Los Herederos de Son Carvall (La saga de los Anglada 2) Capítulo 82. Como un manto pesado y opresor
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Capítulo 82. Como un manto pesado y opresor

Nada le habría gustado más que poder contar con toda su familia en la ceremonia, pero mientras la guerra continuara, sólo podrían acompañarla sus padres y su abuelo Pascual, los únicos familiares que permanecían en Mallorca.

Después de cruzar el puente de Santa Catalina se dirigió hacia la playa de Es Jonquet, donde vivía su abuelo, a quien veía cada vez con menos frecuencia desde el estallido del conflicto bélico.

El taller de costura ocupaba la planta baja de un edificio de varias alturas y tenía un ambiente acogedor, con un patio y un gran ventanal por el que entraba abundante luz.

Al entrar, la costurera la condujo hasta la sala donde se hallaba el vestido de novia en proceso de confección.

La prenda no escatimaba ni en metros de tela ni en calidad del tejido; era un vestido digno de una celebración memorable.

Assumpta se sintió afortunada de que el taller conservara una pieza de tela excepcional, guardada desde antes del inicio de la guerra, ya que los productos textiles comenzaban a escasear y resultaban cada vez más difíciles de conseguir.

El vestido le quedaba perfecto. Se puso los zapatos que había llevado en la caja y completó así el conjunto.

Una agradable sensación de confianza la recorrió: se sentía elegante, atractiva, digna de convertirse en esposa de un Anglada.

Transcurridos unos minutos, se quitó el vestido; todavía era necesario ajustar el largo y la cintura, de modo que acordó con la costurera volver a probárselo un par de semanas después.

Mientras revisaban posibles fechas en un calendario colgado de un clavo en la pared, un estruendo ensordecedor, procedente de las sirenas que avisaban de posibles bombardeos, interrumpió la tranquilidad del taller.

Los motores de los aviones rugían con fuerza y se acercaban rápidamente.

Sin pensarlo, ambas se asomaron al portal y contaron catorce o quince aparatos volando a gran altura.

Regresaron de inmediato al interior, donde el estallido de las bombas, al impactar en calles cercanas, rompía la paz que minutos antes reinaba en el entorno.

Assumpta miró su reloj de pulsera: eran las diez de la mañana.

Se dejó caer en el suelo, en un rincón, junto a la costurera, cubriéndose los oídos con las manos.

Las detonaciones las dejaron aturdidas y apenas podían pronunciar palabra.

Cuando cesó el bombardeo, Assumpta se levantó y ayudó a incorporarse a la costurera, una señora mayor.

Después se despidió rápidamente, preocupada por sus padres.

Al salir, corrió hacia el centro de Palma, evitando las calles principales del barrio de Santa Catalina y la iglesia de San Magín. Se apartó de la gente, que comentaba el caso de un hombre herido mientras trataba de buscar refugio junto a las paredes durante el ataque aéreo.

Al llegar a casa, encontró a su padre en el salón, sentado en su butaca, con las piernas cruzadas y el periódico entre las manos, tratando de aparentar normalidad. Al verla entrar, no pudo contener su preocupación:

—¡Por fin estás aquí! Tu madre y yo hemos estado muy preocupados.

—Ha sido aterrador, padre. En Santa Catalina han caído varias bombas. Creo que al menos una persona resultó gravemente herida o incluso puede que haya muerto; no le dio tiempo de llegar al refugio —respondió Assumpta.

—¿Y tú lograste llegar al refugio?

—Tampoco tuve tiempo. Todo ocurrió demasiado rápido —dijo Assumpta, omitiendo que tanto ella como la costurera habían sido imprudentes al asomarse a la calle para observar el paso de los aviones.

—Tranquila, hija. Ya ha pasado —comentó don Sebastián, soltando un profundo suspiro de alivio.

—¿Cómo está mamá?

—Sigue en cama, pero dice que se encuentra mejor.

En ese instante, escucharon la voz de doña Martina llamando a Assumpta.

—Voy, mamá —respondió desde el salón, levantándose de la silla y dejando a su padre nuevamente absorto en el periódico.

—He oído todo lo que le has contado a tu padre. Pero dime, ¿cómo te queda el vestido? ¿Es bonito? —preguntó doña Martina.

—Me queda espectacular. Es realmente hermoso. Aunque sólo está hilvanado, ya se aprecia el diseño y la larga cola. En la próxima prueba, ven conmigo y lo verás tú misma.

—Por supuesto. Aún faltan dos meses y medio para la boda. Por cierto, ¿has decidido si invitarás al abuelo?

—Claro, ¿por qué no?

—Quizás no quiera venir. Ya conocemos sus rarezas —comentó doña Martina.

—Bueno, que haga lo que quiera. ¿Quieres que te traiga tu medicina? Ya es hora.

—Hoy no la tomaré. Me siento mejor y voy a levantarme —respondió doña Martina con firmeza.

Assumpta percibió la mejoría de su madre no sólo en la vivacidad de su voz, sino también en el saludable rubor de sus mejillas. La encontraba hermosa a sus cuarenta y siete años, sin arrugas ni canas. Su cabello castaño estaba recogido en un elegante moño.

Durante el almuerzo, don Sebastián apenas probó la comida; doña Martina, que había decidido sentarse a la mesa, tampoco tenía apetito, y Assumpta, tras la agitada mañana, había perdido por completo las ganas de comer.

Los platos quedaron casi intactos. Finalmente, doña Martina hizo un gesto a la sirvienta para que los retirara y los reservara para el día siguiente.

Más tarde, durante la sobremesa, Jaume llegó cerca de las cuatro, la hora en que los Villalonga acostumbraban a tomar el café de la tarde.

Con evidente preocupación, tocó el timbre desabrochándose el abrigo.

La sirvienta abrió la puerta y él le entregó el abrigo y el sombrero para que lo guardara en el armario del recibidor.

La joven no creyó necesario anunciar su llegada a los señores Villalonga, pues lo trataban como un miembro más de la familia, que podía entrar y salir de la casa a su antojo.

Después se dirigió a la cocina para preparar el café.

Jaume se adentró en el salón, donde sus futuros suegros permanecían sentados en sus cómodas butacas, separadas por una mesa baja. Los saludó cordialmente y, al no ver a Assumpta, empezó a inquietarse. Justo cuando iba a preguntar por ella, doña Martina se adelantó:

—Siéntate, Jaume. Assumpta está bien; enseguida vendrá.

Él se sintió algo más tranquilo. A esas horas, los vecinos de Palma ya comentaban los efectos del bombardeo de la mañana en el barrio de Santa Catalina, y sabía que su prometida había estado allí probándose el vestido de novia.

Había sido una de las zonas de Palma más afectadas por los ataques aéreos republicanos: algunas bombas habían caído cerca de la iglesia de San Magín y en varios edificios próximos, causando importantes daños materiales.

Con un aire de aparente serenidad, Jaume se acomodó en el sofá y preguntó:

—¿Tienen noticias sobre las consecuencias del ataque aéreo de esta mañana?

—No hemos salido de casa en todo el día. Sólo sabemos lo que Assumpta nos ha contado sobre lo ocurrido en Santa Catalina —respondió don Sebastián.

—También han bombardeado algunas fincas en el Pla de Sant Jordi —añadió Jaume.

—¿Hubo víctimas? —inquirió don Sebastián.

—He oído que sí, pero no sé cuántas exactamente —contestó Jaume.

—No comprendo cómo pueden atacar tierras agrícolas —expresó doña Martina con tono de decepción.

—No creo que fuera un objetivo deliberado; probablemente se trató de un error. O quizás les sobraba material explosivo de su misión y, al pasar por el Pla de Sant Jordi decidieron deshacerse de él —explicó Jaume.

—¿Qué tipo de material? —preguntó doña Martina con inocencia.

—Se refiere a las bombas, Martina —aclaró don Sebastián, justo cuando la sirvienta colocaba la cafetera en el centro de la mesa y regresaba a la cocina en busca de las tazas y los cubiertos.

Jaume apenas prestaba atención a la sirvienta, que iba y venía de la cocina, ni a la cafetera humeante; su mente estaba fija en los pasos de Assumpta que resonaban en el pasillo. Al verla entrar en el salón, se levantó de inmediato, exhaló un suspiro de alivio y dijo:

—¡Gracias a Dios que estás bien, Assumpta! He oído que…

Pero no pudo terminar la frase.

En ese instante, el rugido de los aviones volvió a llenar el aire y las alarmas sonaron como un mal presagio.

Eran las cuatro de la tarde. Permanecieron inmóviles, mirando al techo, sin tiempo suficiente para llegar al refugio.

Entre el estrépito de los motores, se mezclaba el tintineo de las tazas y los platos que sostenía la sirvienta.

En cuestión de segundos, las primeras explosiones sacudieron las inmediaciones de la casa de los Villalonga, en pleno corazón de Palma.

Jaume tomó la mano de Assumpta para calmarla.

—Parece que las detonaciones provienen de la zona del Baluard des Príncep —murmuró don Sebastián, atento a los inquietantes sonidos que llegaban desde el exterior.

Aquella tarde, los aviones lanzaron numerosas bombas. Doña Martina comenzó a contarlas, pero pronto perdió la cuenta y desistió.

Cuando los aviones se alejaron, Jaume habló con determinación:

—Voy a acercarme a la zona de los bombardeos. Quiero comprobar qué ha ocurrido y ver si puedo ayudar en algo.

—Voy contigo —respondió Assumpta sin titubear.

—Llevad algunos suministros del botiquín. Os serán útiles para los heridos leves —indicó don Sebastián.

Assumpta cogió el botiquín del armario del baño y preparó una bolsa con lo imprescindible, que le entregó a Jaume.

—No olvidéis abrigaros bien. Hace frío —añadió doña Martina en tono maternal, consciente de que no serviría de nada pedirle a su hija que se quedara en casa.

Assumpta y Jaume bajaron rápidamente las escaleras, cruzaron el patio cogidos de la mano y salieron a la calle.

Doña Martina se asomó al balcón junto a su esposo y observó cómo la pareja corría por la vía, con las manos entrelazadas y los abrigos desabrochados.

Él llevaba uno azul marino; ella, uno rojo.

Aunque no era un símbolo consciente de la sangre derramada en la guerra, a doña Martina le pareció un presagio de sangre.

Rezaba en silencio mientras el cabello largo de su hija, recogido en una coleta, se balanceaba al ritmo de su carrera.

Preocupada, murmuró para sí: «No corráis y tened mucho cuidado».

Al igual que en el bombardeo de la mañana, la aviación republicana dejó nuevas víctimas aquella tarde.

Jaume y Assumpta se unieron a los vecinos que trabajaban entre los escombros de los edificios derruidos por las bombas.

Atendían a los heridos leves con curas improvisadas y colaboraban en el traslado de los más graves al Hospital Provincial.

Se informó de que se habían lanzado unas ochenta bombas, aunque, afortunadamente, no todas llegaron a detonar.

Una de ellas, de ciento cincuenta kilos, cayó en un patio sin explotar.

Entre los escombros hubo víctimas mortales: dos monjas perdieron la vida aplastadas en la enfermería del convento de San Jerónimo.

Al caer la noche, Assumpta regresó a casa. Su madre la esperaba en el salón, con la luz encendida en un ambiente cálido y acogedor, muy distinto del caos que había dejado atrás en el centro de Palma.

Doña Martina observó a su hija dirigirse al baño. Se levantó de su butaca, la siguió y permaneció en el umbral, contemplando en silencio cómo Assumpta se lavaba el rostro, el cuello y las manos, manchados de sangre ajena, polvo y suciedad.

Parecía que ninguna de las dos se atrevía a romper el silencio; Assumpta no quería compartir la dureza de las escenas que había presenciado.

Finalmente, doña Martina preguntó:

—Antes de que te vayas a la cama, ¿tienes algo que contarme?

—Sólo que la vida continúa. He olvidado la caja con los zapatos de la boda en el taller de costura. ¿Te gustaría acompañarme mañana a recogerlos? —contestó Assumpta, evitando mencionar el bombardeo y la guerra.

—Sí, hija. Mañana será un nuevo día y tenemos una boda que preparar —asintió doña Martina, con un leve brillo de esperanza en el rostro fatigado.

Luego, le deseó buenas noches y se retiró a descansar junto a su esposo, que roncaba plácidamente desde hacía un buen rato.

Se acomodó entre las sábanas y le dio un suave toque en el hombro.

Don Sebastián cambió de posición sin despertarse y el silencio volvió a reinar en la casa.

Era un silencio denso y tangible, opuesto al estrépito que había caído del cielo aquel día de principios de octubre.

Para doña Martina, aquellos instantes de calma eran un refugio perfecto, un respiro en medio de la guerra que durante tantos meses había envuelto sus vidas como un manto pesado y opresor.