Capítulo 80. Largas horas en vela
Magdalena Anglada yacía despierta, incapaz de conciliar el sueño, con la mirada fija en la oscuridad.
Mientras su esposo dormía a su lado, ella recordaba con claridad el cumpleaños de Alfonso cuando se olvidaron por unas horas de la guerra y celebraron una cena íntima, con champán incluido, que terminó en una pasión inesperada.
Hicieron el amor iluminados por la tenue luz de la lámpara de la mesita de noche.
Era la misma cama y la misma habitación en la que se encontraba.
Sólo que entonces la botella vacía descansaba sobre la alfombra.
La ropa estaba esparcida, las sábanas revueltas y la ventana abierta, con los visillos corridos, mientras el aroma de Alfonso se mezclaba con las fragancias del verano.
Pasó largas horas en vela. Sólo logró conciliar el sueño avanzada la noche y, cuando el despertador de la mesita sonó a las siete, apenas había dormido unas pocas horas. Se levantó y se dirigió a la cocina para preparar el desayuno.
Minutos después, Magdalena se sentó a la mesa a tomar un vaso de leche caliente junto a Alfonso y Jaume. Su palidez y las marcadas ojeras preocuparon a su esposo.
—Magdalena, deberías ir al médico.
—No estoy enferma, sólo me siento fatigada —respondió ella.
Jaume apoyó a su cuñado:
—Por favor, visita al médico para que podamos quedarnos tranquilos.
Alfonso la observaba con discreción, preguntándose si aquellos signos podrían anunciar una buena noticia.
De confirmarse, sería la ocasión perfecta para cumplir su sueño de tener su propia casa, un proyecto que había acariciado durante años, aunque siempre encontraba la oposición de Magdalena.
Por eso se sorprendió cuando ella le preguntó a Jaume:
—¿Habéis fijado ya una fecha para la boda?
—Todavía no. Assumpta no quiere casarse en plena guerra, pero si dependiera de mí, nos casaríamos mañana mismo —respondió Jaume.
—Haríais bien en hacerlo, sin importar cuánto dure la guerra. Convéncela. Podríais vivir aquí. Alfonso y yo podemos alquilar otra vivienda —sugirió Magdalena.
—No necesitamos la casa entera. Assumpta y yo podemos compartir mi habitación —dijo Jaume con humildad.
—De ninguna manera —contestó Magdalena con firmeza y, volviéndose hacia su esposo, le preguntó—: Alfonso, ¿te acuerdas del 5 de agosto?
Alfonso lo recordaba con tanta claridad que una sonrisa se dibujó en su rostro. Comprendió al instante la mirada cómplice de su esposa.
—¿Qué ocurrió el 5 de agosto? —preguntó Jaume, intrigado.
—Nada especial. Sólo que dentro de unos meses tendrás el honor de convertirte en tío —respondió Alfonso, con una sonrisa.
—¡Felicidades! —exclamó Jaume con sincero entusiasmo y, aprovechando el ambiente de eufórica alegría que reinaba en la familia, agregó—: yo también tengo otra buena noticia.
Hizo una pausa reflexiva, pues no quería restarle protagonismo a su hermana, pero fue ella quien lo animó a continuar:
—¿Qué noticia quieres darnos?
—Como sabéis, en quince días debo incorporarme a filas, pero hoy me han confirmado que, al ser abogado, mi destino será la Auditoría Militar de Guerra, en Palma. Así que no iré al frente y, probablemente, en mis ratos libres podré seguir ejerciendo la abogacía.
—¡Que alegría, Jaume! —exclamó Magdalena.
—Entonces, tú también estás de enhorabuena —dijo Alfonso al reconocer la suerte de su cuñado, en comparación con otros jóvenes de su edad enviados al frente.
De inmediato se percató de que, de algún modo, don Antoni Anglada había intervenido, por lo que añadió, dirigiéndose a Jaume y sin intención de ofender—: Veo en tu destino en la Auditoría Militar la alargada mano de tu padre.
Jaume permaneció en silencio, pensativo, mientras Magdalena no acogió con agrado el comentario de su esposo.
Hasta entonces había creído que la guerra los había dejado vulnerables, pues, tras romper los lazos con su padre carecían de su protección e influencia.
Sin embargo, tal vez Alfonso tenía razón: su padre habría intervenido en favor de Jaume.
Al fin y al cabo, mantenía relaciones con las nuevas autoridades y años atrás habían recibido en Can Anglada al gobernador militar y al obispo, un recuerdo que siempre llenaba de orgullo a su difunta madre, doña Inmaculada.
Magdalena comprendió que esos pensamientos podían empañar un día que debía ser de alegría, por lo que intervino con firmeza:
—Alfonso, prefiero que dejemos a mi padre fuera de nuestras conversaciones. Tal vez haya influido en el destino de Jaume, o tal vez no.
—Tienes razón. Lamento haberlo mencionado —respondió Alfonso.
—No te preocupes, querido. Hoy tenemos un doble motivo para celebrar —replicó Magdalena, sin perder ni un ápice de entusiasmo.
Esa misma tarde, Magdalena y Alfonso decidieron dar un paseo por el barrio señorial de Palma.
Recorrieron las calles, observando las fachadas de las casas en busca de algún cartel que indicara su alquiler.
Al pasar frente a la residencia de su padre, Can Anglada, Magdalena se detuvo a contemplar la vivienda familiar.
Alfonso le susurró:
—Esta casa, en particular, no está en alquiler.
—Es la única que deseo —respondió Magdalena—. Debería ser mía… quiero decir, nuestra. Para nuestro futuro hijo. Es justo que me corresponda por herencia.
—No te hagas ilusiones. Ya conoces a tu padre —le aconsejó él.
—Era la casa de mi abuela Isabel. Ella habría querido que permaneciera en la familia, que se convirtiera en un legado para mí —dijo Magdalena.
En ese instante, escucharon las suaves y melodiosas campanadas del carrillón de Can Anglada, que marcaban dulcemente las seis de la tarde.
—¿Lo has oído? —preguntó Magdalena.
—Sí, el reloj… pero si la casa está deshabitada, ¿quién le da cuerda? —preguntó Alfonso.
—No lo sé. Supongo que alguna de sus sirvientas. Es curioso… de vez en cuando estas campanadas resuenan en mi cabeza. Es como si me recordaran que, algún día, volveré a vivir aquí —murmuró Magdalena.
A raíz de la guerra, Magdalena a veces se preguntaba si había hecho bien al distanciarse de su padre.
Rememoró la ruptura con su padre, las palabras que aún conservaba grabadas en su memoria.
Durante años había creído que había hecho lo correcto al abandonar Can Anglada en busca de su libertad.
Sin embargo, ahora, frente a la imponente fachada cerrada de la casa familiar, se preguntaba qué habría sido de su vida si se hubiera quedado.
Alfonso rompió el silencio:
—¿Seguimos? No creo que sea sensato alquilar una casa en esta calle.
—Sí, vámonos —respondió Magdalena.
—¿Por qué insistes en alquilar? Podríamos comprar una casa. No tan amplia ni elegante como las de esta calle, sino más modesta y asequible —propuso Alfonso.
—No quiero dos casas —dijo Magdalena con determinación—. Algún día, Can Anglada será nuestra. Estoy segura de ello.