Capítulo 77. Testigos silenciosos
Durante la sobremesa, los Alhama escucharon golpes violentos en la puerta de su casa.
Manuela se acercó a abrir algo inquieta.
Dos soldados armados irrumpieron en el zaguán.
Con el corazón latiendo con fuerza, ella se apartó mientras el doctor Alhama salía a recibirlos y preguntaba qué buscaban.
Pero antes de que pudiera pronunciar palabra, uno de los soldados se adelantó:
—¿El coche que está en la calle es de ustedes?
—Es de mi propiedad. Lo necesito para situaciones de emergencia en mi trabajo. Soy médico —respondió don Fernando.
—¡España corre peligro! Entréguenos las llaves. El vehículo queda incautado por el ejército —ordenó el primer soldado.
Don Fernando necesitó apenas unos instantes comprender lo que ocurría, mientras el segundo soldado aumentaba la presión con una orden firme:
—Vaya a buscar las llaves, doctor. No nos haga perder el tiempo.
Consciente de que apenas había habido resistencia al golpe y de que los militares tenían todo bajo control, don Fernando comprendió que no podía oponerse a las órdenes de los soldados.
—¿Puedo subir a mi habitación a buscar las llaves? —preguntó el doctor, con la esperanza de que su esposa y su hijo no estuvieran allí.
—Sí. Le acompaño. Andando —ordenó uno de los militares, mientras seguía al doctor a pocos pasos de distancia.
Paula y su hijo, testigos silenciosos, contemplaban la escena desde la ventana de la sala de la primera planta, en el extremo opuesto al dormitorio principal.
Al oír pasos en las escaleras, Paula puso un dedo sobre los labios de su hijo para indicarle que guardara silencio y trató de ocultar su inquietud para no asustarlo.
Entretanto, el soldado que se había quedado en el patio, al ver la radio, exclamó en voz alta:
—¡También nos llevamos la radio!
Paula oyó a su esposo entregar las llaves del coche al primer soldado, mientras el segundo se apoderaba de la radio.
Un silencio cargado de tensión y dolor llenó la casa de los Alhama.
Manuela, aturdida, permaneció inmóvil en el zaguán. Cuando los soldados se marcharon y el doctor cerró la puerta, dio unos pasos vacilantes y se dejó caer en una butaca del porche. Ninguno de los dos encontró palabras para expresar lo ocurrido.
Paula y su hijo bajaron al patio para reunirse con ellos, mientras ella pensaba que, sin el coche de su esposo, se desvanecían las pocas esperanzas que tenía de visitar a su madre en La Quintana. Apenas pudo decir:
—Lamento lo del coche, Fernando.
—Iré caminando a atender a mis pacientes. Sólo se han llevado cosas. Lo más importante es que estamos bien; no hemos sufrido ningún daño.
Al decir esto, el doctor recordó los rumores sobre personas arrestadas en sus propios domicilios.
Ignoraba que aquel mismo 20 de julio comenzarían en Córdoba las ejecuciones de dirigentes del Frente Popular, intelectuales y profesionales liberales, entre ellos varios médicos a quienes conocía personalmente.