Los Herederos de Son Carvall (La saga de los Anglada 2) Capítulo 76. Terribles vientos de guerra
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Capítulo 76. Terribles vientos de guerra

Don Fernando Alhama disfrutaba de su jornada de descanso como médico del Hospital Provincial de Córdoba.

Leía el periódico en un sillón del porche del patio de su casa.

A su lado había un pequeño mueble junto a la pared, sobre la que sonaba la radio que le había regalado a Paula unos meses antes.

En ese momento, ella colocaba sobre la mesa un plato de rosquillas caseras de anís y una jarra de limonada preparada con limones del cortijo La Quintana.

Don Fernando dobló el periódico, lo dejó en la mesita y se acercó a la mesa para tomar la merienda con su familia: su hijo de diez años, su esposa, su hermana y su suegra, a quien habían recogido el día anterior en La Quintana para pasar el fin de semana todos juntos.

En ese momento tenían sintonizado un programa de música en la emisora "Radio Córdoba". De repente, la voz de un militar interrumpió la transmisión con un tono amenazante: «Presten atención a la modulación de mi voz…».

El niño terminó su bebida y preguntó dónde debía dejar el vaso vacío.

—Shhh... silencio —advirtió don Fernando. Se levantó y se acercó al aparato de radio. La voz del militar resonó con claridad: «Desde la emisora de Córdoba habla el teniente Aragón, al servicio de la Patria...».

Los militares habían tomado el control de la emisora y de gran parte de la ciudad e intentaban intimidar a quienes habían decidido permanecer leales al gobierno de la República y se habían recluido en el Gobierno civil de Córdoba.

Con un leve gesto, Paula le indicó a su hijo que llevara el vaso a la cocina.

Pretendía apartarlo del inquietante mensaje, cuyo tono amenazante quedó aún más claro cuando el locutor concluyó su advertencia, dirigida al capitán Tarazona, responsable de la reducida fuerza militar en el Gobierno civil: «¡Capitán Tarazona, capitán Tarazona!

Se le recuerda el Código de Justicia Militar y la responsabilidad que contrae si no se entrega junto con las fuerzas bajo su mando... ».

Claramente impactado y sumido en un torbellino de pensamientos, el doctor Alhama decidió apagar la radio. Pensó que quizás acababa de comenzar una guerra civil.

El obsequio que había adquirido para el entretenimiento de su esposa se había convertido, desde esa tarde, en un frío transmisor de malas noticias; o, aún peor, en un instrumento de guerra, con un propósito muy distinto al que él había pretendido al comprarlo.

—La situación se complica, ¿verdad, Fernando? —comentó Lola, y añadió con tristeza—: Es mejor que regrese a La Quintana lo antes posible y no esperar hasta el lunes.

—Tiene usted razón. Será lo más prudente. Hoy mismo la llevaré en coche —respondió el doctor.

—Creo que lo más sensato será evitar, en la medida de lo posible, las calles y carreteras durante los próximos días —comentó Manuela, observando a su hermano con preocupación.

Paula se sumió en un profundo silencio reflexivo.

El hermoso patio de su casa, donde se respiraban fragancias embriagadoras y resaltaban los colores vibrantes de las plantas y flores de verano, de repente pareció despojado de su alegría habitual y envuelto en una atmósfera sombría.

Incluso las prendas veraniegas que todos llevaban, de tonos claros, parecían inadecuadas.

La idea de que su madre se viera obligada a recluirse en La Quintana, lejos de su familia y sin saber por cuánto tiempo, le generaba un abrumador sentimiento de impotencia. A pesar de todo, Paula se aferró a un hilo de esperanza y expresó:

—Quizás, todo esto se reduzca a una simple amenaza.

Don Fernando, en cambio, formuló una predicción pesimista:

—En mi opinión, este es el inicio de un conflicto bélico que podría intensificarse rápidamente.

Al regresar al patio, el niño escuchó las últimas palabras de su padre y preguntó:

—¿Qué es lo que va rápidamente?

—El coche, cariño. El coche de tu padre, que va a llevarme a La Quintana —explicó Lola.

—Abuela, ¿no te quedas hasta el lunes?

—No puedo, cielo. Acabo de recordar que tengo asuntos importantes que atender. Voy a preparar mi maleta y estaré lista en unos minutos.

—Quiero ir a La Quintana con vosotros —dijo el niño.

—¡No! —exclamó Paula.

Su tono elevado reflejaba la angustia que todos sentían ante aquella nueva situación que amenazaba con alterar sus vidas pacíficas y rutinarias.

—No puedes venir, hijo. Necesito que te quedes y cuides de tu madre y de tu tía. ¿De acuerdo? —dijo el doctor.

El niño asintió.

Lola preparó su ligero equipaje y, con la maleta en la mano, lista para partir, se dispuso a despedirse de su familia con un sentimiento diferente al de otras ocasiones. Dejó la maleta en el suelo y abrazó a Manuela con calidez.

—¡Ay, Lola! Esperemos que todo esto se solucione pronto —exclamó Manuela con inquietud. Luego llamó a su sobrino y le ordenó—: Ven, Fernando. Despídete de tu abuela. Después iremos a leer un rato.

El niño le dio un beso rápido a Lola y salió corriendo en busca de su libro, con una sonrisa inocente en el rostro, mientras ella se dirigía a la cocina para despedirse de Paula.

La encontró cubriendo con una servilleta el plato con las rosquillas que habían sobrado de la merienda.

Se concienciaban de que tenían que separarse sin saber cuándo volverían a encontrarse.

Fue una despedida silenciosa, pero en el abrazo y en el cruce de sus miradas se reflejaba una tristeza más elocuente que cualquier palabra.

Al salir de la cocina, Lola vio en un estante de la despensa la caja de limones que había traído del cortijo. No imaginaba que pasaría mucho tiempo antes de poder reunirse de nuevo con su familia y disfrutar de una refrescante limonada casera.

Durante la mayor parte del trayecto en coche, don Fernando y Lola permanecieron en silencio, interrumpido sólo por breves conversaciones relacionadas con la situación.

—Fernando, si las cosas se complican en la capital, ten en cuenta que podéis instalaros conmigo en La Quintana.

Se quedó pensando en cómo aquella situación alteraría su vida familiar y profesional.

No creía probable que lo enviaran al frente, aunque en tiempos de guerra los médicos siempre resultaban necesarios, y le inquietaba la incertidumbre de su trabajo.

Tampoco veía viable trasladarse a La Quintana: incluso si consiguiera una plaza en el pueblo más cercano al cortijo, la distancia seguiría siendo prácticamente la misma que hasta la capital.

Mientras pensaba en ello, divisó a lo lejos la fachada principal de La Quintana.

El sol del atardecer empezaba a perder su brillo dorado, mientras los faros del coche dibujaban las sombras de los árboles que bordeaban el camino, formando figuras casi espectrales que parecían presagiar tiempos inciertos.

Al detenerse frente a la entrada principal, Lola, antes de bajar del vehículo, se dirigió a su yerno con una pregunta formulada por mera cortesía:

—¿Quieres comer o beber algo antes de irte?

—No. Es preferible que regrese a Córdoba lo antes posible —respondió él.

—Tienes razón. Gracias por traerme. ¿Cuándo crees que volveremos a vernos?

—Espero que pronto —respondió él.

—Yo también —dijo ella, mientras bajaba del coche y cerraba la puerta con un golpe suave, pero firme.

Lola dio unos pasos atrás para facilitar que su yerno maniobrara el coche y emprendiera el regreso a la ciudad de Córdoba.

Se quedó frente a la entrada de la casa de La Quintana, siguiendo con la mirada cómo el vehículo se alejaba, convertido en una silueta oscura, apenas iluminada por la luz de los faros.

Permaneció inmóvil frente a la casa, viendo alejarse el coche, incapaz de librarse del presentimiento de que ya soplaban terribles vientos de guerra.

Alrededor de las ocho de la tarde, mientras el doctor Alhama regresaba a la capital por las carreteras locales, los militares golpistas mantenían cercado el Gobierno Civil de Córdoba.

Los artilleros, que manejaban dos cañones, dispararon el primer cañonazo, cuyo estruendo resonó en toda la ciudad como un eco aterrador.

Después se escucharon varios disparos y, minutos más tarde, un segundo impacto de artillería.

Los obuses abrieron un gran boquete entre el edificio del Gobierno Civil y el colindante Teatro Duque de Rivas.

El pánico se apoderó de quienes permanecían en el edificio y el capitán Tarazona apareció en el balcón agitando una sábana blanca.

El Gobierno Civil se había rendido, lo que provocó el colapso inmediato de la resistencia en Córdoba.

Los militares se desplegaron en lugares estratégicos de la ciudad, asegurando el control de los principales centros administrativos: Ayuntamiento, Correos y Telégrafos.

Al mismo tiempo, fueron atacadas y ocupadas las instalaciones de la Casa del Pueblo, así como las de la CNT y el Centro Comunista.

La débil resistencia obrera apenas logró llevar a cabo algunos intentos de incendio en las iglesias de Santa Marina y San Agustín, donde se derribaron puertas y se dañaron imágenes y capillas.

En la madrugada del día 19 de julio, la ciudad de Córdoba se convirtió en un lugar desierto, totalmente dominado por los militares y por militantes falangistas y de derechas que recorrían sus calles solitarias.

El servicio ferroviario quedó interrumpido y la provincia de Córdoba permaneció dividida en dos zonas enemigas hasta el final de la guerra.