Los Herederos de Son Carvall (La saga de los Anglada 2) Capítulo 81. El sonajero
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Capítulo 81. El sonajero

Ocho años después de contraer matrimonio, Magdalena dio a luz a su primer hijo en su hogar, asistida por una comadrona experimentada.

El parto fue rápido y sin complicaciones, y el niño nació sano y hermoso.

Alfonso, lleno de satisfacción y agradecimiento hacia la comadrona, no quiso dejarla marchar sin ofrecerle un gesto generoso:

—Me gustaría entregarle material sanitario. ¿Desea verlo?

Ella aceptó y lo siguió con curiosidad hasta una habitación donde un armario contenía un estante repleto de útiles médicos: desinfectante, algodones, vendas y yodo.

—Don Alfonso, todo esto ya no será necesario para su esposa —comentó ella, sonriendo.

—Lo sé. Por eso se lo ofrezco. Para que se lo lleve y lo utilice en el hospital —respondió él.

La comadrona, que trabajaba como enfermera en el Hospital Militar y ayudaba a su madre, costurera, confeccionando sábanas, vendas, batas y otras prendas necesarias para el centro sanitario.

—Gracias, don Alfonso. Este material nos será de gran utilidad. El hospital está desbordado, pese a haber duplicado su capacidad —explicó ella.

—Sé que incluso han adaptado el edificio del Colegio de las Monjas de los Sagrados Corazones de Son Espanyolet para atender a pacientes leves y convalecientes —comentó Alfonso.

—Así es. Las monjas se encargan de cuidar a estos enfermos —respondió la comadrona, consciente de que la guerra podía prolongarse más de lo esperado.

Recordaba la caótica situación de agosto y septiembre del año anterior, cuando, tras el rápido reembarque de las tropas del capitán Bayo, cientos de heridos del frente de Manacor llegaron al Hospital Militar, procedentes de esa ciudad y de Porto Cristo.

La guerra continuaba y el temor a posibles bombardeos aéreos por parte de la aviación republicana persistía. Mientras revisaba el material, añadió:

—Necesitamos ayuda con urgencia para lavar y planchar la ropa del hospital. Si usted o su esposa conocen a alguien dispuesto a colaborar, le agradecería que nos lo comunicaran.

—Lo tendremos en cuenta. Espere un momento, le daré una caja para que pueda llevarse todo esto; así le resultará más fácil transportarlo —dijo Alfonso.

—Sí, muchas gracias —contestó ella.

La comadrona se despidió de Magdalena y Alfonso, y al salir a la calle, con la caja del material sanitario, se encontró con doña Martina y Assumpta, y se detuvieron a saludarse.

—Buenos días doña Martina. Acabo de salir de casa de Magdalena. Ha dado a luz a un hermoso varón —comentó la comadrona.

—Entonces, el parto se ha adelantado unos días. ¿Cómo está mi cuñada y el niño? ¿Podemos ir a verlos? —intervino Assumpta.

—Magdalena se encuentra muy fatigada. Les recomiendo que la dejen descansar un par de horas; lo más adecuado sería visitarla por la tarde —respondió la comadrona.

Doña Martina y Assumpta asintieron, mostrando su conformidad. Se despidieron y siguieron caminos opuestos.

Magdalena había anhelado durante muchos años convertirse en madre.

Sin embargo, al contemplar el rostro de su hijo mientras lo sostenía con ternura en sus brazos, una tristeza profunda la embargó: creía que él no podría disfrutar de la compañía de su abuelo Antoni, ni deleitarse con el hermoso paisaje rural de Son Carvall, ni gozar de la acogedora casa de Can Anglada, donde ella misma había vivido con su abuela Isabel desde los cinco años.

Pensando en esto, decidió informar a su padre sobre la llegada del nuevo miembro de la familia Anglada, recurriendo a su tía, Joana María, como intermediaria, ya que era la única pariente que mantenía contacto con él.

Sería su único intento de acercamiento respecto a este significativo acontecimiento familiar, aunque sabía que su padre no formaría parte de la vida del niño, ni siquiera asistiría al bautizo.

Sumida en estos pensamientos, el rostro de Magdalena se iluminó al ver a su futura cuñada, Assumpta, de pie en el umbral de la habitación, acompañada por la madre de ésta, doña Martina.

Detrás de ellas, Alfonso y Jaume mostraban una emoción evidente.

Con el orgullo de una madre primeriza, señaló a su hijo y exclamó:

—Pasad a conocer al niño.

Assumpta, con una sonrisa radiante, traía un regalo para su sobrino: un sonajero de plata decorado con motivos vegetales, dentro de una pequeña caja envuelta con un bonito papel de colores.

Magdalena abrió el paquete con cuidado y, al extraer el sonajero, éste emitió un sonido melodioso al agitarlo suavemente.

No era sólo un juguete para estimular los sentidos del recién nacido, sino que, en medio de tanta adversidad, despertó una inesperada nostalgia de sonidos agradables casi olvidados.

Cuando cesó el traqueteo del sonajero, Magdalena comentó:

—Nuestro hijo se llama Pelayo, como su abuelo y su bisabuelo paterno.

Habría querido añadir: «el futuro señor de Son Carvall», pero dadas las circunstancias, y salvo un giro inesperado del destino, esa posibilidad no estaba contemplada. Su hermano Jaume era el heredero legítimo, salvo que su padre, el actual señor de Son Carvall, decidiera lo contrario.