Capítulo 83. La beneficencia
El sonido de las sirenas despertó a la familia Villalonga, que se reunió en el salón. Doña Martina comentó, claramente indignada:
—Sigo sin entender por qué atacan a la población civil. Es una crueldad absurda.
Don Sebastián explicó:
—Creo que buscan atacar objetivos militares. Pero el fuego antiaéreo los obliga a volar más alto y a lanzar las bombas sin precisión, lo que acaba afectando a la población civil.
—¡Maldita guerra! Parece que no terminará nunca —exclamó Assumpta.
—No te obsesiones con la guerra, hija. Centra tu atención en la boda. Además puedes ayudarme en la parroquia —dijo doña Martina, y tras una pausa, se dirigió a su esposo—: Sebastián, ¿podrías acompañarme esta tarde a recoger unas cajas de ropa usada?
—No creo que sea prudente mover el coche en estas circunstancias. No tenemos salvoconducto —respondió él.
—Lo sé, pero ¿recuerdas a la señora con la que aprendí piano?
—Sí, la recuerdo —asintió él.
—Ayer me la encontré por la calle y me dijo que tiene ropa para la beneficencia.
—¿Dónde debemos ir a recogerla?
—A Génova. Es un trayecto corto.
—De acuerdo. ¿A qué hora? —preguntó él.
—Después de la siesta —respondió doña Martina.
Esa tarde, el matrimonio completó el trayecto de ida sin contratiempos y recogió las cajas de ropa para llevarlas al almacén de la parroquia, con el propósito de repartirlas entre los más necesitados.
Durante el regreso, ante el temor de encontrarse con militares que pudieran requisar el automóvil, don Sebastián optó por caminos secundarios poco transitados.
A pesar de la cautela con la que conducía, en un tramo sinuoso y en mal estado, el automóvil derrapó en una curva y se precipitó por un terraplén.
El coche quedó completamente destrozado, y el matrimonio Villalonga perdió la vida en el acto. No hubo testigos directos del accidente; la tragedia se fundió en el silencio de la tarde, como si el propio paisaje la absorbiera.
Poco después, un pastor que había oído el estruendo llegó al lugar, pero ya nada pudo hacer y decidió dar parte al cuartel de la Guardia Civil más cercano.
Varias horas más tarde, dos agentes de la Guardia Civil, después de indagar la identidad de los fallecidos, se personaron en la casa de los Villalonga, donde en ese momento se encontraban Assumpta y Jaume. La reacción de ambos fue de incredulidad y, tras confirmarse la fatal noticia,
Assumpta cayó en un estado de conmoción tan profundo que apenas podía hablar.
Ni siquiera pudo llorar; solo era consciente de que el peso de la desgracia por la pérdida de sus padres la acompañaría durante mucho tiempo.
Cuando por fin logró articular unas palabras, dijo: «Jaume, díselo a mi abuelo. Yo no puedo hacerlo».
A la mañana siguiente, Jaume caminaba con las manos en los bolsillos, por el barrio de Es Jonquet, acompañado por el sonido monótono de las olas.
Se dirigía a la casa de Pascual Sureda para comunicarle la trágica noticia.
Cuando le abrió la puerta, un silencio pesado se instaló entre los dos, hasta que Jaume habló:
—Buenos días, patrón Sureda. Soy...
Iba a decir su nombre y aclarar que era el prometido de Assumpta, pero Pascual lo interrumpió:
—Sé quién eres. Entra. Hace frío ahí fuera —dijo con tono seco y autoritario.
Jaume aceptó la invitación, consciente de que la noticia que traía no era para comunicarla en el portal de la vivienda.
Entraron en la sala, donde el calor de la chimenea resultaba reconfortante. Sobre la mesa descansaba el periódico "La Almudaina". Pascual le indicó que tomara asiento frente a él.
—Acabo de comprar el periódico. Me gusta leerlo para seguir la evolución de la guerra. Y mi mayor deseo es que esta locura termine pronto —comentó Pascual, iniciando la conversación.
—La mayoría compartimos ese deseo —respondió Jaume, preguntándose si aquel era el momento adecuado para dar la noticia. Sin embargo, Pascual se adelantó, creyendo conocer el motivo de la visita:
—Escucha, Jaume, si has venido a convencerme de que esté presente en el banquete de vuestra boda, ya le expliqué a mi nieta las razones para no asistir.
—No es por eso. Vengo en nombre de Assumpta.
Ella no está en condiciones de venir. Ayer por la tarde, Martina y su esposo sufrieron un trágico accidente de coche.
Ambos fallecieron en el acto —dijo Jaume sin detenerse, consciente de que si hacía una pausa, no podría terminar la frase sin que la emoción le quebrara la voz.
A pesar del calor de la chimenea y de los tonos rojizos que iluminaban la estancia, el rostro de Pascual palideció visiblemente.
Durante unos momentos, se quedó inmóvil y aturdido, incapaz de asimilar la muerte de su hija mayor.
Jamás imaginó algo así. Un pensamiento fugaz lo atravesó: ¿Era aquello un castigo por sus errores con la familia?
Si era así, lo encontraba desproporcionado e injusto.
Se levantó con dificultad y, con una calma inquietante, concluyó la visita con una sola pregunta: «¿Cuándo será el entierro? ».
Jaume le respondió y observó cómo el anciano se dirigía al dormitorio, cerrando la puerta tras de sí, sin añadir una palabra más.
Al dirigirse a la puerta de salida, Jaume lo oyó llorar. Entendió que el anciano necesitaba desahogar su pena sin ser visto; entonces salió de la casa, cerró la puerta y emprendió el camino hacia Can Villalonga.
Sólo entonces fue plenamente consciente de que doña Martina y don Sebastián ya no volverían. La noticia había sido tan repentina que apenas había tenido tiempo de asimilarla. Iba dispuesto a ofrecerle todo su apoyo a Assumpta en el momento más doloroso de su vida.
El murmullo del mar, mezclado con el olor a salitre y algas, lo acompañaba mientras caminaba.
Recordó las conversaciones con don Sebastián y la cordialidad con que doña Martina siempre lo había tratado.
Le costaba aceptar que ambos hubieran desaparecido de su vida en cuestión de horas.
Con su ausencia, tendría que asumir mayores responsabilidades con Assumpta.
Debía darle seguridad y convertirla en su esposa lo antes posible.
Sin embargo, se planteaba si sería más prudente posponer la boda unos meses, hasta que el tiempo mitigara la herida de ambos.
En el fondo, la adversidad también lo había alcanzado, pues había llegado a querer a sus suegros más que a su propio padre.