna mención a la zona de Génova ni a los nombres de doña Martina Sureda y don Sebastián Villalonga entre las víctimas de los ataques aéreos.