Capítulo 78. Una bala
Armando Castro, que gozaba de un breve permiso de dos días, se había alineado sin reservas con el bando de los sublevados desde el inicio del conflicto.
Su unidad de guardias civiles fue enviada de inmediato al frente de la sierra de Córdoba, donde destacó tanto por su arrojo en el combate como por la dureza en la represión de sus adversarios.
Aprovechó aquellos dos días para quedarse en casa de sus padres.
Desde la cocina oía a su madre, Carmeli, hablar con su padre, un guardia civil ya retirado que permanecía postrado en cama desde hacía cinco meses, cuando sufrió una trombosis cerebral que le dejó importantes secuelas en la movilidad y en el habla, además de frecuentes episodios de confusión y desorientación.
—Buenos días, ¿cómo has pasado la noche? ¿Has dormido bien? —preguntó Carmeli a su esposo.
—¡Umm! —respondió él con un gruñido ambiguo.
Armando entró en el dormitorio y se dirigió a su madre:
—¿Quiere que la ayude a sentarlo en la silla de ruedas?
—Sí, hijo. Cada vez me cuesta más levantarlo por el dolor de espalda. Ya sabes...
—¿Por qué no le pide a la tía Amelia que se venga a vivir aquí? En esta casa hay habitaciones de sobra. Podría ayudarla con padre.
Carmeli y Armando conversaban como si el cabeza de familia no estuviera allí, aunque pese a sus momentos de confusión, por lo general entendía todo lo que se decía.
—A tu tía Amelia le gusta vivir en el pueblo; mudarse a la capital supondría para ella un gran sacrificio —comentó Carmeli.
—La tía Amelia está viuda y sola, y ya no puede ver a Mateo con la frecuencia de antes. Insisto: sería una gran ayuda para usted —respondió Armando.
—¿Crees que también enviarán a Mateo al frente? —preguntó ella.
—Es posible que se libre por ser hijo de viuda. La tía Amelia no trabaja y él es su sustento; puede aferrarse a eso.
—Entonces intentará librarse. Mateo no es ningún tonto —afirmó Carmeli.
—Desde luego, hará cuanto esté en su mano para evitarlo.
Es un egoísta al que la patria le importa poco —dijo Armando con aparente neutralidad, ocultando la oleada de odio y envidia que le brotaba por dentro sin poder reprimirla.
Aquellos sentimientos, presentes desde su infancia, se habían intensificado durante la adolescencia y la juventud, hasta el punto de no soportar siquiera oír el nombre de Mateo.
Entre Carmeli y Armando acomodaron al inválido en la silla de ruedas. Luego, Armando la empujó con él hasta el comedor y la acercó a la mesa para que su padre pudiera desayunar. Carmeli se ocupaba de su marido, acercándole el vaso de café con leche a los labios mientras conversaba con su hijo:
—¿Puedes ir al pueblo a buscar a tu tía? Supongo que, con el salvoconducto que tienes, no tendrás problemas para llegar, ¿verdad?
—Sólo me queda un día de permiso. Puedo ir hoy mismo —confirmó él.
—Entonces ve. Explícale nuestra situación y hazle ver que la necesito. Dile también que estará más cerca de Mateo; así lograrás persuadirla.
—No se preocupe, madre. Iré a buscarla, la convenceré y la traeré para que le ayude, mientras cumplo con mi deber en el frente.
—Está bien, pero no la fuerces.
—Yo no obligo a nadie —respondió él, a la defensiva.
Carmeli dio un sorbo a su café y cambió de asunto.
—Armando, ¿es verdad lo que se comenta sobre fusilamientos en las tapias del cementerio de San Rafael?
—¿A qué viene esa pregunta? Yo no tengo nada que ver con eso —contestó Armando, volviendo a ponerse a la defensiva.
Al volverse hacia su esposo, Carmeli percibió en los ojos del guardia civil, enfermo y retirado, la certeza de que su hijo formaba parte de pelotones de ejecución en los pueblos de la sierra. Aun así, añadió:
—Mejor así, hijo. No hagas daño a nadie si no te lo ordenan, porque tendrías que cargar toda la vida con el peso del remordimiento.
—Madre, soy guardia civil. No cuestiono las órdenes; me limito a cumplirlas.
Carmeli volvió a mirar a su esposo y, como si ambos se entendieran sin palabras, se dirigió a su hijo:
—Sé que eres un guardia civil serio y cumplidor. Sólo te pido que no te ofrezcas como voluntario para los fusilamientos. Júrame por Dios que no lo harás.
Armando, religioso y creyente, nunca habría jurado no hacer algo que ya había hecho y pensaba seguir haciendo. Se levantó de la mesa y respondió:
—Alguien tiene que salvar la patria. Si todos fueran como Mateo, España se iría al traste. Me voy al pueblo a buscar a tía Amelia. Quédense con Dios.
Se despidió de sus padres con un beso en la mejilla.
—Que Dios te bendiga, hijo —dijo Carmeli, observándolo abrir la puerta de la calle y marcharse.
Luego se dirigió a su esposo.
—No importa si no puedes hablar. Sé lo que piensas de nuestro hijo, y no me agrada —dijo, moviendo el dedo índice en señal de desaprobación.
Armando logró convencer sin dificultad a su tía Amelia de que se trasladara a la capital para ayudar a su hermana con el cuidado de su cuñado. La única condición que ella le puso fue que antes la llevara al piso de Mateo, a quien no veía desde el inicio del alzamiento, dos meses atrás.
Armando detuvo el automóvil frente al edificio donde vivía su primo. Salió, abrió la puerta del lado del pasajero y ayudó a su tía a bajar. Después cerró la puerta y se apoyó en el coche con los brazos cruzados. Ante aquel gesto, Amelia le preguntó:
—¿No subes conmigo?
—La esperaré aquí, tía —respondió Armando.
—Quiero que subas conmigo y saludes a Mateo. Hazlo por mí. Ten en cuenta que estoy aquí para ayudar a tu madre.
Armando asintió con un gesto de desagrado.
Ambos entraron al edificio y subieron las escaleras hasta la primera planta.
En cuanto Mateo les abrió la puerta, la sorpresa y la alegría de ver a su madre lo embargaron por completo.
En el recibidor se abrazaron con profunda emoción y con la calidez de siempre.
—¡Hola, Armando! —saludó Mateo con gratitud, pensando que su primo le hacía un favor al llevarle a su madre, y añadió—: Gracias por traerla. Me ha sido imposible ir al pueblo.
—No es nada, primo. Favor por favor —respondió Armando con un aire de misterio que intrigó a Mateo, aunque Amelia no tardó en explicar:
—Se refiere a que voy a vivir con Carmeli una temporada, hasta que termine la guerra y Armando vuelva del frente. La ayudaré a cuidar de tu tío.
—No os quedéis en el vestíbulo. Pasad —dijo Mateo.
Al entrar en el piso, se hizo evidente que habían sorprendido a Mateo en plena mudanza.
El salón estaba lleno de cajas con ropa, calzado y documentos relacionados con su trabajo.
Al dirigir la mirada hacia el dormitorio, Amelia se sobresaltó al ver el armario abierto y casi vacío, y le preguntó directamente a su hijo:
—¿Te vas al frente?
—No, madre. Sólo estoy de mudanza.
—¡Ah! —dijo Amelia, soltando un suspiro de alivio, como si de repente una pesada carga se le quitara de encima, antes de preguntarle—: ¿Quieres que te ayude?
—No es necesario. Lo tengo casi todo empaquetado.
—¿Adónde te mudas? —preguntó Amelia con interés.
—No muy lejos. Le anotaré la dirección en un papel.
—Sí. Eso estaría bien —respondió ella con una sonrisa cálida.
Mateo habría preferido no dar más explicaciones con Armando presente, pero al ver la preocupación en el rostro de su madre, que lo observaba como si lo interrogara, se limitó a responder brevemente:
—Me voy a vivir con Angelines.
—¡Qué alegría, hijo! —exclamó Amelia, incapaz de ocultar su satisfacción porque quizás Mateo ya había dejado de pensar en Paula, y añadió—: Angelines es una chica estupenda.
—Sí. Lo es.
—Avísame para la boda. ¿Cuándo será? —preguntó ella con entusiasmo.
—No lo sé, madre. No lo hemos hablado. Pero si decidimos casarnos, le avisaré.
Ella asintió, emocionada por la noticia. Mientras tanto, Armando observaba por la ventana. Al escuchar los planes de Mateo, se metió las manos en los bolsillos y apretó los puños con ira, mientras escuchaba a su tía dirigirse a él:
—Armando, ¿has oído? Mateo se va a casar. ¿No le das la enhorabuena a tu primo?
—Lo he escuchado. Por supuesto. Mis felicitaciones —respondió Armando, acercándose a Mateo justo cuando Amelia se dirigía a la cocina a buscar un vaso de agua.
Cuando los primos quedaron solos, Armando sacó una mano del bolsillo y la alzó frente al rostro de Mateo, en un gesto amenazante:
—Si le causas el más mínimo daño a Angelines, te mataré.
—¿Qué te pasa, Armando? ¿Sigues enamorado de Angelines? Pensé que ya habías superado esa etapa de calentura y enamoramiento adolescente.
—Tú hazme caso —dijo Armando con expresión seria.
Mateo no tenía intención de casarse, pero no se atrevió a decirlo. Simplemente ignoró la amenaza y decidió cambiar de tema:
—¿Estás combatiendo en la sierra?
—Desde los primeros días. Por eso necesito que tu madre ayude a la mía. ¿Y tú, primo? —preguntó Armando.
—No tengo intención de ir al frente y dejar a Angelines y a mi madre solas. Además, no se me da bien pegar tiros. He solicitado la exención como hijo de viuda... Ya sabes.
Armando percibió un sutil reproche. En ese instante recordó que formaba parte de los pelotones de fusilamiento y sintió el orgullo de cumplir con su deber, además de la plena conciencia de estar preparado para morir en defensa de España. Luego se acercó a Mateo y le susurró al oído:
—Dispararé los tiros que deba disparar. Tal vez, me guarde una bala para dispararte a ti, primo.
En ese momento, Amelia regresó de la cocina y comentó:
—Si no necesitas mi ayuda para arreglar este desorden, entonces nos vamos. Carmeli nos está esperando.
Madre e hijo se abrazaron. Las últimas palabras de despedida las pronunció Armando:
—Te reitero mi enhorabuena por tu boda con Angelines, pero no olvides lo que te he dicho.
Al ver que su tía descendía las escaleras frente a él, Armando se volvió hacia Mateo, que permanecía en el rellano superior junto a la puerta de su piso y lo apuntó con el dedo simulando en silencio un disparo certero.
Este gesto lo llevó a pensar que, conociendo la determinación de Armando, sería capaz de cumplir sus amenazas.
Mateo entró en el piso y cerró la puerta con llave, decidido a continuar con la tarea que había iniciado: destruir todos los documentos de su trabajo que, como abogado, podían comprometerlo.
Todo ello por haber defendido causas sociales que, dadas las circunstancias del país, ahora podían volverse en su contra.
Encendió la hornilla de la cocina, y el fuego se avivó con las numerosas páginas que se retorcían antes de convertirse en cenizas.
Tras la visita de su primo, aquellos papeles le parecieron más peligrosos que nunca, y por eso los destruyó con una convicción aún mayor.