Los Herederos de Son Carvall (La saga de los Anglada 2) Capítulo 79. Tiempos difíciles
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Capítulo 79. Tiempos difíciles

En medio de la convulsa situación bélica, don Sebastián Villalonga y su esposa, doña Martina Sureda, decidieron emprender un trayecto por las carreteras de Mallorca para visitar a su futuro consuegro, don Antoni Anglada, en la posesión Son Carvall.

Habían conseguido un salvoconducto gracias a la mediación de un vecino afín a la Falange.

Viajaban en su propio automóvil, conscientes del peligro que implicaba cruzar la isla en aquellas circunstancias.

Al oír el sonido de un vehículo aproximándose por el camino, don Antoni interrumpió la lectura que ocupaba su atención.

Dejó el libro abierto sobre la mesa y se acercó a la ventana para averiguar la identidad de los recién llegados.

En ese instante, el coche se detuvo en la explanada polvorienta frente a la casa; vio a don Sebastián descender y rodear el vehículo para abrir la puerta a su esposa.

Aunque no solía recibir visitas, don Antoni conocía a los Villalonga desde hacía años, por lo que se dispuso a recibirlos con una mezcla de cordialidad y melancolía, evocando tiempos más serenos.

La relación entre ellos siempre había sido correcta, pese a la distancia que se había interpuesto desde que él abandonó la ciudad.

Salió a su encuentro y, antes de que pudiera pronunciar palabra, don Sebastián se adelantó:

—Buenos días, don Antoni. Venimos a comunicarle noticias de gran importancia.

—Y también a pedirle su colaboración —añadió doña Martina con firmeza.

—Adelante, pasad y acomodaos —respondió don Antoni con gesto hospitalario.

En su papel de anfitrión, condujo al matrimonio hasta el salón principal.

Tomaron asiento en el sofá, mientras él se instalaba en una butaca frente a ellos.

Cerró el libro que había estado leyendo antes de que llegaran y lo dejó sobre la mesa auxiliar, a su lado.

Se trataba de un volumen dedicado a la historia de la Conquista de Mallorca, al que recurría de vez en cuando como forma de evocar el pasado.

Tras intercambiar algunas palabras de cortesía sobre las dificultades del viaje, don Antoni preguntó, con visible interés, por el motivo de la visita:

—Dime, Sebastián, ¿qué noticias traéis y en qué puedo serviros?

—Imagino que ya estará al corriente de la situación en Mallorca y en el resto del país.

—Sí, sigo los acontecimientos a través de la prensa y la radio —contestó don Antoni con seriedad, reservándose para sí la convicción de que el conflicto sería largo y especialmente duro.

—Los militares y la Falange han asumido el control absoluto en la isla, y se comenta que la represión es intensa —explicó don Sebastián.

—Así es. Sé que numerosos simpatizantes de la República han sido detenidos y que se han habilitado nuevos lugares de reclusión en Palma: el castillo de Bellver y el almacén de Can Mir, en las avenidas —respondió don Antoni.

—También han utilizado un barco, el Jaume I, amarrado en el puerto —añadió doña Martina, dejando claro que seguía de cerca la situación.

—El ambiente es de gran temor, tanto por un posible desembarco republicano como por el endurecimiento de la represión, como ya ha ocurrido en otras zonas de España —señaló don Sebastián con inquietud.

—En ocasiones, no queda más remedio que aplicar un buen escarmiento para preservar el orden tradicional —afirmó don Antoni con tono firme.

A doña Martina le resultaba tedioso continuar hablando sobre la guerra y deseaba reconducir la conversación hacia un asunto más agradable, por lo que decidió tomar la iniciativa:

—Don Antoni, creemos oportuno comunicarle que su hijo, Jaume, ha formalizado su compromiso matrimonial con nuestra hija, Assumpta. Aunque aún no han fijado la fecha de la boda, pronto seremos familia. Esto nos llena de orgullo y alegría.

El señor de Son Carvall no mostró ni sorpresa ni entusiasmo ante aquella revelación, pero sintió cierto alivio al saber que Jaume se uniría a una joven de la nobleza mallorquina, perteneciente a una familia que conocía y apreciaba desde hacía años.

Seguramente su madre, doña Isabel María Gibert, habría recibido la noticia con gran alegría, pero él seguía molesto por la falta de respeto que Jaume y Magdalena le habían mostrado años atrás al abandonar el hogar familiar.

A pesar de su resentimiento, procuró mantener la cortesía por deferencia hacia los Villalonga, que aguardaban su reacción.

—¡Ah! Se han comprometido sin fijar todavía la fecha. Tal vez sea lo más prudente, dadas las circunstancias. Estamos en guerra —comentó don Antoni con tono mesurado.

El silencio que siguió a sus palabras se volvió incómodo, y don Sebastián decidió abordar la solicitud de ayuda que su esposa ya había insinuado al llegar:

—Con sus contactos en los altos mandos militares, ¿cree usted que sería posible evitar que Jaume sea movilizado y enviado al frente?

—¿Os lo ha pedido Jaume? —preguntó don Antoni con cierta suspicacia.

—No. Jaume no sabe nada. Hemos venido por iniciativa propia —aclaró don Sebastián.

—Hace ocho años que resido fuera de Palma. Estoy algo desconectado de la sociedad y no puedo asegurar que mi influencia sea suficiente para lo que solicitáis. No obstante, intentaré mover los hilos necesarios. Dado que Jaume es abogado, creo que podrá hacerse algo —afirmó don Antoni.

—Le estamos muy agradecidos, don Antoni —intervino doña Martina con evidente alivio.

—Está en mi mano haceros llegar provisiones desde Son Carvall. Se avecinan tiempos de penuria —ofreció don Antoni.

—Cualquier ayuda que nos pueda ofrecer será muy apreciada —respondió don Sebastián.

Fue una visita breve y, minutos después, se despidieron con un aire de incertidumbre sobre lo que les deparaban los próximos meses.

Las preocupaciones mencionadas durante aquella visita no tardarían en revelarse, ya que en los primeros días tras el levantamiento militar, Mallorca vivió una represión severa que se tradujo en numerosos encarcelamientos y en los primeros asesinatos cometidos en carreteras y cementerios de la isla.

En agosto, una expedición republicana desembarcó en Porto Cristo, Manacor, con la intención de recuperar Mallorca. Tras varias semanas de enfrentamientos y la intervención de la aviación italiana, la expedición se vio obligada a reembarcar y regresar a Barcelona.

Inmediatamente después del fracaso republicano en Porto Cristo, la represión en la isla se intensificó de manera brutal, y se extendió sin control hasta comienzos de 1937.